Medios

Iñaki Gabilondo, periodista

“Lamento profundamente que los medios hayan perdido la confianza de los ciudadanos, porque sé lo que costó conseguirla”

Iñaki Gabilondo es la radio de España en versión extendida. La voz más reconocible de la SER lleva cinco décadas y pico de periodismo en prime time. A sus setentaypocas primaveras ha vuelto a la tele con Cuando ya no esté. El mundo dentro de 25 años, en #0

Desde esta terraza de la SER la voz mítica de "Hoy por hoy" arrancaba cada jornada dando los buenos días a España.
photo_cameraDesde esta terraza de la SER la voz mítica de "Hoy por hoy" arrancaba cada jornada dando los buenos días a España.

Locutor locomotora. La voz que despertó España durante años y años sigue viva. El periodista de los premios al por mayor. 52 velas de profesión sopladas con plenitud. Hermano mayor de nueve con sobredosis de responsabilidad. Ejemplo de trabajo intenso hecho a conciencia. Ahora hace entrevistas al baño María en #0 mientras sigue enriqueciendo la SER, la casa que habita desde hace 47 años sin aburguesarse entre los algodones de la fama. Realismo. Radio. Ni es Felipe, ni PSOE, ni Polanco, ni Cebrián. Iñaki no tiene porte de ventrílocuo. Vasco-vasco con la Giralda de fondo. Le duelen los sambenitos injustos, pero no está resentido. Gabilondo, el que combatió desde las ondas por la libertad antes y después de la Transición, vive con muchas ganas y con mucha paz.

Estamos en el cielo de Prisa, en sentido literal. Temprano, mientras colocan las aceras de Gran Vía, subimos a la planta 9 con la ilusión –no lo negaré- de conocer a un periodista que ha sembrado poso y ha plantado huella. Iñaki Gabilondo amanece con los deberes hechos antes de que Madrid se quite el pijama. No es virtud, es la costumbre de haber despertado al país durante muchos años. A unos, de la cama. A otros, del letargo.

En este cielo de Prisa, Iñaki tiene un sencillo despacho con olor, aún, a trajín, a pesar de esos 73 años bregando entre las ondas de David y las ondas de Goliat. El señor de la radio sale del despacho. Saluda. Se acerca. Se ofrece. Se pone a la altura. Y salimos a hacer fotos por el espacio de SER que nos deja Primark. Terraza brutal en la octava con vistas a los tejados de la ciudad. Aquí salía Iñaki de madrugada antes de arrancar el Hoy por Hoy para decir: ¡buenos días, España!

52 años después de que empezara a ser periodista, el mayor de los Gabilondo está en reposo suficiente para hacer balance personal y profesional, pero inquieto y curioso como siempre. Mientras Wikipedia estudia alquilar más espacio para su biografía humana y laboral, Iñaki está embarcado en su penúltima aventura periodística en #0, la tele de Movistar. Ahí, a fuego lento, cocina sus entrevistas sobre el futuro en Cuando ya no esté. El mundo dentro de 25 años. Sólo un vasco con alma sevillana juega así con las coplas de la muerte…

Ojos despiertos. Cabeza rápida. Rostro vivo. Oídos abiertos. Voz total. Gesto maduro. Manos curtidas. Pose serena. Alma con prisa. Persona en calma.

Iñaki Gabilondo, en el banquillo de los preguntados: un banquillo de sofá a medio camino entre el txoco, el bar de tapas, y la tarima del profesor. Transparente como la radio. El entrevistador entrevistado. Un-dos-tres. Un-dos-tres. Probando. Probando.

¡Dentro sintonía!

73 años, y en la tarea. ¿Los periodistas no cuelgan las botas?

Los periodistas no suelen colgar las botas. Normalmente, las empresas son las que les suelen colgar las botas antes…

¿Nunca ha pensado: “es el momento de quitarme de en medio”?

Sí. Muchas veces. Lo que ocurre es que, para mi sorpresa, agradecida, me proponen cosas que se encadenan una detrás de la otra.

¿Quién es el Iñaki Gabilondo que se estudia en las Facultades de Comunicación con el que usted se sentiría identificado?

No sé si se estudia mi nombre en las facultades. No creo. En cualquier caso, me considero un hombre extremadamente trabajador que ha tenido una extraordinaria preocupación por hacer las cosas lo mejor posible. Los centenares de personas que han trabajado conmigo le destacarán que el nivel de preocupación y de exigencia ha sido muy alto. Ese ha sido mi rasgo fundamental. He jugado siempre con mucha honestidad. En 50 años me he equivocado, seguramente, muchas veces, pero siempre me ha caracterizado el afán de trabajar mucho y trabajar bien. No ha habido fallo, aunque haya sido minúsculo, que no haya sido analizado para tratar de corregirlo.

En 1969 arrancó su relación con la SER. Y hasta ahora. 47 años de fidelidad en un mundo periodístico en el que esa cifra es de museo de rarezas en peligro de extinción. ¿Su SER es esta SER?

Mi SER ha sido muchas SER. Yo era un niño cuando amaba la SER. Me hice profesional de esto porque en mi infancia quería vivir en la radio. Entonces no había televisión. Y mi radio era la SER. Para mucha gente joven la SER tiene ahora la fisonomía de un tiempo concreto, pero yo he trabajado en esta casa durante etapas diferentes, y en empresas distintas durante una vida entera. Prácticamente podría escribir la historia de todas las cadenas SER que hay dentro de la misma SER.

