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EN PAUSE CON PABLO HERAS-CASADO, director de orquesta

“No nos damos cuenta de la trascendencia social que tiene saber escuchar”

Pablo Heras-Casado es un director de primera. Batuta titular de la Orchestra of St. Luke’s de Nueva York y principal director invitado del Teatro Real de Madrid. Diferente, variado, hecho a sí mismo. Un granadino habitual ante las sinfónicas del mundo

Su lema es “nada es imposible” y acompaña la máxima con una sonrisa auténtica.
photo_cameraSu lema es “nada es imposible” y acompaña la máxima con una sonrisa auténtica.

Aviones. Rascacielos. Escenarios. Aplausos. Batuta. Tesón. Al fondo, la Alhambra. Pablo Heras-Casado conquistó América, y después, como en un tablero del Risk, fue poniendo su música en cada orquesta del planeta. En vaqueros. De la mina floreció su talento cosechado en casa y ,después de picar entre conservatorios y coros de iglesia, lleva 22 años enteros en la picota discreta de la música cinco estrellas. Artista social en busca de las melodías que unen los pueblos y les hacen trascender del y-tu-más. Tras dos décadas prodigiosas, cree que nada es imposible, aunque sea difícil. Ni siquiera Cataluña. Heras-Casado es hijo de policía nacional, y se siente Marca España diga lo que diga la burocracia. Sobre el podio, atrincherado en la calle. De música celestial, sí, pero muy lejos esas nubes grises del egocentrismo cultural.

 

Pablo Heras-Casado está en Madrid. Milagro. Viene de Estados Unidos. Luego, Berlín, Israel. Ahora, Suiza. Después, Friburgo, Filadelfia y, al final del mes de enero, sí, Granada. Con la música a todas partes.

Hemos quedado en el Teatro Real, porque aquí la batuta de orquesta con más pedigrí del wikipedia musical español es principal director invitado. Unas fotos en mitad del terciopelo que envuelve estos 200 años de historia. Pero Pablo es muy de vaqueros y de cañas. Así que nos vamos a la taberna de enfrente a conversar.

No es fácil conseguir ese silencio con el que arranca exuberante su música. Prisa. Llamadas entrantes. Ruidos lógicos.

Antes de que instale su sede en cualquier capital del mundo que le fiche para siempre, merece la pena sacarle de un programa absorbente que le tiene en vilo todo el año. Idas y venidas. Trasiego. A ver quién frena ahora en seco este ímpetu wagneriano.

Un café en el Alabardero. Pasen, pasen hasta el final.

En mitad de este contexto a cámara rápida de un hombre subido al mundo, suena el afinador, brillan los ojos cansados pero optimistas, y arranca este solo de batuta con ritmo.

Su registro de conciertos es como una pantalla de vuelos internacionales. ¿La música es el lenguaje que más nos une?

A mí no se me ocurre otro, además del lenguaje no verbal de los sentimientos, las emociones, el amor… Todos entendemos perfectamente los gestos amables y de cariño que generan inmediatamente determinados vínculos. La música no transmite nada negativo y, por tanto, une. Da igual que sea de un compositor de hace cincuenta o quinientos años. Da igual que sea finlandés, italiano o surcoreano, o que toques en otros extremos del mundo. La música siempre conecta a las personas. Sus valores son universales y atemporales.

Lo digo porque en España estamos en un momento de banderas a palos. Usted vivió su infancia en Cataluña, donde su padre era policía nacional. ¿Qué música puede volver a reconciliarnos?

Pienso en estos casos y en otros. Soy español, granadino y albaicinero… Para mí, esos lugares y esas referencias son importantes. La música me lleva a muchas pequeñas patrias, donde yo también echo raíces y vuelo desde allí, como decía el poeta. Los valores universales y unitivos de la música han jugado, y deben seguir haciéndolo siempre, un papel importante en momentos históricos complicados. Igual que la música está presente ante cualquier motivo de celebración –personal o colectivo-, también debe estar en las circunstancias difíciles.

