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La Otra Cara del Covid-19

Ancianos, vida y quitamiedos: el abril en blanco y negro que oxigena una vocación madura de Enfermería

Vicente Fernández es enfermero en un centro de salud de Valladolid y acaba de aterrizar en su puesto después de la experiencia “más dura y más gratificante” de su carrera. Durante un mes ha formado parte de un equipo sanitario contra el coronavirus que sobrevolaba la residencia El Carmen. 140 ancianos, tres muertes y muchas reflexiones. Con treinta años de profesión, sus fotos en blanco y negro hablan de un nuevo enfoque con más color para el resto de su experiencia laboral

Vicente Fernández -el más alto- junto a alguno de sus compañeros del ‘Equipo Covid-1’ de la residencia Nuestra Señora del Carmen. Fotografías: Vicente Fernández
photo_cameraVicente Fernández -el más alto- junto a alguno de sus compañeros del ‘Equipo Covid-1’ de la residencia Nuestra Señora del Carmen. Fotografías: Vicente Fernández

Fue justo el viernes santo. “¿Cómo me voy a olvidar?”. Vicente Fernández es enfermero en el centro de salud Pilarica Circular (Valladolid), pero aquel día se presentó por primera vez en la residencia Nuestra Señora del Carmen. Junto a Silvia, Sandra, Pablo, Isabel, Carlos, o Alberto, formaba parte del Equipo Covid-1: un grupo de médicos, enfermeros y urgenciólogos de esa élite común entre los profesionales sanitarios de este país. ¿Misión? Conseguir que ese centro asistencial con 140 ancianos no fuera una colmena de muertes por coronavirus. Una tarea de riesgo.

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Era puro viernes santo cuando estos hombres y mujeres curtidos y voluntarios aterrizan ante la fachada de la residencia. Se desvisten en la entrada. Se travisten con los EPI. Se lavan los pies en una improvisada cerca de lejía. Mostrador de recepción, un pasillo a la izquierda donde se asoma el tajo. Un pasillo a la derecha para la capilla y la dirección. Observan el terreno. Se meten en la película. Y miran por primera vez a los ojos de Maricruz, la médica de la casa “a la que siempre he visto dar el doscientos por cien”: desbordada entre fiebres y toses, entre una asistencia masiva y la impotencia de los pocos recursos, entre sus ganas de salvar vidas y la cruda realidad de un virus sin alma. Suspira la doctora ante la llegada “de lo que parecíamos: los hombres de Harrelson”. Al día siguiente, justo al día siguiente, Maricruz da positivo, pero deja la residencia en buenas manos.

Viernes santo de crucifixión. Sábado de entierro. Domingo de resurrección. El calendario sigue a lo suyo fuera de estas paredes. Pronto, los enviados especiales y los cuidadores de la residencia, “entrenados para cuidar, pero no para curar”, hacen piña. Juntos reorganizan la asistencia hasta convertir El Carmen en una especie de centro de salud. Pasillos, hombres y mujeres que se valen por sí mismos, hombres y mujeres dependientes al cien por cien. Hay de todo en esta casa donde muchos habían venido a descansar y se han encontrado con un tsunami que les tiene muertos de miedo. Hasta que han visto que estos sanitarios son sus primeros aliados y sus cómplices más seguros.

El personal sanitario deambula con sus buzos, sus mascarillas y sus trajes de protección. Los abuelos los miran, al principio, con cara de pánico, porque esto es una invasión extraterrestre en medio de una realidad de ficción. Poco a poco se van entendiendo como pueden. La fuerza de los ojos lo transmite todo: tranquilos, estamos aquí para cuidaros, vamos a poner todo de nuestra parte para que salgáis ilesos de esta pandemia.