Y después de tantos años con Prisa, ¿se siente usted icono de esa casa?

He estado muchos años con Prisa, y también muchos años antes de que Prisa llegara aquí. Cuando Prisa llegó a esta casa yo tenía tres Premios Ondas y había dirigido tres emisoras de la empresa. Me siento muy vinculado con Prisa, y también me sentí muy vinculado con la empresa anterior, donde los Fontán me trataron siempre con una enorme confianza. Ni renuncio ni reniego de mi adscripción a Prisa, para nada. Estoy muy agradecido a esta empresa, pero me gusta siempre matizar que yo tenía mucha empresa antes, y eso me ofrece una visión más ancha de las cosas.

¿Cómo ve un veterano de guerra la batalla que libra el periodismo español por subsistir sin dejar de ser un trabajo digno?

Pues se parece muchísimo a la batalla que libra el periodismo mundial por su subsistencia. No le veo efectos especialmente diferentes, y estoy muy pendiente de lo que sucede por ahí. Demasiada energía creativa del periodismo actual está dedicada a la pura supervivencia financiera en todo el mundo. Esto resulta penoso porque, en estos momentos de dificultad es cuando más creatividad y más talento se necesitaría, y mucha gente con talento está teniendo que dedicar sus capacidades al puro cálculo. Estamos atravesando una época de transición periodística muy grande.

¿Es sano que los grupos de comunicación se tiren los teclados a la cabeza?

Las batallas de competencia me parecen bastante normales, aunque nunca he entendido que esa guerra se libre a costa, incluso, de desacreditar la propia profesión. No entiendo que los políticos hablen mal de todos los demás partidos, porque tiran piedras contra el propio gremio. Nunca le he oído a ningún banquero cosas así de sus rivales, aunque libren batallas de competencia feroz entre ellos. Buscan, por encima de todo, salvaguardar el nombre de la profesión. Siempre me ha parecido un absurdo llevar la ferocidad de la competencia hasta el extremo de hacerle daño a la imagen del periodismo. La política y los medios de comunicación son ejemplo de un comportamiento gremial absolutamente infantil.

¿Es saludable que el duopolio se haya instalado con naturalidad en la televisión española?

Normalmente, la realidad de la economía del mercado en el que vivimos establece quién o quiénes son los únicos supervivientes. Es muy difícil respetar y aceptar el modelo económico con el que vivimos, y después intentar que algunos de los renglones de ese juego vayan por caminos diferentes.

Un test rápido, de sí o no, sobre el periodismo avalado por sus 52 años de experiencia:

¿Los medios de comunicación se han ganado la confianza de los ciudadanos?

Se la ganaron, y la perdieron. Y están en fase de urgente necesidad de recuperarla. Cuando el Franquismo existía, los medios de comunicación no tenían ninguna respetabilidad. He visto a los medios conquistar esa confianza, y también he visto cómo se ha perdido, y lo lamento profundamente, porque sé lo que costó conseguirla…

¿La radio es el medio más libre?

Es el menos falsificable, porque establece una comunicación persona a persona en la que las cosas son transparentes. Es el medio de comunicación más cálido, más sincero, más automático. La radio, por su naturaleza, tiene unas transparencias y unas sencilleces que la convierten en menos sofisticada que otros medios. No sé si es o no el medio más libre. Yo, al menos, toda la vida la he vivido con entera libertad. De todas formas creo sinceramente que, cuando hablamos de libertad, las “figuras” –me horripila utilizar esta expresión- debemos ponernos al margen. Nosotros hemos tenido una vida que no tiene nada que ver con la que ha vivido la gran mayoría de los periodistas. Nuestra experiencia, claramente, no ha sido la misma que ha tenido un redactor jefe de un diario de Lugo, por poner un ejemplo.

¿Los periodistas españoles somos recurrentemente victimistas?

Los periodistas españoles somos muchos, lo cual quiere decir que los tenemos de todos los colores, tamaños y circunstancias… Pero creo que somos poco autocríticos.

¿La deontología periodística está de moda?

La deontología periodística va a ser tan imprescindible que no va a haber manera de sobrevivir sin ella en este oficio ni quince días. Hasta ahora la gente ha podido hacer piruetas con la ética profesional. Es posible que, como hace Arguiñano, la deontología se convirtiera en un poco de perejil que se echaba en las conversaciones sobre periodismo para ponerlo mono… En el futuro, con la miríada de señales informativas que le van a llegar a cada ciudadano, la deontología va a ser un flotador.

¿Los empresarios de la comunicación son culpables por no haberse anticipado al final de una época del periodismo?

Todo el mundo tiene responsabilidad en todo lo que ocurra a su alrededor, pero yo tengo la impresión de que el fin de los medios, en estos momentos, es el resultado de un proceso histórico. Pasar de la industria pesada del papel a la industria ligera que es ahora la comunicación; pasar de los tempos de elaboración, a las décimas de segundos que se tarda en conectarse a la información en la actualidad… Todo eso refleja un cambio de era tan colosal que ha puesto patas arriba todo lo que hemos conocido en este oficio. Atribuir eso a los empresarios me parece excesivo, porque no es así.

¿Sobran periodistas protagonistas?