Hoy, para expresar una opinión, todo debe estar muy argumentado, tener una base lógica y estar muy arropado por un discurso. En ese sentido, no es fácil destacar las aportaciones de la música en estos contextos sociales tensos. Pero, cuando un grupo de personas se juntan en un espacio, en un tiempo y ante un público determinados, y se establece un nexo de unión a través de la no-palabra, se miran las cosas de otra manera, y se puede conseguir aunar mejor a las personas y a las ideas. Es importante que los artistas pensemos cómo podemos contribuir a la sociedad, y qué podemos y tenemos obligación de aportar en circunstancias como esta, y también en los hitos positivos que nos conciernen a todos.

En estos días de directos de telediarios desde Cataluña, ¿se le ha ocurrido en algún momento pensar: a estos les pongo yo-no-sé-qué música, y amanso a las fieras?

No. No se me ha ocurrido, porque no es nada fácil. Ojalá las cosas se solucionaran así. No hay una fórmula. Pero lo que sí está claro es que los artistas tenemos que estar presentes en la sociedad. Seguramente más que nunca.

Pablo Heras-Casado es de aquí, pero trasciende los localismos. Vive entre aeropuertos internacionales, pasión y futuro. ¿Usted es Marca España?

No sé muy bien lo que significa eso, la verdad…

Españoles de referencia que deberían expresar bien, más allá de nuestras fronteras, lo que es y lo que se gesta en nuestro país…

Sí. La idea que hay detrás la conozco, pero no sé cómo se articula y cuáles son los parámetros que deciden quién sí, o quién no… Yo, por supuesto, me siento embajador de mi cultura, y de mi país, y de Granada… Mis raíces las llevo por bandera. No sé si entro o no en los parámetros oficiales de la Marca España, pero extraoficialmente ¡claro que sí!

Los expertos le ven dirigiendo la Filarmónica de Nueva York, o incluso su Metropolitan Opera. ¿Eso es fuga de talentos, o una lógica consecuencia de la cultura sin fronteras?

Lo segundo, claramente. En España tengo la fortuna de sentirme muy bien acogido y poder trabajar en los proyectos en los que puedo involucrarme y me interesan. Ni siquiera cuando era muy joven, y trataba de abrirme camino dirigiendo lo que fuera y como fuera, sentí que cogía la maleta porque en mi país no podía realizarme profesionalmente, o porque no me consideraban. Jamás.

Efectivamente, en España se le considera…

Bueno, en su momento era difícil. Ahora, lógicamente… Cuando tenía veintipocos años, no tenía casi nada que hacer y pocas puertas respondían a mi llamada. Entonces era mucho más complicado para un artista español desarrollarse aquí. Había menos criterio… ¡y mucho más dinero! Además, España tenía sus fronteras y sus puertas abiertas para cualquier artista del mundo, y era más costoso encontrar un hueco. Pero ni siquiera en esos momentos pensé en irme en el tren de los talentos fugados para sobrevivir.

A mí me interesa hacer lo que quiero hacer, en las mejores condiciones, allá donde pueda hacerlo. Y si es en España, fenomenal.

Es relativamente joven y relativamente maduro….

Me alegra que me lo diga así, porque llevo mucho tiempo siendo joven para la prensa. Acabo de cumplir los cuarenta; por fin puedo ser relativamente maduro…

… Conoce el éxito después de haber empezado desde cero. Aspira a más, y no va de gurú. ¿Dar rienda suelta a una vocación profesional tan marcada siempre tiene premio?

Para mí, sí. Es una vocación profesional marcada por la honestidad y por el deseo imperante de desarrollar mi camino, que no ha hecho nadie, que puede ser el mejor o el peor, o ser más o menos acertado, pero es el mío, porque es totalmente vocacional. Los cálculos han sido míos, y no los de una carrera prediseñada, ni los de nadie más. Cada pequeño paso adelante ha sido muy satisfactorio. La dificultad es enorme, también ahora, pero, cuando cuesta avanzar en un itinerario personalmente elegido, la satisfacción acaba siendo mayor.

¿Qué significa para usted un público en pie aplaudiendo su trabajo?

Satisfacción por haber sabido conectar con ese público. Es haber conseguido que, para un grupo numeroso de personas -con diferentes expectativas, edades, culturas-, ese momento haya sido especial, que compartan todos un sentimiento similar irrepetible. Antes me preocupaba más por mi propia percepción y priorizaba la autocrítica. Ahora eso sigue estando presente, pero valoro más haber conectado con el público y cuento más con su opinión sobre mi trabajo.

