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“No hemos llegado al punto de que haya cómicos que se presenten a la Presidencia, pero todo llegará”

Borja Cobeaga está detrás del telón de Vaya Semanita, Ocho apellidos vascos, Pagafantas, Superlópez y un largo etcétera. Con cien proyectos por banda, viento en popa, y a toda vela, codirige Justo antes de cristo, la serie española de romanos con la épica de andar por casa

¡Ave, Cobeaga! Los que disfrutan con tus risas -nuestras risas- te saludan. Foto: Álvaro García Fuentes )@alvarogafu)
photo_camera¡Ave, Cobeaga! Los que disfrutan con tus risas -nuestras risas- te saludan. Foto: Álvaro García Fuentes )@alvarogafu)

Justo antes de Cristo, Cobeaga ya había sido concebido en la mente de Dios como un comediante irresoluto. Al César, lo que es del César. Todos sus caminos llegan a broma, incluso aquel Euskadi de plomo. Con Vaya Semanita y Ocho apellidos vascos construyó un puente levadizo del que hoy viven muchos ciudadanos de a pie. De aquí, de allí. Codirige la última de Movistar: una de romanos muy locos que ayuda a ver la épica de la vida ordinaria relativizando ombligos y neuras entre sandalias y estandartes. Mientras tanto trabaja el suspense con Intríngulis. Su proyecto soñado es llevar a su cine los debates electorales entre González y Aznar, y mejor si es con Antonio de la Torre. Un tipo de barrio. Obrero del vídeo. Rodando con pico y pala. Apóstol de la carcajada como arma contundente y liberadora. Ve a Rivera y a Sánchez como los pagafantas de esta campaña electoral. Y critica la sobreactuación de Casado. Aquello de los actores, la ceja y Zapatero de hace una década le parece “muy marciano”. ¿La receta de su humor? “Humildad y mala baba”. Una vez cada tres meses le dan las gracias por hacer reír. Como sus recurrentes Dani Rovira o Julián López, es uno más en estas calzadas patrias. De hecho, su gata se llama Antonia…

Han vuelto los romanos, me cago en la loba. Pero han vuelto en formato un poco losers. Por eso, estoy seguro, Pepón Montero y Juan Maidagán, le han pedido a Borja Cobeaga que tome la cámara y ruede algunos capítulos de Justo antes de Cristo. Porque Borja Cobeaga ha hecho un gran servicio a la humanidad: llevar al cine al perdedor que llevamos dentro, reírnos juntos en terapia colectiva, relativizar nuestros éxitos, subirnos sobre nuestros fracasos, y pedalear con garbo.

En un bar de Embajadores, Madrid. Entre Tirso de Molina -el de Don Gil de las calzas verdes o El castigo del penseque- y La Latina, a la vera del Teatro Kamikaze y en el bar Pavón. En sofá de reventa de salones imperiales venidos a muy menos. Este es el set de rodaje de esta conversación de barrio con estrellas. Detrás hay un bareto mindfulness que se llama La alegría de la huerta.

El viernes volvieron los cascos con plumas a la pantalla española casi desde Gladiator, y este acontecimiento es una percha como una cuadriga para hablar con el director y guionista que hoy conocen las masas tuiteras por Blas de Lezo, pero que lleva desde 2002 revolucionando la tele, el cine, la comedia, y toda clase de muebles y tapicerías audiovisuales en estado de aburguesamiento.

Ocho apellidos de lo que le echen. Vasco, de San Sebastián, del 77. Entre la Sevilla de la feria de abril (Dani Rovira) y esa Guetaria de puertos amplios que dieron la vuelta al mundo (Karra Elejalde y Clara Lago), hay un busto de Cobeaga con las gafas como descabalgadas de la nariz y mirando fuera de plano. Y otro de Diego San José. Los dos parieron el guion de una película que reventó las taquillas y los muros.

Un café largo en un bar con ruidos de fondo de la vida misma. Una semana intensa de prestreno. Una conversación sobre cine, tele, España, calle, realismo, humor, democracia y gente sin aditivos con un director y guionista de élite, pero que tiene una gata que se llama Antonia...