Toda actividad pública genera algún tipo de protagonismo. No es posible hacer nada con repercusión sin saber que eso conlleva una relevancia social. Pero el tipo de mundo al que vamos hará que los periodistas protagonistas desaparezcan. La inmensa cantidad de señales informativas que ya son una realidad no facilitará la creación de grandes luminarias, como sucedía hace años en los que había cuatro radios y siete periódicos. Empecé en la televisión haciendo En familia los viernes, a las 21.30, en el único canal, y tenía muchos millones de telespectadores. Es imposible que eso no genere una cierta notoriedad. La nueva realidad de los medios generará protagonismos, pero no serán como antes.

¿Falta humanismo en el periodismo?

Sí. Al periodismo, y a toda la sociedad. La jungla de la hipercompetitividad nos ha convertido a las personas en una especie de animales en combate por la propia supervivencia, y eso convive mal con el humanismo. El periodismo participa de esta misma enfermedad que nos lleva a avanzar con un cuchillo entre los dientes.

Hay una corriente que crece a nivel mundial que busca respuestas a esta necesidad de humanismo en el mundo entero. La idolatría del éxito, del dinero y el análisis de todo sólo con los datos económicos, están falsificando la realidad. Si la economía es el parámetro exclusivo por el que vemos las cosas, estamos teniendo un modo de ver la vida muy sesgado.  Este mundo que ha decidido que el Debate sobre el Estado de la Nación sea un debate sobre las cuentas de la nación, y que todo lo valora en clave económica, se deja por el camino mucho humanismo y mucha verdad. Un mundo sin humanismo es muy helador. Plancha muchas cosas. El periodismo, entre ellas.

Y a la octava edad, se embarca usted en una tele nueva, en este tiempo nuevo… ¿Cómo se hace periodismo con la ilusión de la primera vez?

La ilusión no es la del periodismo, ni la de la primera vez. Mi ilusión es la de estrenar un día nuevo cada día nuevo. Este día es tan nuevo para mí como lo puede ser para un chico de 18 años.

Además, Cuando ya no esté. El mundo dentro de 25 años es un proyecto para el que busco cosas que me interesan de verdad, y eso también ilusiona. Este nuevo programa lo hago porque me apetece. Se corresponde a una curiosidad verdadera que tengo. Noto que todo cambia muchísimo y quiero saber qué hacen los que están en las fronteras del conocimiento.

Cuando a uno ya le han dado casi todos los premios del gremio, incluso uno a título póstumo, ¿no se tiene miedo a meter la pata en el capítulo final?

He tenido miedo a meter la pata en cada capítulo de mi vida profesional, pero no por el miedo a meter la pata, sino porque soy el hermano mayor de una familia de nueve, y siempre he tenido una sobredosis de responsabilidad. Un hermano mayor de nueve nace marcado, porque eres el mayor desde que eras pequeño. Intentar hacer las cosas bien, evitar las equivocaciones y acertar son obsesiones que me han acompañado a lo largo de toda mi vida. También ahora. Una metedura de pata de estas gigantescas que puedan tumbar toda una trayectoria puede ocurrir, claro. También me puede pillar un tren mañana. Espero que no…

Parafraseando su trayectoria profesional:

Hoy por hoy, ¿cuál es su prioridad: el periodismo, o la vida?

El periodismo nunca ha sido mi prioridad. Entre otras cosas, esto tampoco me ha parecido nunca una disyuntiva, porque yo no entiendo el periodismo disociado de la vida. Tampoco coincido, porque soy un afortunado, con quienes dicen que están deseando terminar de trabajar para empezar a vivir. Eso sé que le pasa a mucha gente que tiene la mala suerte de dedicarse a algo que no le gusta. Los que tenemos la suerte de trabajar en lo que nos gusta nunca hemos tenido que decir eso. Mi trabajo ha sido una manera de vivir, pero el evento motor ha sido mi vida. Sólo desde ese entendimiento me importa mi oficio, porque por eso me importa la gente y lo que le sucede a la sociedad.

¿SER o no ser?

El objetivo de la vida es ser uno mismo. En mi caso, ser uno mismo es intentar ser decente.

¿Organizó, autorizó o toleró usted la profesionalización del periodismo en la España de la Transición?

Yo participé con muchos otros compañeros de mi generación en el acarreo de nuestro oficio hacia la democracia. Hablo de una generación entera que hizo un esfuerzo, cada uno desde su rincón, para que la democracia se acercara, intentando saber nosotros mismos lo que estábamos haciendo.

Un día le dije a Pablo Iglesias que los de Podemos nunca han tenido en cuenta que nosotros no sabíamos cómo se hacía aquello. No es el mismo escenario con el que se encuentran ellos, que parece que lo saben todo. Y estoy lleno de curiosidad para ver cómo hacen perfectamente bien lo que, al parecer, otros hicimos de pena.

Estoy encantado de haber formado parte del coro que hizo posible la Transición.

Cuando ya no esté, cuando lean su vida dentro de 25 años, ¿cómo le gustaría que quedara zanjada la polémica de usted, la radio y aquél 11-M?

Estoy muy triste por eso, porque sé que nunca pasará. Es más, si yo mañana me muero y alguien dedica cinco líneas para hacer mi biografía, sé que una de ellas será para aludir a ese asunto. Yo no tengo absolutamente nada que ver con ese episodio, pero es igual, ya sé que es inútil en estos momentos tratar de volver a las andadas. Sólo puedo decir que lo empaqueto en el capítulo de las cosas que, con injusticia, me han ocurrido. Me han ofrecido, con injusticia, muchos honores que no me merecía. Con injusticia me han dado muchos premios que les correspondían a otros. Con injusticia me toca también pagar alguna factura que no fue exactamente mía. No se puede haber tenido notoriedad, un puesto destacado, una influencia notable con el programa más oído de la radio durante muchos años sin que eso produzca honores y deshonores.