Pablo Heras-Casado

¿Se disfruta la música cuando uno se sube en un tren de fama internacional de alta velocidad?

Por supuesto. ¡Muchísimo! Si no lo hiciera, no valdría la pena. Es un tren que cuesta mucho mover y conducir, que va muy rápido, pero lo disfruto bastante. A veces se sufre, pero el momento de hacer música está por encima de todo lo demás.

¿Un apasionado de su trabajo encuentra barreras insuperables?

Yo, no. Nunca he pensado que haya algo insuperable. Ni ahora, ni hace veinte años. Tampoco doy nunca nada por hecho. Es una cuestión de ambición y de temperamento. Si alguna vez pensara que algo no es posible, me preocuparía. Es esencial, al menos para mí, saber que hay cosas difíciles, evidentemente, pero no imposibles.

¿El trabajo bien hecho tiene mejor prensa que las cosas del corazón?

Nada ha perdido la coherencia en mi consideración dentro de la opinión pública. Ahora hay una parte del público que me conoce también por otras vías [está casado con Anne Igartiburu], pero sabe lo que hago y lo que soy.

Lo digo porque, a lo mejor, percibe que es más interesante ahora para la prensa por sus extras personales que por su desempeño profesional…

Esto ha pasado siempre. También incluso entre los grandes nombres de la música. Hay personas que llegan a Karajan, a Maria Callas, a Pavarotti o a Plácido Domingo conociendo su trabajo desde dentro, sus méritos, sus conciertos… Otros han llegado a ellos porque han estado en un recital con miles de personas, o porque han actuado con Madonna, o porque han sido la imagen de una casa de moda… Han llegado ahí y ese trayecto no es un descrédito. Cada público tiene su modo de acercamiento. Que Plácido Domingo o Karajan sean figuras universales es importante también para la música, y para la ópera. No creo que sea sano que todos los seguidores de un artista tengan que ser entendidos y puristas. ¡Eso, al final, mata al arte!

¿Qué autoridad debe tener un director de orquesta?

La autoridad del conocimiento, de la claridad de ideas, que también puede ser generosa; de abrir la mano, de incluir al resto de los artistas, de la capacidad de decisión fundamentada. Y de la libertad para expresar emociones en base a esos conocimientos. Es la autoridad de sentirse libre y expresarlo en compañía de sus colegas. Al final, siempre prevalece una decisión, como es lógico, pero hay que contar con el grupo y saber hacer la mejor versión posible de ese conjunto con un liderazgo participativo.

¿Cómo se aprende a escuchar una misma música en medio de una orquesta de sonidos?

Escuchar a todos es una actitud que se entrena como músico, pero es también una cualidad importante que se aprende desde muy pequeños, como personas. Saber hablar después de haber escuchado, alzar la voz cuando se debe, escuchar bien… Al final, para un director de orquesta la herramienta clave es la escucha. Eso permite dar relevancia a unos instrumentos u otros, y corregir lo que oyes. No nos damos cuenta de lo trascendente que es esta actitud para una sociedad. Si sabemos escuchar desde niños, respetar lo que tienen que decirnos otros… Siempre hay uno que toca mejor y otro peor, y forma parte de nuestro deber social saber aceptar los límites de cada uno, saber reconocer el talento, ser generosos con los dones de cada cual, y con la falta o la diferencia de talento sobre todo. Saber formar parte de un grupo es importantísimo. Por eso, entre otras muchas otras cosas, pienso que la Música debería ser una asignatura obligatoria en la enseñanza primaria, porque aglutina muchos valores esenciales.

¿Atravesar idiomas, países, ciudades y mundos sociales nos cura de egocentrismos?

Por supuesto. La cantinela de que hay que viajar más para entendernos mejor es una realidad empírica. Cuando se observa una actitud cerrada o intolerante, es que hay que salir más, conocer mundo, probar cosas diferentes, abrir las miras, escuchar otras opiniones, atreverse a nuevos sabores, sentir la inseguridad de la desprotección ante lo desconocido…

¿La gente de la cultura es egocéntrica?

