El nuevo límite de 90 km/h en la red de carreteras convencionales entrará en vigor el próximo 29 de enero
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Motor

Este nuevo límite sustituye al anterior, que estaba fijado en 100 km/h

Nuevo límite de 90 km/h en las carreteras convencionales: llegaron las rebajas de enero

El día 29 de enero entrará en vigor en todas las carreteras de la red secundaria.

Afecta aproximadamente a 10.000 km de la red viaria convencional.

Una vez más vuelve a ponerse de manifiesto que lo único que sabe hacer el Gobierno de turno y las instituciones implicadas para atajar la siniestralidad en las carreteras es rebajar la velocidad.

Aunque no se le puede achacar de forma directa al actual Director General de Tráfico, Pere Navarro, la iniciativa de reducir la velocidad máxima a 90 km/h en las carreteras de la red secundaria puesto que es un plato que ya se lo han dado cocinado, lo cierto es que está totalmente de acuerdo. Faltaría más. Pero no menos cierto es que la historia, los hechos, todo lo que acontece queda registrado en las hemerotecas.

Durante su primer mandato al frente de la DGT (Dirección General de Tráfico), es sabido que don Pere se dedicó a sembrar de radares fijos buena parte del trazado de las autovías, aunque por aquellos años ya se tenía constancia que la mayor parte de los siniestros con víctimas mortales se producían en la red secundaria.

Ahora, la conclusión es que el 77% de los accidentes con muertos se producen en las carreteras convencionales (1.000 muertos al año) y también apuntan los estudiosos de la DGT que un 20% de los mismos se debe a la velocidad inadecuada.  Me pregunto a qué se debe o quién es el responsable del mayor porcentaje, el 80% restante.

No hay todavía cifras definitivas del número de fallecidos en 2018 en accidente de tráfico, pero todo parece indicar que habrá un repunte frente a los 1.830 fallecidos en 2017. Como siempre, desde los propios legisladores hasta el Gobierno de turno, pasando por todas aquellas instituciones relacionadas con la seguridad vial, como la Comisión sobre Seguridad Vial del Congreso o la propia Dirección General de Tráfico (DGT) cargan las tintas sobre un único responsable: el conductor.

Pere Navarro, Director General de Tráfico, se muestra partidario de esta limitación para atajar la alta siniestralidad que registra la red secundaria.

Una solución fácil para un problema complejo

Decía don Gregorio Marañón: “Aunque la verdad de los hechos resplandezca, siempre se batirán los hombres en la trinchera sutil de las interpretaciones”. Pues bien, esto es lo que le pasa a nuestra clase dirigente, a nuestros políticos, desconocen los hechos, la realidad. Viven en una especie de realidad paralela o virtual.

Para dar solución a cualquier tipo de problema no solo basta con ser consciente de su existencia, hay que averiguar el por qué se ha producido y, sobre todo, tener cuidado a la hora de aplicar el remedio. A veces se aplica un remedio equivocado o se echa mano del más fácil o ineficaz, aunque el problema quede sin resolver. Frente al repunte de la siniestralidad, lo fácil es bajar la velocidad. Semejante  acción implica más radares y, en definitiva, más recaudación, que parece ser lo que interesa.

Ser conscientes de la realidad implica que hay que vivirla sobre el terreno, no desde los despachos rodeados simplemente de estadísticas muchas veces cuestionables. Hay que bajar a la arena del circo. Si el Sr. Navarro recorriera 30.000 km al año al volante de un vehículo, hubiera podido comprobar que un gran número de conductores no cumplía a rajatabla con la limitación de circular a 100 km/h (ya a punto de caducar) por muchos tramos de las carreteras convencionales.

Pero más que señalar con el dedo inquisidor y sancionar a estos infractores por no cumplir con esta norma, cabría preguntarse el por qué no se cumple. Al final queda un poso que lleva a pensar que tanto quienes legislan como la propia DGT son conscientes que cumplir ciertos mandatos resulta extremadamente difícil. Ponen el listón del cumplimiento de ciertas normas muy alto, en la misma medida que rebajan la velocidad, a sabiendas que están engrasando todavía más la máquina de recaudar.

Límites que invitan a la somnolencia y a bajar la guardia

Un conductor que circule a 100 km/h durante un recorrido más o menos largo por esas carreteras (supuestamente en buen estado de conservación) castellano-manchegas de interminables rectas, puede ser un firme candidato a caer en los brazos de Morfeo por monotonía, no por estar cansado. Porque desde luego quien no se le va a aparecer es don Quijote para amenizarle el viaje.

Este ejemplo es extrapolable a gran cantidad de trazados distribuidos por toda la geografía española. A esta realidad se enfrentan muchos automovilistas obligados a recorrer miles de kilómetros al año sea por el motivo que sea, que deberán circular a 90 km/h (por el bien de sus bolsillos) a partir del próximo 29 de enero.

Para controlar los excesos de velocidad se incrementará el número de radares móviles. Más trabajo para Guardia Civil de Tráfico.