Esto, en concreto, me apena especialmente, porque creo que nunca hice mejor trabajo que el de aquel día. Y he hecho muchos programas, y algunos, bastante buenos. Pero, claro, estuvimos muchas horas en antena, se dijeron muchas cosas, y algunas no estuvieron bien y, cuando se pidieron disculpas, ya daba igual... Sé que ese capítulo es inamovible, y que quedará así para siempre: Viriato, pastor lusitano. Y, entonces, no hay más que hablar…

¿Se acostó usted, alguna vez, con la conciencia clara de haber sido menos crítico de lo que le pedía su pasión por el periodismo de verdad?

A lo mejor sí, pero no me acuerdo exactamente.

En este país ha habido mucha gente que ha estado situada en un determinado lado de afinidades ideológicas que parece que le correspondían de modo natural. Para otros, nuestras posiciones ideológicas  correspondían a algo que nos había sido enchufado desde fuera. Es algo que lamento.

Mis colegas, a los que aprecio mucho, tuvieron éxito por sus méritos. Yo tuve éxito porque éramos un monopolio, porque teníamos muchas emisoras, porque nos regalaban todo… Los demás eran todos independientes. Decían lo que tenían que decir. Yo, no. A mí, cada día me metían una papilla desde Moncloa y desde el despacho de Polanco, porque yo sólo he sido el muñeco de un ventrílocuo. Bueno, eso es lo que han dicho mis rivales sabiendo que no era verdad…

Desde esa perspectiva se han analizado las cosas que yo hacía. A mí nunca se me ocurría contar que en la COPE decían lo que decían, porque se lo ordenaba la Conferencia Episcopal, porque sabía que era mentira. A nosotros nos veían siempre como parte de una alineación, sin darse cuenta de que el pecado estaba en España: en la asociación de SER- PSOE- El País, o PP- COPE-ABC. El escenario que hizo posible esa idea en la sociedad es un desastre, un horror.

No es malo que Le Monde sea más progresista, y Le Figaro más conservador. Eso carece de importancia, incluso es bueno y natural. La afinidad ideológica del periodista no es mala, lo malo es que la sociedad la vea como una adscripción militar, y eso es un disparate. Yo nunca he vivido una adscripción militar, pero la sociedad lo ha visto así. Y en la medida en que se ha visto así, eso es un gran pecado que todos tendríamos que intentar no acrecentar volviendo a repetir las mismas jugadas. La afinidad existe, es perfectamente legítima. Y esa afinidad no significa falta de libertad para unos, y libertad para otros, porque ese juego nos ha hecho mucho daño.

Quizás en directo todo se veía así, entre dardos, pero con el paso de los años, destaca el prestigio, ¿no?

Yo he sido del PSOE, antes había sido del PNV, antes había sido de ETA, antes había sido del Opus Dei, y todo, siendo el mismo… Fui Sor Teresa de Calcuta, luego me dijeron que era ETA, el PSOE me tachó de nacionalista, luego… No puede uno evitar esas etiquetas en el transcurso de una trayectoria larga, pero la solvencia es igual a honestidad más tiempo. Es una fórmula que he compartido siempre con mis compañeros. Si eres honesto, el tiempo juega a tu favor. Y si eres honesto y tienes tiempo, hasta los errores que hayas podido cometer se pueden empaquetar en el capítulo de los errores, y no en el de las deshonestidades… Nadie que me haya conocido podrá negar que nuestra preocupación por la honestidad ha sido extraordinariamente grande.

Cuando pasa el tiempo, las figuras quedan perfectamente perfiladas. No me suele gustar caer en las descalificaciones a disparo en los momentos más encarnizados, que yo no he tenido nunca con mis compañeros, aunque ha habido muchos encarnizamientos hacia mí. En la medida de lo que es posible, siempre he cuidado mucho de no participar encabronando más las cosas. Y eso, después me lo han reconocido. He tenido siempre muy buena relación con mis compañeros.

Al hombre que ha entrevistado a los españoles que despuntaban durante las últimas cinco décadas: ¿qué esconde el que no quiere ser entrevistado?

Normalmente, el que no quiere ser entrevistado esconde algo que tiene que ver con la actualidad.

De todas formas, el periodismo es una profesión muy particular. Nos pasamos el día persiguiendo a quien no quiere que le sigas, y siendo perseguidos por alguien que no quieres que te persiga. El periodista pocas veces tiene el reconocimiento y el respeto. Al periodista, o le mienten, o le desprecian. O le quieren seducir. Saber eso es importante para sobrellevar la tarea con una cierta naturalidad. Las aproximaciones amorosas son, casi siempre, interesadas. No es verdad que al periodismo se le respete. Al periodismo se le teme. 

¿Qué entrevista no le concedieron nunca?

Hay tres entrevistas que quise hacer, y no pude. Una, con ETA. Cuando Pedro Jota la consiguió me hizo gracia, porque aquí hubo gente que decía que no se debía hacer una entrevista así. ¿Cómo que no? ¡Qué gilipollez es esa! ¡Yo no la he hecho porque no he podido! A mí me parece que está muy bien que se haga. Otra cosa es discutir la manera. Pedro Jota la hizo muy bien. Yo no pude.