A las puertas de Semana Santa se estrena Justo antes de Cristo. Están muy locos estos romanos. ¿Qué nos quiere decir a los españoles con esta historia?

Que aunque transcurra en la Tracia de la época, no somos tan diferentes. Sus creadores -Pepón Montero y Juan Maidagán- no querían hacer una historia de paralelismos, pero sí querían contar esa vida cotidiana de los romanos que no sale en los libros de Historia. 31 años antes de Cristo, los hombres también estaban preocupados por lo que tenían para comer y por cómo iban a pagar algo parecido a la hipoteca de sus casas romanas… La serie va de algo que hemos asociado muy épicamente al cine de romanos de grandes sentencias, pero en modo andar por casa.

Comedia, al arte de contar historias que nos hagan reír. Me parece la mejor campaña electoral...

No hemos llegado al punto de que haya cómicos que se presenten a la Presidencia, como ha ocurrido ya en otros países, pero todo está por llegar. Igual después de la llegada de la extrema derecha viene eso.

¿Cuál es su receta del humor en estos tiempos de encorsetamientos políticamente correctos?

Mis certezas, con el paso de los años, se han ido cayendo. Antes tenía muy claro lo que era gracioso, o lo que quería contar. Ahora mismo lo único que puedo decir es que si te hace reír a ti, hará reír a más gente.

Hace comedias. Disfruta los thrillers. ¿Borja Cobeaga y Rodrigo Sorogoyen podrían funcionar juntos?

Como espectador de Sorogoyen, funcionamos muy bien. Me gusta mucho su cine. Pero a mí me pasa que escribo un corto de terror y se me queda comedia, porque cuando detecto algo cómico me cuesta quitar la vista de esa escena. Me he planteado hacer otros géneros, pero al final siempre me aflora la comedia. Si colaborara con Sorogoyen le acabaría llevando a un cine más payaso.

¿Contaría con Antonio de la Torre para alguna de sus comedias?

Antonio de la Torre es un grandísimo cómico. Le he visto hacer comedia, sobre todo en sus inicios, con personajes secundarios, y es alucinante. Me encantaría contar con él. Uno de mis proyectos soñados es hacer una sátira sobre los debates electorales de Aznar y Felipe González, y él podría hacer cualquier de los dos.

¿En su vida personal también aflora siempre la comedia?

Tendrías que preguntárselo a mi mujer, a mi hijo, y a mi gata… Soy muy de soltar paridas, pero si le preguntas a mi mujer si me paso el día riendo porque soy guionista de comedia, lo más seguro es que te ponga los ojos en blanco…

Pagafantas, Fe de etarras... Consagra usted a Julián López. ¿Qué tiene el actor de español del CIS?

Julián tiene eso que deslumbra de los grandes actores cómicos que después han sido dramáticos, como López Vázquez, Alfredo Landa, Fernán Gómez… A todos ellos les caracteriza que son actores muy inteligentes que saben dónde están los puntos fuertes de los guiones, que pillan perfectamente cuándo un personaje debe ponerse serio o ser más chorrón y, a la vez, deslumbran con una vis cómica enorme. Lo que escribes para Julián, él te lo eleva siempre. Le hemos visto sobre todo en comedias, pero tiene un grandísimo potencial dramático. En Justo antes de Cristo es protagonista y su papel le permite hacer muchas cosas. En esta ocasión he apreciado facetas suyas que no había visto antes, y llevo trabajando con él desde hace tiempo. El primero que le dé un papel dramático va a descubrir una auténtica revelación, y siempre pienso que debería ser yo, aunque juntos sería inevitable no derivar en comedia…

En esta de romanos, Cecilia Freire hace un papelón, la verdad.

Está fenomenal.

La veo auténtica.

A lo mejor ella ni lo sabe, pero yo quise que saliese en Pagafantas, pero justo estaba haciendo entonces alguna serie y no fue posible. Su personaje en Justo antes de Cristo es Valeria: una tía bastante resuelta, incluso cruel, pero que a la vez sabe darte un poco de pena. Me he sentido muy cómodo dirigiendo esta serie que no he escrito, porque tiene una mezcla de ternura y crueldad muy bestia, y eso lo representa muy bien el papel de Cecilia. En una comedia moderna parece que tienes que poner a hombres patosos y mujeres que son las que saben de verdad, y este guion tiene un punto más: ella es tan desastre como los personajes masculinos.