Un mes entero sudando bajo los EPI, con horarios sin techo, pero en equipo. Para Vicente estos 30 días intensos han sido “los más duros y, a la vez, los más gratificantes. He redescubierto el valor del trabajo multidisciplinar en el que todos vamos al unísono pensando en lo mejor para los pacientes. Hacía mucho tiempo que no veía este modo de ejercer la sanidad, al menos en mi experiencia laboral entre atención primaria y atención especializada”.

“He redescubierto el valor del trabajo sanitario multidisciplinar y en equipo. Hacía mucho tiempo que no veía este modo de ejercer, al menos en Atención Primaria”

Todos los miembros del Equipo Covid-1 desplegado en esta área de Valladolid saben perfectamente que “estamos para ayudar”. Poco a poco van poniendo las cosas en su sitio: circuitos de historias clínicas para seguir a cada paciente, “mucha lucha y mucha suerte” en mitad de un asilo que, a veces, parece una guardería. A ver cómo se explica a un señor con demencia qué es el confinamiento, que deben guardar la distancia de seguridad, cómo se usa una mascarilla, cómo evitar que se las intercambien como si esto fuera un juego, porqué es necesario medir cada poco tiempo la temperatura corporal o porqué están solos sin poder plantar un pie fuera de sus habitaciones.

Un mes. Tres personas muertas. Mucha tensión y mucha emoción. Decisión de trabajar sin soles ni lunas. Se emociona Vicente al contar la historia de un matrimonio veterano. Los dos ingresaron en la residencia en noviembre de 2019. Él padece Alzheimer. Ella no quiere separarse de él ni un minuto, pero no puede atenderle bien en casa y optan por hacer las maletas para mudarse a este centro asistencial. Tres meses después, ella, que está estupenda, ha dado positivo por covid. Le confinan en su habitación y le desgarran el alma… sin querer. Pasan los días de separación en mitad de este encierro. Ella llora. Les abre su conciencia a los profesionales que la atienden: “me arrepiento de haber venido a la residencia. Yo solo quería estar junto a mi marido, y mira. ¡Mira!”. “Tranquila mujer. Has hecho lo mejor que podías hacer”. A él –“que no entiende nada”- le cuentan como pueden que ella está bien. A ella le dicen que él está esperándola con los brazos abiertos. Lo que el matrimonio ha unido para siempre lo separa drásticamente un virus sin corazón.

Arriba, abajo, oxígenos, ánimos, pastillas, manos con guantes, miradas de impulso. Pero a Vicente y sus 1,92 metros de eslora se le parte el alma que esconde este traje de buzo impenetrable, porque ve muchos ancianos como si estuvieran aparcados aquí. Porque se pregunta en voz baja “si merece la pena llegar a esta edad para envejecer en estas circunstancias”. Y porque ve mucha desesperanza a su alrededor y no sabe bien cómo gestionar ese bajón de ánimo creciente entre los habitantes de El Carmen. “Hemos hecho todo lo que hemos podido, y aun así, algunos residentes nos han dicho que preferían morir antes que vivir en este escenario tremendo”. Uf.

Mientras los profesionales sanitarios lo dan todo bajo techo, los ancianos sobreviven viendo el drama sin filtros por televisión o escuchando Radio María. Eso son los bandos de esta audiencia. Huele a lejía. Huele a ganas de curar entre dudas de sobrevivir. Huele a mazazo al final de sus biografías.

A Vicente y sus 1,90 metros de eslora se le parte el alma, porque ve muchos ancianos como si estuvieran aparcados aquí. Porque se pregunta en voz baja “si merece la pena llegar a esta edad para envejecer en estas circunstancias”

Entre paciente y paciente, Vicente constata que hay algo que va cambiándole dentro, pero no atina a describirlo con palabras. Por una parte, se siente un privilegiado trabajando allí entre teodosias y nicasios. Por otra, siente en su interior cada paso adelante y cada paso hacia atrás. Tres muertes en un mes, con sus nombres, sus apellidos, sus rostros, sus gestos. Por una parte, “esto es lo más bonito que he vivido” como enfermero. Por otra, mira por el retrovisor la dureza de un virus “que mata muy rápido. Un día de fiebre alta, una derivación al hospital, y al día siguiente llega la triste noticia del final”. Por una parte, se alegra porque hay pacientes con 95 años que dan negativo en el test y están como si les hubiera tocado el Gordo más gordo, porque han podido contra el virus y tienen licencia para seguir adelante. Por otra, nota que a veces cunde el desánimo y no hay pastillas que intuben las ganas de mirar al sol, aunque sea a través de este panorama infernal.