Quise entrevistar al Rey Juan Carlos en algún momento, como otros muchos periodistas, pero tampoco pude. Y también a Alicia Koplowitz. Me parecía un personaje interesante y me atraía conocer cómo se ve la vida siendo Alicia Koplowitz. Le pedí una entrevista, como toda España, y me dijo que no, como a toda España. Pero fue muy amable: me mandó una carta diciéndome que me apreciaba, que no había entrevista, pero que sí le gustaría invitarme a un café. Y nos fuimos a tomar un café.

En general, los que convocan son los medios. Si tú haces un programa como Hoy por Hoy, que es el más destacado en la Cadena SER, la radio con más audiencia, el teléfono va sólo. No era yo el que convocaba. Eso sería una vanidad idiota. Con un programa así no se te resisten muchas cosas.

La famosa entrevista del 95 a Felipe González le convirtió en un mito. ¿Es bueno para el periodista que le conviertan en un mito por hacer bien su trabajo?

Cuando desarrollas una actividad pública, esas cosas no las puedes controlar. Ya soy mayor y tengo experiencia. Hay cosas que suceden y te hacen ilusión, y te envanecen. Otras te dan un disgusto tremendo y te entristecen. Pasado el tiempo, entiendes que todo aquello era el precio de estar en el candelero. No se puede hacer una entrevista a Felipe González en TVE 1 con ocho millones de espectadores, y que eso no produzca algún tipo de reventón… Tú no controlas eso. Todos somos yo y mis circunstancias, y las circunstancias no se pueden controlar.

La radio tiene sus gratificaciones injustas, reproches injustos, gratificaciones justas, reproches justos, reconocimientos, mitificaciones, desdenes… Es un amplio catálogo de cosas que trascienden al periodista. Te gustan las que son agradables, y te disgustan las desagradables, pero no puedes hacer mucho más.

He vuelto a ver esa entrevista, que me parece muy dura. Después de aquello, ¿cómo consiguió que Felipe González no le guardara rencor?

Fue durísima, pero si la ves ahora no se recoge la atmósfera de aquel momento. Aquella entrevista se emitió en directo a las 21.30 después de un telediario en el que se dedicaron 20 minutos a los GAL. La electricidad vital que había no se puede entender sin ese dato.

A Felipe González le conocía desde hacía muchos años, pero sólo había estado con él entrevistándole. Yo no he ido nunca a cenas con políticos. Bueno, fui un día a La Moncloa, porque Felipe González organizaba cenas con un invitado, al que animaba a llevar a ocho más. Invitó a José Luis Vilallonga, y él me llevó a mí, a Lucía Bosé…

Aznar me preguntó una vez: “¿Tu habrás venido muchas veces a La Moncloa, no?”. Le dije: con Suárez, dos veces. Con Leopoldo, una vez. Con Felipe, dos veces. Con Aznar, dos veces, y con Zapatero, una.

Y con Rajoy, ¿ninguna?

Con Rajoy ninguna, pero tampoco estoy ahora en el candelero. Estoy fuera de la circulación…

Entonces, la relación con Felipe González se mantuvo a pesar de aquella entrevista…

… No había tenido más relación que las entrevistas. Yo sabía de él, y él sabía de mí. Fui director de Radio Sevilla cuando él era Isidoro, pero no nos conocíamos. Cuando dejó de ser presidente del Gobierno me llamó un día y me dijo: “Tú y yo tenemos pendiente una larga conversación. Nos conocemos desde hace demasiados años, y no hemos hablado nunca”. Y entonces quedamos un día y hablamos de todo durante mucho tiempo. Me parece bien esa actitud de Felipe González, porque mucha gente del PSOE, después de esa entrevista, me dijo de todo, en general cosas bastantes desagradables, y alguno, concretamente, muy desagradables. Él nunca me reprochó nada.

Entremos al análisis de su género periodístico estrella: ¿Entrevistas masaje, soga, diván, informativas, o un poco de todo, si hay tiempo?

No me gustan los periodistas que tienen un solo formato y replican ese molde en cada caso. Las circunstancias diferentes exigen entrevistas diferentes. No es lo mismo entrevistar a un presidente del Gobierno que te va a presentar su plan de actividades para el próximo año, y entonces merece una entrevista río, que una entrevista a consecuencia de un suceso específico que quieres aclarar.

La gente que sólo hace entrevistas-masaje, o entrevistas inquisitoriales está olvidando el objetivo de la entrevista, que es que alguien le cuente a la sociedad unas cosas, y tú seas el medio que facilita esa comunicación.

¿Con qué se quedaría del modelo de entrevistas de Ana Pastor?

Me gusta mucho su voluntad de repreguntar. Yo toda la vida he hecho entrevistas sin papeles, no por nada, sino por estar muy al hilo, y poder repreguntar. A Ana Pastor le pasa que es joven y que es mujer. Cuando tenga 57 años, lo que hoy llaman impertinencia, se llamará personalidad. Las entrevistas están muy marcadas por la respetabilidad que te inspire el entrevistador, y la edad y la relevancia del periodista hacen que el interlocutor te mire con más respeto.  Oriana Fallaci tuvo una gran fama por algo que, a una persona joven, se le consideraría impertinente…

La virtud principal de Ana es que sabe repreguntar, le gusta. No se satisface así como así ante la primera respuesta. Cuando sea más mayor, eso será una virtud. Hoy, quizás, destaca más esa actitud exigente y demandante que algunos no valoran adecuadamente. Yo, simplemente, le animaría a esperar cinco segundos antes de repreguntar.

