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El fin de la historia y la democracia de Occidente

La ciudad de Yangzhou, en China.
photo_camera China.

Francis Fukuyama publicó en 1992 'El fin de la historia y el último hombre', en donde plantea cual será el camino que tomará la sociedad ante la caída de los países comunistas. Este ensayo tuvo su origen en su artículo publicado en la revista The National Interest en 1989 con ocasión de la caída del muro de Berlín.

Defiende que el liberalismo económico y político junto a la idea de Occidente se han impuesto en el mundo por el colapso de ideologías alternativas. El fin de la historia es una metáfora que describe el zénit de la evolución ideológica, tras el cual, ya no existirá más progreso y solo una etapa de expansión de esta ideología por toda la humanidad. El autor norteamericano se inspira en Hegel quien declaró como «fin de la historia» la victoria de Napoleón y de su mariscal Devout contra Prusia en la batalla de Jena de 1806 y, en particular, la inesperada victoria de los ejércitos populares franceses sobre los prusianos profesionales.

El pronóstico del autor norteamericano es una conjetura, una tesis que no ha contado con muchos partidarios. La realidad, sin embargo, ofrece argumentos distintos.

Que China y Vietnam, países con un régimen comunista, hayan adaptado algunos principios liberales a sus economías y sean miembros de la Organización Mundial de Comercio, China desde 2001 y Vietnam desde 2007, son indicios que permiten detectar una tendencia, quizás un rumbo, hacia esa evolución de la humanidad descrita por Fukuyama.

Además, según el Fondo Monetario Internacional, los países del G-7 generarán el 31% del producto mundial en 2021, el total de todas las democracias liberales se situará en el 42 %.

Los países occidentales producirán el 55% de las exportaciones mundiales y absorberán el 57% de las importaciones. Porcentajes no igualados por otros países con regímenes políticos no democráticos1.

Y en productividad, las economías liberales superarán a otras economías no democráticas, cuentan, además, con empresas líderes mundiales, universidades más prestigiosas e innovadoras, bolsas financieras más relevantes y medios de comunicación más influyentes.

Pero junto a estos datos, concurren circunstancias que restan solidez al modelo liberal de democracia. Por un lado, las ideologías alternativas que se creían fallidas, tras la demolición del muro de Berlín en 1989, vuelven a manifestarse en ámbitos geográficos en donde imperan democracias fraguadas sobre las ideas del Occidente. Todos, territorios en donde el estado de bienestar liberal se ha implantado, países con un alto desarrollo económico y social.

Por otro lado, el Índice de Democracia en el Mundo elaborado por «The Economist» para 2020 2 evidencia un retroceso de la democracia. Si en 2015 solamente el 8,9% de la población mundial se encontraba bajo una democracia plena, ese porcentaje desciende al 8,4% en 2020.

Estadísticas confirmadas por las elaboradas por Freedom in the World 2013. Durante 2020 los actores autoritarios incrementaron su presencia en el mundo mientras que los democráticos se contrajeron. La proporción de países no libres han alcanzado su nivel más alto desde 2006. El informe redujo las puntuaciones de libertad de 73 países lo que representa el 75% de la población mundial.

Los datos de estas encuestas demuestran una cierta degradación del concepto de democracia liberal, junto a una irrupción ideológica rupturista con los fundamentos de la civilización occidental. Estas circunstancias invitan a exponer los principios que han hecho de nuestra civilización, en términos generales, una de las más prósperas, evolucionadas y seguras de la historia.

En 1836 Stuart Mill se planteaba el concepto de civilización entendiendo por tal un camino de perfección para alcanzar una existencia más inteligente, más noble y feliz.

La palabra «civilización», según recuerda Braudel, surge en 1752 de la pluma de Turgot en una obra sobre historia universal que no llegó a concluir. Marcel Mauss la cita en relación con todo lo adquirido por el hombre y, para Eugene Cavaignac, es un mínimo de ciencia, de arte, de orden y de virtudes. Es el resultado de nuestros esfuerzos colectivos por prosperar, por conquistar lo que podríamos llamar «progreso».

Un progreso que se construye sobre las ideas del Renacimiento y la cultura grecorromana que asume y sobre la Ilustración.

Ambos movimientos concurren en un mismo núcleo, un idéntico objeto de interés: el hombre. Si en el Renacimiento del s. XVI, se descubre y ensalza convirtiéndolo en epicentro del universo, en la medida de todas las cosas, la ilustración decimonónica lo convierte en un ser con razón crítica. Con ella descubre el mundo con unos derechos frente al Estado para preservar su individualidad y lo más eminente que posee, su creatividad dentro del orden marcado por lo civilizado. Pero también con unos deberes impuestos por el Estado que debe cumplir.

Debe recordarse que ese propósito ilustrado sobre el hombre describe lo que la dignidad cristiana atribuye a la persona añadiéndole, además, valor, al considerarla como única e irrepetible. La Escuela de Salamanca deja huellas indelebles de esa trascendencia en el s.XVI.

En definitiva, el Occidente determina un afán de perfección para alcanzar una existencia más inteligente, más noble y feliz residenciado sobre la democracia parlamentaria garante de los derechos del hombre.

 

1 Wolf, M. en «Financial Times », de 22 de junio de 2021 con remisión al FMI.

2 Diario «The Economist», Website: https://www.economist.com/graphic-detail/2021/02/02/global- democracy-has-a-very-bad-year [Consulta: 11 de septiembre de 2021].

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