La voz del lector

Tiempo de pasar

Historia.
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- Hace unos días me llegó un mensaje, que me sorprendió y que respondí con un formalismo, porque no sabía que decir.

- ¿En serio? ¿Y de qué iba?

- Era una felicitación. Me limité a decir: ¡gracias, igualmente!, para no parecer un maleducado. No sabía a qué venía, ni por qué me lo enviaba, qué era lo que tenía que celebrar, ni cuál era el motivo por el que debiera alegrarme.

- Bueno, pero ¿qué te decía?

- ¡Felices Pascuas!

- ¡Ah!, pues claro que merece la pena felicitarse. Esa celebración es una pasada.

- Pues si hay que pasar… paso, y así te ahorras el trabajo de contármelo, que te veo lanzado a colocarme un “discursito”.

- De “pasar” se trata, es decir, de dar un paso extraordinario, un paso inimaginable, que te lleva a poder vivir divinamente.

- Hombre, eso no me vendría nada mal a mí. ¡Cuenta, cuenta…!.

- Es curioso, cuánta gente hay que no se ha enterado y mira que esta fiesta viene celebrándose desde hace muchísimo tiempo.

- No será para tanto. Oye, que yo de fiestas controlo.

- Bueno, sólo hace unos 3.300 años más o menos. (1.250 a. C.).

 

- ¡Venga ya!.

- ¿No te suena la historia del Pueblo de Israel esclavizado en Egipto?. ¿Y Moisés?, elegido por Dios para liberarlo. ¿Recuerdas como Dios lo libró de las aguas del río Nilo, donde lo había dejado su madre, dentro de una canastilla, para salvarlo de una muerte segura, ante la orden del faraón de arrojar al río a todos los niños de los israelitas al nacer?.

¿Y sabes cómo consiguió Moisés con la ayuda de Dios liberar a su pueblo?

- Pues la verdad, ahora mismo no caigo.

- Moisés fue varias veces a comunicar el deseo de su pueblo al faraón, quien en lugar de dejarlos marchar, al contrario, los oprimió con trabajos cada vez más pesados. Entonces Dios castigó al faraón y a su pueblo con diez terribles plagas, que vienen descritas en el libro de Éxodo (7-10). La más terrible fue la última, que consistió en la muerte de todos los primogénitos de Egipto, tanto de hombres como de animales, e incluso la del hijo del faraón. Antes de esta plaga Dios ordenó a Moisés que en cada casa de los hebreos se sacrificara un cordero y se marcara con su sangre el dintel de las puertas de las casas donde estaban ellos, porque aquélla noche pasaría El, y heriría de muerte a todos los primogénitos de Egipto que se hallaban en las casas no señaladas con aquélla sangre (Ex.12, 12-13). Y además, les dijo: “Este día será para vosotros memorable y lo celebraréis solemnemente en honor de Yahvé de generación en generación; será una fiesta a perpetuidad” (Ex. 12, 14).

- ¿Y qué sucedió después de la muerte de los primogénitos?.

- Pues que el faraón, aterrorizado, dejó salir de su país a los israelitas y éstos partieron gozosos hacia la Tierra Prometida; pero, cuando estaban para llegar al mar Rojo, comprobaron que el faraón ya se había arrepentido de haberlos dejado marchar, al ver que su ejército los perseguía. Entonces Dios intervino para salvar a su pueblo, que pasó milagrosamente entre las aguas, que formaron una muralla a derecha e izquierda, y el ejército del faraón, que se les echaba encima, fue sepultado en el mar al hacer Dios que las aguas volvieran a su cauce.

Desde entonces el pueblo de Israel celebró siempre solemnemente la “Pascua”, que significa paso, tránsito.

- ¿Y qué hizo Dios con su pueblo al salir del Egipto?.

- Los condujo a la Tierra Prometida, atravesando el desierto del Sinaí y en lo alto de la montaña se les manifestó e hizo una Alianza o pacto con ellos por medio de Moisés.

- ¿Y en qué consistió esa Alianza?.