¿Y de Jordi Évole?

Jordi Évole es un chico estupendo. Tiene la ventaja de que parece que no es un periodista, sino un enviado especial de la sociedad, que le ha dicho: ¡A ver, que vaya uno de vosotros a preguntarle a ese! Y en la fábrica han hecho un sorteo, y han dicho: ¡Pepe, vete tú, y cuéntale a ese lo que nos parecen las cosas, y que te explique por qué está haciendo aquello! Évole nos recuerda el sentido primero y último de nuestra actividad, porque por su actitud, por su forma de ser, por su manera de preguntar, y por su propia mirada, parece una especie de representante social sin esa pátina profesional más o menos estereotipada que tienen los periodistas. Conseguir eso es muy importante, porque eso parte de una personalidad, pero está muy trabajado.

Jordi Évole cuenta con un equipo profesional muy cualificado, que prepara muy cualificadamente un programa muy cualificado que se sirve después con mucha frescura por un muchacho con una limpieza de mirada muy característica, que mantiene con el paso del tiempo.

¿Y de Bertín Osborne?

Lo de Bertín Osborne lo considero un programa de televisión en el que una persona amable saca temas de conversación, más que una entrevista. Pone de manifiesto que la gente le cuenta cosas a Bertín porque no es periodista: es una realidad que muestra las reservas de la sociedad con respecto a esta profesión. Está claro que, por una parte, está su talante, su jovialidad, su personalidad abierta, pero si un periodista hace eso los invitados no se enfrentarían con la misma naturalidad. El periodista entrevista siempre a alguien que sabe que tiene delante un periodista, y hay una línea defensiva que con Bertín no existe.

Entre personajes públicos, famosos, incluso entre conocidos míos, noto una creciente desconfianza y un pánico serio a las redes sociales. Les paraliza la posibilidad de que una frase mal pillada, una equivocación, un exabruptito, un titular puesto raro, pueda desencadenar una ola de ataques. El temor a las redes está haciendo que la gente esté más cauta ante los periodistas y Bertín, que es especialmente simpático, hace que las conversaciones surjan de una forma muy desinhibida.

Capitán de la radio, ¿a qué hombres y mujeres de la historia de las ondas ficharía siempre para su equipo?

A muchos. De mis rivales, siempre ficharía para mi equipo a Luis del Olmo, a José María García, a Antonio Herrero, a Carlos Herrera… Y a muchos de la Cadena SER, como Pepa Bueno. He conocido a mucha gente muy buena en esta profesión. Cuando se ven las cosas sin miradas enfermas de sectarismos se admira a mucha gente.

Gabilondo es radio. ¿Y también televisión?

La televisión no es precisamente mi medio, y nunca lo ha sido, aunque he tenido ya muchas experiencias. Soy pianista, y eso es un violín. Como soy músico, medio lo puedo tocar, pero no es exactamente lo mío. Yo me he criado en la radio, y mi mente es de radio. La televisión tiene un punto de falsificación que llama más la atención si vienes de la radio. Te pintas, te colocas, ese foco, que si el pelo, que si la corbata está torcida, que si ojo con las sombras, y el micro… Son muchas cosas que yo no tengo del todo asociadas a mi actividad. Pero vamos conociendo el medio, aunque no sea mi piel.

Micro al Gabilondo de estar por casa:

¿Qué tipo de vasco es Iñaki?

Muy vasco. No sé qué tipo de vascos hay, pero ni soy ni he sido nunca un vasco excluyente. Me siento cada día más orgulloso de serlo.

¿Qué se le pegó para siempre de Sevilla?

Como decía Gerardo Diego, “allí vive para siempre mi otro yo, mi yo de enfrente”. De Sevilla se me pegó el sentido de la vida, del hedonismo… Aunque mi tierra es también muy disfrutona, pero la gente no lo sabe… Los vascos somos también muy hedonistas. De Sevilla se me pegó un sentido más pagano de la vida. No sé cómo es posible que toda tu alma siga siendo igual de vasca, y que tengas además otra alma sevillana pegada muy profundamente.

¿Qué significa ser, por una etapa, el hermano del ministro?

Cuando mi hermano fue ministro me acordaba sobre todo de mis padres, por la sorpresa que les podría haber dado tener un hijo ministro. Ángel y yo somos amigos, nos queremos mucho, y aquello no modificó ni en una décima de segundo mi capacidad de admirar sus cosas como las admiraba antes. Ni yo lo hubiera hecho, ni él lo habría aceptado.

¿Cómo se tira pa’lante quedándose viudo muy joven, y con tres hijos?

Mal. Muy mal. Sobre todo cuando en el momento exacto en el que te quedas viudo te echan de la tele… Y te quedas sin trabajo… Después tuve mucha suerte, porque el ángel de la guarda me mandó una sevillana de regalo, que salvó mi vida, y mi familia, y sacó adelante a mis hijos.

¿Qué pone en el titular de su libro de familia?

Hijo de José y de María Luisa. De los términos que nos definen a todos los hermanos, el más esencial es que somos hijos de José y de María Luisa. La memoria de nuestros padres y la lección de vida que nos dieron es el elemento más sólido, más permanente y más claro que todos percibimos. En las confidencias que surgen mientras nos vamos haciendo mayores todos coincidimos en esto.

