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Las algaradas de Barcelona

Incendio provocado por manifestantes que apoyan a Pablo Hasel durante los disturbios en Barcelona. Europa Press.
photo_camera Incendio provocado por los manifestantes que apoyan a Pablo Hasel durante los disturbios en Barcelona (España), a 17 de febrero de 2021. Foto: David Zorrakino / Europa Press.

Veíamos ayer día 16 en la TV los actos violentos que un numeroso grupo de jóvenes protagonizaban en las calles de Barcelona, protestando por la encarcelación de un rapero. Todo en directo,  con periodistas metidos en la melé. Los atacantes, protegidos por toda una serie de muebles urbanos arrancados y a unos 100 m. de distancia una línea de policías, sufriendo la lluvia de piedras, pero quietos como D. Tancredo. Enseguida empezaron los incendios que, al irse extendiendo, alcanzaron a unas cuantas motos aparcadas, que quedaron para la chatarra. ¿Quién las paga? Como el fuego crecía y ya amenazaba a los edificios próximos, llegaron los bomberos. Yo ahí cambié de canal porque me daba vergüenza ver la pantomima que nos ofrecen a los que, presumiblemente, somos tontos. La pregunta del millón es:

¿Porqué el Ayuntamiento no había disuelto la algarada con los cañones de agua a presión, que los tiene, en cinco minutos, sin dañar a nadie y, de paso, apagando los fuegos? Nadie va a contestar a esta pregunta, y mientras tanto estamos autorizados a responder: porque no era lo pactado entre los rebeldes y el ayuntamiento. Los rebeldes están subvencionados y estas son las pantomimas que nos venden los de arriba y que la gente se traga, queriendo dar a entender que aquí hay libertad.

Y ahora, ya que estamos con disturbios, permítame el lector una narración jocosa. Hablo de esas personas que no tienen con quién hablar, y si te topas con ellas, te retienen un cuarto de hora como mínimo, hablando y hablando por mucho que tú les digas que tienes prisa. No te sueltan. “Me acuerdo de un tío tuyo que hizo la mili conmigo…” Esta gente, que existe en todas las ciudades, que en todos los barrios son bien conocidas, van barriendo de viandantes las calles. Unos, al verlos venir, se cambian de acera y, si ya no les da tiempo, se meten en un portal, huyendo. En su entorno, el vacío, no hay nadie. Pues bien, mis amigos y yo los llamábamos los antidisturbios, porque bastaba meter a uno de ellos en la algarada para que, a los cinco minutos, no quedara nadie.

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