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Hombre indiferente y humanismo militante

Hombre indiferente y humanismo militante.
photo_camera Hombre indiferente y humanismo militante.

Congelado en una fría y oscura calle de París, una noche de enero de 2021. René Robert, acreditado fotógrafo se desmayó y cayó sobre el pavimento durante 9 horas. Nadie le prestó la más mínima atención, nadie le ofreció un auxilio que hubiera salvado su vida. Solamente un mendigo, un sin-techo sin hogar, tuvo la humanidad bastante para socorrerlo. No es lo mismo ver la vida desde la soberbia de la distancia que desde la camaradería de los marginados.

El espectáculo de la deshumanización acongoja, no solo por el desprecio hacia el concepto de persona, también por lo indicativo de un Occidente que se diluye lentamente. Los hechos hablan por sí solos y si han generado indignación es porque todavía en las conciencias habita algo de compasión que no es poco en estos tiempos.

De aquel mundo en donde el hombre se alzaba como zenit de la creación, el «ser noble» y «superior animal», el «uomo universale» de Alberti, a este otro, en donde yace inconsciente sobre el adoquinado de una callejuela, hay una profunda brecha. Del «jinbungaku» japonés y el humanismo renacentista a la negación del propio hombre relegado a la indiferencia hay un contraste extremo.

Puede que la crítica firme y persistente al legado judeocristiano esté generando un escepticismo hacia todo y hacia todos, que esté promoviendo una regresión hacia el hombre bárbaro y feroz, que habita el clan o la manada excluyente.  

El mito del buen salvaje, el hombre bueno por la ignorancia de todo conocimiento es una distopía de la literatura y lo más próximo a ello son las manadas de primates cuyos comportamientos hacia extraños suelen ser de una violencia inusitada. A ello dedicó Konrad Lorenz algunos estudios, todos sorprendentes y clarificadores, acerca de la rotundidad de la naturaleza frente a los débiles, necesitados o enfermos… 

Este camino de regreso hacia el hombre primigenio, vacío de todo, que hoy se postula por algunas ideologías de distintas formas y medios, ha sido advertido por autores, como Ben Shapiro en su obra "El Lado correcto de la historia" y Jonah Golberg en "El suicidio de Occidente".

Es desconocido, por lo general, el impacto que causaron las ideas judeocristianas en un mundo no civilizado, en donde habitaba la fuerza, la arbitrariedad y las pasiones. 

La irrupción del amor y la compasión aportaron una sensibilidad desconocida al sufrimiento humano. Supuso, como razona Philippe Nemo, una colisión con la idea asumida de la normalidad del mal, de considerarlo inmutable en las estructuras objetivas del kosmos. Fue esta actitud desafiante frente a lo instituido la que causó la génesis del avance histórico, del progreso de la humanidad, superando la concepción del tiempo cíclico, estático y uniforme y ofreciendo una concepción del tiempo lineal. 

En la Roma de Nerón; Séneca, por ejemplo, no recomendaba al emperador que utilizase el perdón, sino la clemencia. El perdón suponía la destrucción de la justicia misma, era por ello rechazado, mientras que la clemencia constituía una atenuación de su rigor. 

Para comprender esta distinción debemos remitirnos al pensamiento griego antiguo que  descansa sobre la concepción  de que la Justicia poseía una doble dimensión, como ley eterna y como ley divina. La primera es la respuesta de los dioses frente al caos instituyendo el justo medio acorde con el orden del universo. La ley divina es el conjunto de normas que debían cumplirse por los hombres para agradar a los dioses y ello se alcanzaba manteniendo en su vida el equilibrio entre el orden o dike – lo bueno- y el caos o hybris -lo malo-. Al infractor de este orden moral se le aplicaban penas que restablecen el orden para que los dioses fueran complacientes con los hombres. Por eso el rigor del castigo era necesario e inevitable.

Esta cultura permaneció durante siglos y fue asumida por el pensamiento romano.

