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Renacimiento, Ilustración y la crítica razón

Historia.
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Hasta nuestros días el afán del hombre ha sido progresar en cualquier ámbito de la vida. En el avance, como conquista de la ignorancia, contemplamos una voluntad expansiva para comprender y dominar todo lo que le afecte para usarlo al cumplimiento de sus fines que posee como persona. Todo avance es progreso y el progreso es civilización cuando construye y aporta valor al mundo.

Sin embargo, el relativismo cultural trata de socavar los fundamentos de nuestra civilización mediante una adulteración de los principios universales que se manifestaron en el Renacimiento y la cultura grecorromana que asume y la Ilustración.

Ambos movimientos concurren en un mismo núcleo, un idéntico objeto de interés: el hombre. Si en el Renacimiento se descubre y ensalza convirtiéndolo en epicentro del universo, en la medida de todas las cosas, la ilustración lo convierte en un ser con razón crítica. Con ella descubre el mundo con unos derechos frente al Estado para preservar su individualidad y lo más sublime que tiene, su creatividad dentro del orden marcado por lo civilizado. Pero también con unos deberes con el Estado que debe cumplir.

El Renacimiento impulsó la ideología individualista, el progreso científico y técnico. Acentuó el espíritu crítico y la libertad de opinión, la tolerancia. Frente a la coherencia escolástica, se opta por los problemas del mundo que afligen al hombre que son muchos y dolorosos y, en muchas ocasiones, desconocidos. Es el comienzo, el inicio del primer análisis no teológico de la realidad social. El humanismo que surge implica una cultura abierta, libre y dinámica, que descubre el significado del hombre en la creación.

Implicó un distanciamiento de los formulismos medievales que estimuló la innovación: en la literatura, arquitectura, pintura, en lo político, en lo jurídico y en todo lo cultural. Se enfatiza el trabajo como medio para alcanzar riqueza. Obtienes lo que inviertes y has invertido en tu obrar y afán diario, se asumen responsabilidades personales y se rechaza la indolencia y sus ambiciones que promueven bajezas contrarias a las virtudes de un caballero renacentista. Dice Erasmo, en sus «Adagios» , del año 1500: « [...] No hay nada más rastrero, más servil, más inepto y más bajo que la mayoría ( de quienes buscan el favor del poder ) [...]».

La ciudad es centro de conocimiento y de interacción humanista

Hubo en el Renacimiento un culto por los clásicos, principalmente griegos, sabiduría empleada para definir el concepto de hombre que debe ser, en opinión de Baltasar de Castiglione, equilibrio entre el pensamiento y la acción, la razón y la vida.

Otro elemento sustancial del Renacimiento y del humanismo, la idea de equilibrio y mesura, que no es otra cosa que el justo medio aristotélico. Alcanzar la «magnanimidad» como conjunto de todas las virtudes que deben concurrir en el hombre renacentista.

Lo terrenal, en cuanto condiciona la vida del hombre, y lo natural, como medio en donde se desenvuelve, constituyen objeto de estudio. El resultado de esas preocupaciones produce un efecto, un remedio para evitar lo más áspero de la vida. Se propugnan los buenos modales, la cortesía, la higiene, el fomento del entendimiento, la sencillez en las relaciones sociales. Son rasgos que acompañaron a los renacentistas como signos propios distintivos.

Como ideal del Renacimiento, el equilibrio de todas las facultades del hombre y, como tal hombre, no sujeto a censura o expulsión o aniquilamiento por sus ideas. Como apunta Penna, su personalidad no puede ser superada por cualquier habilidad técnica... de nuevo la máxima principal del humanismo: el hombre como medida de todo.

Junto al Renacimiento, la Ilustración cuyo fin fue someter el universo a la tiranía de la razón crítica, como acertadamente define Anthony Pagden. El prejuicio social fue su objetivo prioritario de análisis porque las emociones toxicas comprometen la racionalidad.

Para Kant, en su opúsculo «¿Qué es la Ilustración?», la define como la salida del hombre de su minoría de edad, de la cual él mismo es culpable. El lema que le aplica es ¡Sapere aude! ¡Ten el coraje de servirte de tu propio entendimiento!

Supuso una ruptura con el inmovilismo, el conformismo y la ignorancia de muchas sociedades que se entregaron a una misma cronología, a una misma cadencia de acontecimientos, abrazando un determinismo vital como ineludible. Esta actitud, sin embargo, no es extraña al modo de proceder humano pues asume cualquier rutina con independencia de su racionalidad.

La Ilustración ha operado en muchos campos de la actividad del hombre. Su principio es que certeza debe basarse en un examen racional del conocimiento empírico. Defiende a un hombre libre, crítico, escéptico, empírico y practico. Si en Francia la reacción de los ilustrados contra el cristianismo fue extrema, en Alemania, su ilustración fue más dialogante, moderada y consciente de su relevancia humana. En cualquiera de los casos se pretendió por los ilustrados, como escribe Rodríguez-San Pedro, un cristianismo razonable.