Digan lo que digan, circular a 90 km/h invita tanto a la somnolencia como a la distracción. Solamente falta que desde la DGT sugieran parar cada 70 km en un  desplazamiento de 200 km, con lo cual habrán inventado el viaje interminable. Esto me hace recordar las películas americanas, el conductor al volante y a la vez comiendo la típica hamburguesa.

Espero que esta rebaja de 10 km/h no invite a usar todavía más los dispositivos móviles, porque pudiera suceder.

Tan cuestionable como este nuevo y absurdo límite de 90 km/h son las limitaciones en algunos puntos concretos. Al final no sé muy bien en qué criterios se basan para poner una señal de limitación de velocidad, teniendo en cuenta que tiene que servir para distintos tipos de usuarios, desde un deportivo a un camión de gran tonelaje.

Porque a la gente, a la ciudadanía, a los conductores se les hace muy cuesta arriba cumplir con algo absurdo. Se puede cumplir con las normas por el bien del propio bolsillo o por convicción. Particularmente, contaré un caso muy revelador sobre lo expuesto, aunque debido a mi trabajo casos similares los vivo a diario.

Un significativo caso real

Circulo por la madrileña M45 y tomo el desvío para incorporarme a la N4. Voy al volante, probando una berlina deportiva de 510 CV, y llegado el momento de tomar el citado desvío miro con bastante desasosiego el retrovisor. Espero y deseo que no me siga ningún vehículo. Hay dos carriles, la visibilidad es perfecta, mientras la señal de limitación marca 90 km/h. 

Pero en un determinado punto del trazado aparece una señal de limitación a 50 km/h. Esto me pone muy nervioso porque es una velocidad anormalmente reducida, y cumplir a rajatabla con ella pienso que pueda incomodar (con toda la razón del mundo) al resto de usuarios de la vía. Por eso no quiero que me siga nadie. Ese día en concreto, el velocímetro de mi berlina de 510 CV marcaba en ese punto: 60 km/h.

Circulaba como es lógico por el carril derecho, mientras tranquilamente me rebasaba por el carril izquierdo un camión tráiler con total seguridad.

Hechos como este los puede vivir en primera persona todos los días cualquier conductor. Se ve que quienes legislan, quienes limitan no conducen. Están a otras cosas. Convicción o conveniencia, esa es la cuestión. Una vez entre en vigor el nuevo límite, empezarán a proliferar como setas en otoño lluvioso los radares en todos los formatos que conocemos, por tierra y aire.

Se comprarán más helicópteros dotados con la tecnología Pegasus, y a seguir haciendo caja. Pero tanto que les preocupan los fallecidos en accidentes de tráfico, seguro que no se les ocurre invertir  en helicópteros medicalizados para la evacuación de heridos graves ni un solo euro de lo recaudado en sanciones.

A partir de ahora los helicópteros con el sistema Pegasus tendrán más presencia en la red secundaria.

Polémica campaña de la DGT

Si a Pere Navarro le han dado hecho este asunto de la nueva limitación a 90 km/h, también intuyo que algo de responsabilidad tendrá en la campaña “Vivo o muerto” del pasado mes de noviembre. Si se acepta que el miedo en los conductores es un mal compañero de viaje y que muchos conductores tienen miedo cuando se ponen al volante, campañas como esta hacen un flaco favor a la seguridad vial.

Este tipo de mensaje no cala, no cambia los malos hábitos de los descerebrados al volante (quizá haya demasiados), ni contribuyen a concienciarle. Por el contrario, al ciudadano normal, que por supuesto comete errores (errare humanum est) le puede generar cierto desasosiego. Aunque quizá le incite a la reflexión. Ojalá sea reflexión y no miedo.

Sin embargo me parece inverosímil que anuncios como este sean admitidos por una sociedad como la nuestra, tan susceptible a la par que pusilánime. Frases como: “en un accidente de tráfico lo peor no es la muerte” o “qué prefieres quien vive o quien muere”  por mucho que reflejen la cruda realidad no dejan de ser polémicas.

Imagen de la polémica campaña “Vivo o muerto” de la DGT.

Ahora bien, me parece una obscenidad que la DGT haya habilitado la microsite (vivomuerto.dgt.es) en la que el usuario puede interactuar. Una vez que se accede la pregunta es: en un accidente de tráfico ¿quién prefieres ser? Se puede pinchar en Vivo o en Muerto. Vistas las respuestas que dan en ambos casos, lo que dan ganas es de no existir. Menos mal que al muerto no le condenan al infierno.

Con respecto al vivo, la retahíla de reproches es tal que quizá pueda constituir, al final, una incitación al suicidio, la primera causa de muerte no natural en España con 3.600 muertos al año. Justo el doble de los fallecidos en accidentes de tráfico. Les invito a que entren en vivomuerto.dgt.es.

El día 10 de enero a las 18:01h el resultado era el siguiente: Un 54% de los usuarios había elegido Muerto y el 46% restante Vivo. Como diría Alfredo Amestoy: “Vivir para ver”.

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