La irrupción del cristianismo rompió este círculo causal introduciendo la caridad; la dignidad de la persona en tanto que posee un alma que es inmortal y por ello la consideración del hombre como fin y no como medio, la libertad de pensamiento y obra o el libre albedrío; la sintetización de los principios de Grecia, Roma y Jerusalén, junto al amor al prójimo y al enemigo como uno mismo... conceptos desconocidos en otras civilizaciones que constituyeron razones bastantes para cambiar un modo de entender el mundo en donde el hombre era un mero instrumento, víctima de las circunstancias.

Precisamente estas ideas promovieron la aparición del humanismo. Manett en su Dignitate et excellentia hominis, distinguió el hombre de los animales sujetos a las añagazas de su especie. Pico della Mirandola, en De hominis dignitate lo sitúa en un plano superior a las bestias por la libertad que posee. Erasmo y Mirsilo Ficino destacan la superioridad del hombre frente a la naturaleza y sus designios caprichosos. Ensalzan su talento y su creatividad, precisamente la creatividad, es una manifestación de su dignidad por la libertad que toda innovación exige. 

En España, el humanismo traspasa los límites de la cultura, de la recolección de pergaminos romanos, de los coloquios y enseñanzas en cortes lujosas como la de Francisco I de Francia, de la pintura y la arquitectura, para ser plasmado en leyes aplicables a hombres, pura realidad y vida. Las de Burgos o Reales Ordenanzas dadas para el buen regimiento y tratamiento de los indios de 27 de diciembre de 1512 reconoce a los naturales del nuevo mundo   su condición de hombre junto a unos derechos, entre ellos, la libertad. Norma sin parangón en el repertorio legal de la época y de siglos posteriores y antecedente inmediato de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la ONU en 1948. En esto podemos contemplar la grandeza, profundidad y vigencia del humanismo. El ser humano solo es humano en tanto que histórico, inmerso en un mundo real.

Las consecuencias para la sociedad de esta humanidad basadas en la caridad y en la libertad-dignidad ha producido a lo largo de los siglos, corrientes políticas y culturales que   han generado un progreso social, cultural y económico inédito en la historia.

Las instituciones democráticas, el derecho natural, el derecho privado, el sufragio universal individual, libre y secreto, la separación de poderes, la justicia independiente, la protección de los derechos individuales, las libertades personales y colectivas, la propiedad privada y el respeto a los contratos son algunas consecuencias humanitarias que han producido saltos evolutivos en sociedades mayoritariamente cristianas.

Todo este conjunto de avances, como razona Hayek, indica un orden social que no responde a una estructura natural preexistente, tampoco a una creación artificial por autoridad alguna. Nacen espontáneamente por la voluntad libre de las personas. De nuevo esa libertad tan propia de Occidente…

En 2022, el relativismo moral se encuentra en plena expansión, tras sus inicios en la revuelta de la Universidad de Berkeley (California) de 1964 promovida por el Free Speech Movement y de París en mayo de 1968. Desde esas fechas el postmodernismo carcome las vigas de madera que sujetan la civilización y si aún se mantienen es por lo que Salvador Giner define como el culto a los derechos esenciales del ser humano que supone una materialización de su dignidad. Dignidad que opera como freno a las aspiraciones arbitrarias del hombre que no sujeta sus pasiones y que ansía, como escribe Chesterton, tres metas inalcanzables: La satisfacción de los sentidos, la vehemencia en alcanzar la inmortalidad y, por último, la prosperidad económica suficiente y acreditada.

Frente a un racionalismo sin alma que se ha manifestado en distintas épocas y que en la actualidad resurge con ímpetu, el legado occidental puede oponer sus virtudes, entre ellas, la compasión , la tolerancia, la libertad , la generosidad, la caridad… muchas de ellas pueden encontrarse también en Aristóteles en su Ética a Nicómaco y en su Política hace veinticuatro siglos, como en Kant, en sus obras La metafísica de las costumbres de 1785 y en La Crítica de la razón pura de 1788 como en tantos otros autores que han escrito sobre lo determinante de lo religioso en naciones prósperas y solventes.

A lo mejor será necesario mostrar con valentía estos recursos para evitar que otro René Robert, yazca tumbado en una callejuela fría y salvarle la vida porque como razona Levinas el humanismo nace con la responsabilidad para con el otro. La vida solamente cobra sentido en la medida en que se siente responsable de otro e incluso «responsable de la responsabilidad del otro».
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