No. Evidentemente, hay que tener un cierto egocentrismo, que no creo que sea malo, aunque pueda convertirse en un valor negativo. Baremboin decía en alguna ocasión que, si no eres egocéntrico, es difícil ponerse sobre un podio y expresar una opinión o una emoción. Pero se puede ser egocéntrico, y generoso y comunicativo, a la vez.

¿La cultura española tiene prestigio social?

Mucho. Más fuera que aquí mismo. Debemos aprender a mirarnos con perspectiva, con distancia, para dar un valor más universal y objetivo a lo que somos.

¿Hace falta bajar el centro de gravedad para que la cultura no sea un bien de lujo, muchas veces sólo para élites intelectuales y/o económicas?

Todo lo que se haga en esa línea es poco. No estoy de acuerdo en que la cultura, hoy por hoy, sea elitista. Desde instituciones culturales, como el Teatro Real, por ejemplo, se hacen esfuerzos permanentes por acercarla a toda la sociedad. Aquí se combinan galas, como la celebración de su 200 aniversario, con acciones diarias para abrir a todos los espectáculos complejos, impresionantes y caros, como una ópera. Hay que estar abiertos y probar cosas nuevas, pero el esfuerzo se hace, particularmente, desde las instituciones más importantes.

¿Una política cultural es sana? ¿Puede ser más transversal y menos ideológico un organismo cultural que trascienda los gobiernos, centrales o autonómicos?

Debe ser así. Un organismo cultural debe trascender por completo los gobiernos. La cosa más terrible que nos puede suceder es que se politice la cultura. Siempre se ha intentado, especialmente desde los regímenes más autoritarios de la historia, algunos con más sutileza que otros. Sucede lo mismo con la educación. Aunque no se fomente en muchos casos desde los poderes políticos, los que lo ostentan saben que la cultura es un arma muy poderosa. Lo saben.

Su madre le enseñó a cantar y a rezar. Usted y la música de iglesia crecieron de la mano. ¿La música de Pablo Heras-Casado trasciende el espacio y el tiempo? ¿Es su vocabulario para hablar con Dios?

Para mí la música es un vocabulario importante. Es como mi lengua materna. Mis padres, sin tener más cultura musical que la espontánea de cualquier casa, han hecho que me siguiera desarrollando. De todas maneras, sin la vida fuera de la música, para mí no tendría sentido la música. Es una manera intensa y potente de comunicarme con mi entorno, con la sociedad, y es mi lenguaje para trascender más allá. No creo en ninguna religión, pero sí veo que el arte es una manera de trascender que tiene el hombre; y la música, de una manera especial. Es importante que cada persona encuentre una manera de trascender lo puramente material, ya sea como oyente o como artista.

Rompe usted el icono de director de orquesta subido a un podio y dando órdenes con cierto divismo. Es usted un director en vaqueros. ¿Un músico para el pueblo?

Suena a populista, y no me gusta nada… Eso sí, me interesan todos los públicos. Mi sueño sería llegar al máximo número de personas posibles, y transmitir lo increíble y maravilloso que son Monteverdi, Beethoven, Mozart, Verdi, Wagner… Pienso en todos los tipos de públicos y en el concepto de sociedad más amplio. No me interesa acotar y reducir al público, sino todo lo contrario.

Es reconocida su versatilidad al hacer músicas de allí y de acá. Pero usted, personalmente, ¿es más Wagner?

Por mi forma de ser no soy muy Wagner… Aunque sea un genio y un fenómeno de esos que destacan en la historia, como persona no me gustaría parecerme a él. Hay personalidades de artistas que me interesan mucho más. Aunque puedas incluso repudiar a una persona por sus ideas o valores, el arte está por encima y puede llegar a transmitir otras cosas. Eso forma parte de su grandeza. Me interesa mucho meterme en la piel de tantos genios, traducirlos y comunicarlos.

Un músico sin delirios de grandeza, pero consciente de sus talentos. ¿Eso es la humildad? ¿Qué peso tiene la humildad en la configuración de un gran artista?

Es el centro gravitacional. Sin humildad no se puede ni aprender, ni mejorar. Esa es la clave.

Lleva más de 20 años dirigiendo. Algunos creen que lo suyo es un subidón en dos telediarios.

Bueno, un subidón de dos telediarios, tampoco… Llevo casi 22 años dirigiendo…

Por eso digo… ¿Qué es el arte sin constancia, la inspiración sin trabajo, y la poesía sin sudor?