Para un señor que ligaba con el Cantar de los Cantares, ¿hay Dios en sus 24 horas?

No. Hay un Dios en mi educación infantil. En el alma de un agnóstico como yo lo que hay es una especie de brasita que anda siempre pistoleteando y que, de cuando en cuando, ofrece extraños destellos.

¿Alguien se atrevió a ofrecerle alguna vez una aventura política?

Cuando era director de Radio Sevilla, en los primeros años 70, el embrión de la UCD, que estaba haciendo una exploración en el terreno, me hizo un par de dejes.

Usted se licenció en la Universidad de Navarra. Como muchos periodistas de su generación, y de las siguientes. Diferentes, y con prestigio. ¿Pamplona no fue un molde?

Yo, al menos, no lo creo. A mucha gente de mi coté ideológico –aunque yo nunca he estado en ningún partido político- le suele llamar la atención el recuerdo que yo tengo de la Universidad de Navarra, y cómo la elogio sistemáticamente. Siempre he tenido muy buenos recuerdos de mi paso por aquella casa.

Quizás otros han tenido otra experiencia de adoctrinamiento. Yo, jamás. Yo iba allí a estudiar, y punto. Con lo que yo me quedé es con una especie de calle ancha. Circulando por algunos lados de esa calle me siento en parte heredero del pensamiento que allí recibí. Lo reconozco, y lo digo, aunque haya gente que se sorprenda. En la Universidad de Navarra aprendí una visión del oficio que me ha acompañado y en la que me reconozco. No teniendo la más mínima afinidad con el Opus Dei, recuerdo con mucho agradecimiento mi paso por allí. Y mantengo muy buenos contactos de aquella etapa.

He abierto el micro a algunos periodistas de referencia de la radio española contemporánea, y tengo cuatro preguntas más para usted:

Habla Julia Otero, desde Onda Cero: “Primero, mi gratitud por encontrar siempre en Iñaki Gabilondo un referente de decencia profesional y responsabilidad social en el ejercicio del periodismo. La pregunta va al hilo de ambas cosas: ¿Cómo pueden los periodistas mantener su dignidad y código deontológico cuando se impone el periodismo de empresa?”

Es una idea que parece que está muy extendida en la profesión, pero es que yo no he tenido en mi santa vida esa sensación de que tenía unos códigos de empresa distintos a mi compromiso con los oyentes. Mi compromiso con la empresa era el mismo que tenía con los oyentes. No tengo una segunda manera de trabajar.

En 25 años haciendo Hoy por Hoy, a mí no me llamó nunca Polanco, ni Juan Luis Cebrián. ¡Cero veces! Nunca jamás me ha llamado nunca nadie. ¡Cero! Más allá de las reuniones que teníamos entre el equipo de informativos, no teníamos más pautas externas o internas. La gente no se lo cree, pero como es la verdad, yo se lo digo. Nunca he tenido la sensación de que tenía que seguir un mandato. Quizás esto suene a chino mandarín. Bueno, pues es la verdad. Para darle una cierta verosimilitud, le diré que debe ser muy parecido a lo que han experimentado las figuras que han trabajado conmigo en este oficio, que han tenido tensiones de algún determinado carácter, en algún determinado momento, pero nunca han recibido esas presiones de empresa. El que ha vivido esa tensión es, como decía, el redactor jefe del periódico de Lugo… Yo no.

Juan Ramón Lucas, en directo: “¿Qué es la temperatura en la radio? ¿Cómo se consigue la temperatura adecuada?”

Para mí, la radio sólo tiene un truco: pensar en el oyente. Todos los días cuando hacíamos el programa, les decía a mis compañeros que íbamos a pensar en un oyente, y le poníamos un nombre. Se llama Luis, es de Burgos, va a poner la radio, y nos va a oír. Ese es nuestra razón de ser. No es Polanco, ni Felipe, ni el PSOE, ni el PP, ni la COPE, ni el sursum corda; es Luis. Ese siempre ha sido nuestro enfoque. Lo demás forma parte de la leyenda. Esa es la tecla que da alguna pista sobre la temperatura de un medio de comunicación.

Se nos suma desde la COPE Paco González: “Dale un gran abrazo a Iñaki por favor. Mis preguntas serían mil, pero por hacer una: ¿No le parece que en el periodismo político, y últimamente en el deportivo, uno ya sabe a qué partido (o equipo de futbol) va a defender y a cuál va a atacar cualquier periodista antes de que empiece a hablar? ¿No estamos empobreciendo esto por imponer nuestra opinión?".

Si eso pasa, sí. Pero también pasa que la gente tiene puestos los oídos de tal manera que ante cualquier cosa que expreses te identifican ya con un punto de vista exclusivo. ¡Yo llevo muchos años exponiendo cosas distintas, desde puntos de vista muy diversos! Pero eso no modifica ni un poco la visión que la gente se ha formado de ti… No se puede evitar.

Yo oigo a los periodistas deportivos todo el tiempo. La visión que tiene Florentino Pérez de según qué periodistas deportivos es que son absolutamente radicales... Yo sé, y ellos lo confirmarían, que no siempre es así, pero no importa. Hay una ideología, hay una identidad, hay una posición, hay una alineación con los colores, pero de ahí a que todos y cada uno de los días la visión de las cosas sea monolítica, yo eso no lo veo. Aunque los hay que sí, y son esos fanatismos los que acrecientan una visión social de las audiencias que no se corresponde con la realidad.