En medio, el campo va mutando de barbecho a cosecha de salud. Pasan los días y además de bombonas de oxígeno y colas para el test, también hay más sonrisas en estos labios arrugados por la vida. La cámara de Vicente se pasea para estampar la experiencia. Retrata a sus compañeros vistiéndose de la única vacuna posible entre los bancos de la sacristía. Retrata de a Isabel, a Pablo, a Silvia, a Sandra y a Aitor en mitad de la faena “para que se sepa lo que es trabajar en estas circunstancias”. Del álbum revelado queda claro que esta experiencia en blanco y negro le ha dado color a su propia historia profesional. Las paradojas de la vida funcionan así: lecciones estructurales afloran del apocalipsis. Y por supuesto, sin flashes de morbo, como solo un sanitario es capaz de bordar.

El lunes se acabó la experiencia El Carmen, porque gracias al trabajo de este equipo, el tsunami ha reducido sus cuernos y todo vuelve al cauce de la nueva normalidad. Les relevan los hombres y mujeres del San Pablo, el centro de salud de referencia para estos veteranos que murieron un poco por dentro y van resucitando. Todavía hay algún caso complicado, pero aquí se respira ya otro ambiente como de prueba superada.

Vicente ha vuelto esta semana a su lugar de trabajo habitual, y nada es lo mismo. Espera que el “unión hace la fuerza” tatuado en la residencia no se le trastabille nunca más. Espera que se abra un mar rojo de debate y reflexión nacional potente sobre la atención a las personas mayores, sobre la asistencia sanitaria en estos nidos de fin de ciclo, sobre el papel de la Atención Primaria, los paliativos, la atención domiciliaria… Espera que los aplausos de las 20.00 no sean hipócritas, “porque algunos de los que salen al balcón son los mismos que han puesto demandas a mis compañeros por no entender nada de lo que hemos hecho estos días todos los profesionales sanitarios”. Y espera que, a sus 52 años llenos de mili, “nadie muera con miedo, que seamos capaces de pagar la deuda moral que tenemos con nuestros mayores, que les ofrezcamos las condiciones adecuadas para que, si se van, se vayan en paz”.

“Espero que en este país nunca más nadie muera con miedo, que seamos capaces de pagar la deuda moral que tenemos con nuestros mayores, que les ofrezcamos las condiciones adecuadas para que, si se van, se vayan en paz”

Sus fotos están ahí y lo cuentan casi todo. La fuerza de los ojos. La lucha por la vida. El poder de un equipo. La vocación de Enfermería. La valía de un médico. La conquista saludable de unos hombres y unas mujeres que han querido gastar el mes de abril lloviendo esperanzas como agua de mayo. Vicente y sus compañeros del Equipo Covid-1 no son héroes, ni forman parte del clan de Harrelson, ni tienen el corazón de madera. Han sudado, han sufrido, han llorado, pero lo han conseguido. Es lo que no se ve en las fotos, pero palpita en las pupilas de todos: debajo de esos EPI que les cubren hasta la médula están las esencias de unos seres humanos con el súper poder de convertir un otoño en una primavera incipiente con su ciencia, su conciencia, su paciencia y una vocación por salvar vidas, por lo menos, como la fachada de la Academia de Caballería de la ciudad donde deslumbra la proeza.

La foto con reservorio está echada para el recuerdo.

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