A nivel político, es precursora de la democracia con Spinoza, Mill, Bentham y Rousseau; de los derechos humanos con Kant; fundamenta el concepto de Estado; la soberanía nacional de Voltaire; instituye la división de poderes con Montesquieu; diseña gobiernos bajo normas jurídicas y éticas, exigiéndoles un fin: el bien común. Creen en el progreso de la civilización en los aspectos material y ético; en el desarrollo tecnológico, político y social, ideas de Turgot, Condorcet y Gibbon...; en el liberalismo y el libre comercio con Adam Smith, Hume y Locke... .

A nivel personal reconoce la individualidad frente a grupos o comunidades, predica la tolerancia civil, la igualdad jurídica, el rechazo de la arbitrariedad y la opresión injustificada, conforme a las ideas de Hobbes, Spinoza, Bentham, Blaise Pascal, Locke, Stuart Mill... La libertad de conciencia de Voltaire. Y, sobre todo, por una actitud optimista ante la vida.

Al pensamiento ilustrado y a su manifestación política, el liberalismo, se debe la Declaración de Derechos de Virginia de 12 de junio de 1776 en donde quedaron recogidos los derechos naturales del hombre y la limitación del poder del Estado para no restringir la libertad personal.

A ella se debe la afirmación de que el hombre ha sido investido de dignidad y derechos por su Creador.

Otras declaraciones norteamericanas, como las de Maryland, Pensilvania, Carolina del Norte, Vermont, Massachussets y Nuevo Hampshire, adoptaron el mismo contenido dispositivo de naturaleza iusnaturalista.

Influyó en la Declaración de Independencia de 4 de julio de 1776. También en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de Francia de 1789.

La consecuencia política más decisiva de la Ilustración fue la implantación del orden liberal- democrático en Europa, después de un proceso de depuración de disonancias políticas y de furias posrevolucionarias.

Muchos países abrazaron la democracia liberal y, con ella, la idea de un ciudadano con unos derechos y deberes que perfeccionan el progreso en beneficio del bien común de la comunidad.

Democracia cuyo fin, para Karl Popper, es prevenir la tiranía. Incluida la tiranía de la propia democracia. Se trata de limitar la voluntad popular como titular de un poder incontrolable, como reseñó Schumpeter en 1942. De este temor antiguo (Tocqueville habló del despotismo democrático) han surgido, por ejemplo, los contrapoderes en las democracias occidentales que racionalizan, conforme a Derecho, el uso del poder. También un compromiso interno de todos los ciudadanos que ven en la democracia, justicia y ley , guiada por unos principios superiores para alcanzar lo bueno y lo justo, que evitan totalitarismos ,en palabras de Maritain.

Lejos queda la máxima del marqués de Condorcet sobre el propósito de la ilustración: «los hombres serán cada vez más sabios, por ser más sabios, serán más ricos y, en consecuencia, más felices».

Es una frase llamativa a primera vista pero que peca por su frivolidad, en tanto la riqueza no colma a la persona mientras no la dignifique. Como razona el historiador Luis Suarez lo fundamental no es tener más, sino ser más, lo que obliga a moderar los excesos racionales guiados por un ciego egoísmo.

«El sueño de la razón produce monstruos» es un aguafuerte sobre papel verjurado, de Francisco de Goya, número 43 en la serie de 80 estampas de la obra titulada «Los Caprichos». De entre las muchas interpretaciones que ha merecido el dibujo quiero destacar aquella en la que los monstruos representados no simbolizan otras épocas oscuras sino la soledad y el hastío que un racionalismo voraz genera en un hombre despojado de sus creencias y costumbres, de sus sentimientos y emociones.

A este propósito viene el razonamiento de Konrad Lorenz, para quien la ciencia no puede crear una cultura sobre los cauces racionales porque también es parte fundamental el saber orgánico no racional adquirido como especie animal. Prescindir de la erudición y la sabiduría de las tradiciones y de la doctrina de las grandes religiones universales sitúa al hombre en un camino errático sin rumbo.

Una razón crítica para comprender la realidad no supone una crítica razón que excluya lo espiritual porque el hombre es un ente de vida que participa de esa dimensión.

Progreso social sin progreso moral solo conduce a la tragedia como advirtió Kant a los hombres que se adentraban en el s. XIX.

Y a pesar de todo, solamente en la democracia liberal de corte humanista cabe encontrar una garantía de seguridad existencial con proyección en el tiempo.

Desde esta óptica sí creo que hemos llegado al fin de la historia, lo que venga después será, en todo caso, otra historia distinta.

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