Que Carlos Herrera es un hombre que está más vinculado al Partido Popular y que Pepa Bueno está más vinculada al PSOE, me parece poco discutible. Pero negarle a Pepa la capacidad de analizar con una mínima longitud de mirada lo que le pasa al PSOE, o negarle a Carlos su capacidad para analizar lo que sucede en el PP me parece una simplificación. Eso no es así.

Y Ángel Expósito, que me pide “saludos al maestro”, pregunta: “Los periodistas, y más aún en la radio, debemos informar, entretener y acercarnos al oyente. ¿Piensas que los periodistas, actualmente al menos, pecamos de no contar lo importante, sino lo que nos interesa? ¿No crees que asistimos a un proceso de retroalimentación excesiva entre periodistas y políticos -y viceversa- que nos aleja de nuestro cliente/receptor/oyente?

Ese es un problema que tenemos en España desde hace muchos años. En la historia de la Transición se podrían encontrar las explicaciones de la vinculación entre periodismo y política. Ambas realidades han vivido un grado de contacto excesivo. El periodismo y la política deben mantener siempre unas distancias suficientemente próximas para saber de qué van, pero no tan cercanas como para ser confundidos.

Como consecuencia de muchas cosas, política y periodismo han llegado a componer una especie de corpus único para la sociedad. Cuando la sociedad dice que ve a la política en el quinto pino, la ve junto a los periodistas, preocupados de sus cosas, y no de las nuestras. Esa imagen la percibe así la sociedad, no digo que sea así. Y eso tiene que ver con cosas que se han hecho mal. Si la sociedad ve a la política y al periodismo como parte de la misma papilla, hay un problema. El periodismo debe entender que urge distanciarse de la política, y hacer que esa distancia sea más visible.

Por las preguntas de sus colegas se nota una cierta sed de periodistas auténticos y de empresas de comunicación valientes…

Las empresas de comunicación, como se encuentran un momento tan particular por la gran preocupación financiera, están un poco cerradas. Aunque hay que pedirles una nueva mirada, debemos entender la razón por la que eso está pasando. Suspiramos por empresas sanas, frescas, abiertas y llenas de vigor en un momento en el que el periodismo no está así, porque, generalmente, el periodismo vive asustado. El mundo entero tiene agazapado al periodismo.

Después de tantos años partiéndose la garganta desde la radio española, ¿nota el cariño?

Sí. No es que lo note, es que lo recibo de manera clarísima a diario. Como la gente es muy educada, la gran mayoría de quienes se me acercan lo hacen para mostrarme un cariño muy grande.

Déjeme un audio de despedida, para cuando ya no esté…

Pasará el tiempo, pasarán muchas cosas, pasaré yo, pasarán las modas. Mucho de lo que hoy creemos que es nuevo estará viejo o muerto, y seguirá la radio. Porque, mientras alguien tenga algo que decir, y alguien quiera oírlo, existirá la radio. Es la única cosa de la que puedo hacer un vaticinio con absoluta seguridad.


REBOBINANDO  

Una persona que ha hablado y ha escuchado mucho, ha escrito y ha leído bastante, ha hecho y le han hecho unas cuantas entrevistas, madruga y prescinde de Twitter, ha pensado mucho. Y se nota. Sobre él. Sobre su trabajo. Sobre el periodismo. Y sobre la vida.

Sobre él: ha trabajado, ha disfrutado, ha acertado, se ha equivocado, ha sufrido, se ha envanecido, ha llorado, ha aprendido, ha amado. Hay pasado, hay presente, y hay futuro. Porque este caballero está muy vivo.

Sobre su trabajo: fue, es y será periodista. Obsesionado con evitar el error en un mundo acelerado por naturaleza, donde las verdades se esconden con una de cal y dos de arena. Su meta ha sido la decencia, personal y profesional. Orgulloso de su esfuerzo y el de todos sus compañeros. Consciente de la suerte y la responsabilidad que le tocó vivir. Agradecido. Compungido por las manchas de los rumores, las difamaciones, y los dimes y diretes que acaban formando, también, parte de la fama. Empeñado en distanciarse de las conspiraciones que le metían en sacos ajenos a él y a su conciencia periodística. El 11-M le dolerá para siempre, entiende. Pero él considera que ya se ha explicado muchas veces.

Sobre el periodismo: esencia de su vida, pasión dominante, hombre convencido de que esta profesión no sólo es necesaria, sino que, quizás, siempre será más necesaria que nunca. Pero bien hecha. Con distancia política. Con ética. Sin fanatismo. Sin adscripciones militares. Gabilondo ve una crisis del periodismo mundial como una catedral. Ve miedos. Ve dificultades. Pero ve futuro, oportunidad y madera, también en el gremio made in Spain, al que pide más autocrítica. No para flagelarse en directo, sino para aprender de lo que no siempre hacemos bien.

Sobre la vida: Iñaki, antes que radio, es familia, hermanos, mujer, hijos, Donostia, Sevilla, gente, amigos, discípulos, compañeros, oyentes. Iñaki, antes que radio, es coraje, superación, constancia, ilusión, tenacidad. Iñaki, antes que radio, es Iñaki. Con sus virtudes, y sus defectos. Sin photoshop.

Cuando a un señor que ha hecho historia no sale llamarle de “don”, no siempre es falta de cortesía. Que España te conozca con el nombre con que te llamaban en tu casa es una manera de decir muchas cosas.

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