- Los israelitas se comprometieron, allí en el Sinaí, a guardar los mandamientos que Dios les dio, y Dios se comprometió a “ser su Dios”, a bendecirlos y protegerlos siempre (Ex.19, 5-6; 20). Durante toda la travesía por el desierto, hasta llegar a la Tierra Prometida, Dios hizo varios hechos portentosos, que pueden leerse en la Biblia, los tres principales fueron: El maná “pan llovido del cielo” (Ex. 16,4); La columna de nube  que los guiaba (Ex. 14,9; Núm. 9, 15-17); El agua que brotó de una roca (EX.17). También les mandó construir un arca: el Arca de la Alianza, para habitar en medio de su pueblo (Ex. 25).

- ¿Y los cristianos tenemos que seguir celebrando la pascua como los judíos?.

- Los cristianos, desde el principio, reconocieron la verdadera Pascua en los acontecimientos salvadores de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús a la gloria de Dios; y descubrieron también que comprendía el don del Espíritu Santo, que Dios Padre y Jesús glorificado habían enviado a la comunidad de los Apóstoles. Y los celebraron, cambiando al domingo, día en que Jesús resucitó, Día del Señor, la fiesta semanal que los judíos celebraban el sábado. La Iglesia llama “misterio pascual al conjunto de acontecimientos que han traído a los hombres la salvación de Dios. Y actualiza de modo particular el misterio pascual al celebrar solemnemente todos los años la liturgia del Triduo Pascual y los cincuenta días que siguen a la Pascua de la Resurrección. Al final de estos cincuenta días, conmemora el envío del Espíritu Santo  a la comunidad apostólica. La Iglesia mientras celebra hoy la Pascua, aguarda expectante la venida de nuestro Salvador Jesucristo, al final de los tiempos, con gloria y majestad, para juzgar a todos los hombres. Cada uno de nosotros, gracias a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo, que cargó sobre sí nuestras culpas, podemos hacer nuestra la Redención, que también “se nos ha concedido como tarea” (Juan Pablo II, “Memoria e Identidad” 6). Salvados de perecer por las aguas del Bautismo, que nos incorporan a la barca de Pedro, que es la Iglesia, peregrinamos en esta vida hacia la tierra prometida, que es el Cielo. Alimentados no con el maná, sino con el verdadero Pan bajado del Cielo, la Eucaristía. Abriéndonos a la dimensión del Amor de Dios, particularmente en el sacramento de la penitencia (regalo de Pascua de Jesucristo Resucitado);  podremos pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios; pasar de la muerte a la vida, al participar de la vida de la gracia, de la vida divina; liberarnos del hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo; y, cumpliendo el Mandamiento Nuevo, ser testigos de Jesucristo Resucitado, para que todos puedan ver en nosotros las señales, las marcas de ese amor y esa entrega que Jesús espera de cada uno y para que, a través de ellas, lleguen también a conocer y amar a Jesucristo, el Señor.

Con el tercer Mandamiento de la Iglesia: comulgar por pascua de resurrección, la Iglesia señala el infinito valor que tiene la Eucaristía para la vida del cristiano. La Iglesia quiere que comulguemos en la pascua de la resurrección porque es la fiesta más importante para nosotros los cristianos, es la que nos recuerda el día en que resucitó Jesucristo nuestro redentor. El centro de la vida de la Iglesia es la Eucaristía, la presencia real de Cristo entre nosotros. La Iglesia une, por ello, los dos acontecimientos centrales para nuestra fe: resurrección y Eucaristía, y promulga un mandamiento que los asocia.

El paso ha de darlo cada uno. De nada sirve conocer como se da. ¡Cuántas veces!, poco a poco, nos vamos dejando y no practicamos lo que creemos. Lo que no se vive es inerte, cosa muerta. Del mismo modo, lo que no se vive tampoco se transmite, aunque se enseñe. Los que vienen detrás se lo pierden y, aún conociéndolo, lo desecharán, porque tu realmente es lo que haces, sino no vives lo que dices.

Tiempo de Pascua. De dar el paso. De comulgar, para vivir resucitado.

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