La voz del lector

Valenzuela: valor y templanza

Rafael de Valenzuela.
photo_camera Rafael de Valenzuela.

“Caballeros Legionarios, mañana salvaremos a nuestros compañeros de Tizzi-Azza. Mañana entrará el convoy o moriremos todos. Mañana ejecutaremos esta hazaña porque nuestra raza no ha muerto aún.”

Con estas profundas palabras, el teniente coronel Rafael de Valenzuela y Urzaiz anticipaba el peor de los presagios mientras sus hombres de la I, II y IV Banderas del Tercio escuchaban con atención y respeto lo que sería la última arenga de su superior. 

Valenzuela había sido nombrado jefe de la Legión en sustitución de su fundador, el teniente coronel Millán-Astray, en noviembre de 1922, y con escasos siete meses en el cargo, era un hombre fiel y tremendamente respetado por los que, bajo su mando, le acompañaban por las áridas tierras del continente africano.

Carlos de Arce describiría al oficial aragonés como un “hombre alto y fuerte, de recia fisonomía, formado en la heroica oficialidad africana y con el corazón prendado en el Rif."

Aquella calurosa tarde del 4 de junio de 1923, Valenzuela se reunía con sus hombres en Tarfesit debido a la grave situación que, desde el 28 de mayo, alcanzaba la posición asediada de Tizzi-Azza donde unos dos mil harqueños asediaban y amenazaban la vida de nuestros soldados con un continuo e intenso hostigamiento. Iniciados los preparativos, el plan principal consistía en proteger los convoyes de aprovisionamiento, acción que se había convertido en una auténtica pesadilla, en una batalla entre la vida y la muerte a la hora de socorrer a los compatriotas que se encontraban cercados.

Así, para esa misión, las banderas antes referidas formarían la vanguardia de la columna del general Agustín Gómez Morato. Esa era la ubicación que, como puesto de honor, le correspondía al Tercio de Extranjeros, haciendo gala de los espíritus del Credo Legionario para dominar el barranco de Iguermisén.

La mañana del 5 de junio de 1923, los rifeños rompían el silencio con incesantes ataques que, cada vez en mayor número, frenaban el avance de los legionarios estancados a los pies del barranco.

Por la mente de Valenzuela se estaban proyectando las imágenes de una fatídica tragedia que, paradójicamente, no haría más que ensalzar la gloria del Tercio en sus combates africanos. El Desastre de Annual y Monte Arruit, todavía cercanos en el tiempo, habían dejado una herida abierta meses atrás y, en los prolegómenos de la inminente batalla, volvían a cobrar vida a través de la forja de aquella nueva gesta legionaria.

Dando ánimos a sus hombres y en primera línea de combate, Valenzuela lideró el asalto a la bayoneta. En la mano izquierda, su gorrillo legionario, y en la derecha, su pistola, mientras avanzaba al ensordecedor grito de “¡A mí los valientes! ¡Viva la Legión!”. Lo importante era demostrar qué pueblo era el más valiente ante aquella dura y arriesgada prueba de fuego.

Cayó Valenzuela tras un disparo en la cabeza y, junto a él, Casaux, Sanz Perea, Sendra, Suvirán, González y otros setenta legionarios que emprendieron el camino hacia al V Tercio siguiendo la estela de su malogrado jefe. Todos se convirtieron en una nueva estirpe de héroes que, al derramar su sangre legionaria, supieron servir y morir con el rendido tributo que la Patria se merece.

Entierro de Rafael de Valenzuela.
Entierro de Rafael de Valenzuela.

Mientras tanto, las páginas de la historia legionaria incluían al primer jefe legionario abatido en combate recordando ese manido lema "Legionarios a luchar, Legionarios a morir", santo y seña del que ha portado la camisa sarga, y los versos de Luys Santa Marina en ese crítico momento en el que la Muerte merodea la existencia del legionario y, con su guadaña bien afilada, se encarga de poner punto final al calvario de una vida rodeada de hipocresía y vanidades.

 

Cuando, oscuro, voy por las calles de la ciudad

 

y cruzan a mi lado llenos de vanidad,

creyéndose unos superhombres

por tener las botinas muy lustradas,

y las gabardinas muy entalladas

y saber de cuatro libros los nombres.

 

- ¡Idos al diablo, botarates!, les digo,

más que vosotros vale el último amigo

que vistió el traje legionario,

y en el largo y polvoriento camino

supo padecer…y morir, cuando el Destino

marcó este fin a su calvario.

 

En el 99 aniversario de su fallecimiento, el ejemplo del teniente coronel Valenzuela se refleja en el recorrido que va desde el espíritu del legionario, el primero, hasta el último de todos los hombres legionarios son bravos. El desprecio de su vida tras aplicar el sagrado Credo es el paradigma de la entrega, el compromiso y el sacrificio que todo legionario lleva a rajatabla en el cumplimiento de su deber para con España.

Hoy, es imprescindible recordar las palabras de dolor expresadas por S.M. el Rey Alfonso XIII, al tener conocimiento de su partida: "A vuestro frente ha caído uno de mis mejores soldados. Guardad siempre su gloriosa memoria.”

Por otro lado, tras conocer el fatal desenlace de su hijo, no menos emotivo e impactante fue el telegrama de la madre del teniente coronel Valenzuela a la presidenta de la Cruz Roja de Melilla: “Madre jefe Tercio ruega cubran de flores a su heroico hijo. Joaquina Urzaiz.” Valor y templanza en las palabras de una madre que había engendrado un hijo como máximo exponente de esa raza legionaria que, casi un siglo después de su adiós, aún perdura.

Entierro de Rafael de Valenzuela.
Entierro de Rafael de Valenzuela.

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