A veces los medios se quedan con el flash de última hora… No, esto es una carrera de fondo, con sus luchas diarias, mucho trabajo y mucho esfuerzo. Hay sacrificio también, aunque hago lo que me gusta con toda la pasión del mundo. No es el mismo sacrificio que deben hacer personas que tienen problemas serios, como vemos en estos tiempos de crisis humanitaria, pero cada paso es costoso.

Valores. Los músicos como usted, que no están sometidos a la presión de una discográfica, tienen más posibilidades de tener valores y de que sean auténticos: profesionales y humanos. ¿Cuáles son sus claves del pentagrama?

Me considero el mismo cuando hago música y cuando estoy aquí hablando con usted, o en casa, con mis padres. La generosidad, el respeto, la humildad y la pasión por las cosas –haciendo música o charlando- son comunes a todo lo que hago. Quiero mantener estos valores en todos los momentos de mi vida.

Su biografía tiene mucho que ver con su seguridad en cumplir los retos. Director de orquesta. Padre. Maratoniano…

…Lo de la maratón todavía es un reto pendiente…

¿Ser joven es, precisamente eso, tener la seguridad de cumplir los retos?

La juventud puede ser la alegría, el compromiso, la pasión y la seguridad de poner los medios para andar el camino hasta cumplir esos retos. Sin sentir esta energía juvenil, a veces infantil, por las cosas, me moriría.

Hablando de morirse: ¿qué espera que Pablo no entierre nunca?

La alegría por las cosas de la vida y por poder compartirlas.

¿Qué hojas secas de España tienen que caer y morir para siempre?

Los complejos y la envidia.

Pablo Heras-Casado

REBOBINANDO

Hay talentos que van a toda velocidad, y esa urgencia por aprovechar la vida enseña muchas cosas.

La trayectoria de Pablo Heras-Casado avala que seguir los pasos de una vocación profesional, cueste lo que cueste, se convierte en fórmula exitosa cuando el talento y las condiciones acompañan, porque la buena voluntad, sola, no basta.

Pablo Heras-Casado une el “impossible is nothing” y el “just do it”. Su biografía refleja el ideal de las carreras olímpicas. Lo suyo no es un llegué, vi, vencí. Lo suyo ha sido un llegué, sudé, me levanté, llamé, busqué, encontré, ensayé, trabajé, conquisté, custodié, triunfé, y ya veremos si vencemos cuando acabe la película, porque en este cine falta aún la próxima mitad del metraje. Más o menos.

Heras-Casado hace música con las manos. Se lo pide el cuerpo, y su carácter, y su modo de crear. Es, también, una metáfora de la cultura a flor de piel, pegada a la gente. El director de orquesta que pone una pica en Flandes en cada escenario por el que transita, no vive entre terciopelos rojos y maderas doradas. Su mundo musical pasa por las calles, los problemas, las sociedades complejas. Es un artista sin pancarta, pero con conciencia social aguda y comprometida.

Se le ve en la cara: Pablo tiene pánico a la cultura envasada al vacío del visón y el frac, a la creación artística sin el pueblo, a la música para talonarios exclusivos. Entiende sus escenarios, y a la vez busca el roce con las personas cultas sin medios, pero con remedio. He aquí una asignatura pendiente de este universo de lámparas de araña y engolamientos a la que la política cultural no ha sabido, aún, hincar el diente.

Pablo es Marca España. Y un pentagrama con fondo para pautar prioridades culturales, en un país donde el arte y la música son tradiciones sin aval ni jurisprudencia, sin proyectos de futuro, museos en vez de lanzaderas, letras cursis de discursos arrebolados, y campo permanentemente en barbecho institucional… Pero la vida va por delante de los presupuestos, y por eso la cultura siempre avanza. Aunque el poder no la empuje.

La música del omnidirector de multiorquestas nace por instinto, se reproduce por emoción-comunicación, y se perfecciona con trabajo. Sin barreras. Sin fronteras. Sin límites.

Cuatro versos malos en inglés con cuatro lemas publicitarios: Think different / Imagination at work / Think big / Build the world.

A veces la poesía es la única manera de dar en el blanco de un artista.

Se cierra el telón.

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