Aunque sea ella la que lleva los pantalones de la casa, como sucede en la mayoría de las casas reales de nuestra historia.

Sí, pero eso se va desmoronando también.

¿Ha visto a Julián en Dolor y gloria?

¡Sí, claro!

¿Le ha gustado la película?

Mucho. Me gusta porque me interesa mucho Almodóvar como figura. Como personaje es un buen material dramático. Quizá es la película suya que más me ha gustado desde La piel que habito. Julián tiene ahí un papel pequeño, pero es una gozada poder verle en otros sitios.

¿Dolor y gloria puede dar la impresión de que todos los que dirigen cine tienen una vida underground incompatible, por decirlo de alguna manera, con la salud, o eran otros años?

Yo siempre me defino como un obrero del vídeo. Podía dedicarme a esto, o ser abogado, fresador, o recoger residuos… Me considero una persona tremendamente normal en mis hábitos. De hecho, soy más feliz cuando en mi vida hay un tiempo de rutina clara. Eso de la inspiración, el mundo interior, las musas… Pues no… Para mí, dirigir o escribir películas o series es un trabajo de pico y pala.

[suena de fondo el afilador]Foto rodaje_byn

¿Los guionistas os sentís mejor después del homenaje de los últimos Premios Feroz, o seguiréis siendo los protagonistas sin glamour?

En los últimos años se ha potenciado mucho nuestro papel, porque las historias parten de ahí y ese reconocimiento es obligado. El mundo de las plataformas ha cambiado mucho el papel de los guionistas: algunos se han convertido en productores ejecutivos -Javier Olivares, con El Ministerio del tiempo; Álex Pina, con La casa de papel; los productores de Bambú...- y creo es ese es un muy buen camino.

Entiendo que también hay una razón de justicia: el cine nace de una historia, y la historia nace en los guionistas.

Sí. Es verdad. De todas formas, cuando hablamos de la invisibilidad del guionista no estamos reclamando que nos pidan autógrafos o nos metan en el fotocol de las alfombras rojas. Pedimos, sencillamente, que se reconozca nuestro trabajo a nivel industrial más dentro de nuestro mundo que de cara al público.   

Desde 2002 está usted en la alfombra roja española con La primera vez. ¿Cómo ha mutado el cine español en estos 17 años?

Muchísimo. De entrada, con las plataformas ya no te planteas afrontar una película, sino que esa película puede ser una serie… Además, hay un factor negativo de la revolución tecnológica, porque ahora las películas se ruedan más rápido. Cuando hice mi primera película, lo normal era rodar en ocho semanas. En estos momentos, lo habitual es hacerlo en la mitad de tiempo. Ha habido una crisis económica fuerte en medio que se sigue notando, porque aunque hoy haya una gran producción, no se han vuelto a los presupuestos y a los precios de antes. El boom de la creatividad no se ha traducido aún en la mejora de las condiciones laborales de técnicos, guionistas y actores. Hay cinco o seis figuras que ganan mucho dinero, pero después hay una gran clase media de figurantes que no nos estamos haciendo millonarios, incluso teniendo grandes éxitos.

Desde el punto de vista de la calidad, los temas… ¿evoluciona el cine español?

Mucho. ¡Por fin podemos hacer géneros sin complejos! Hasta hace poco, si en el cine español alguien sacaba una pistola o decía un diálogo lapidario, quedaba como el culo. Ha llegado una generación que se ha rodeado de muchos técnicos y ha logrado que nuestro cine gane en variedad y en calidad.

Usted empezó pronto con el cine. Cuentan las crónicas que a los 9 años ya estaba con el Súper-8. A una relativa madurez, ¿cuál es su idea del cine?

Mi visión después de estos años es que ni el éxito tiene una gran recompensa, ni el fracaso te sume en la máxima miseria. Es una de las lecciones más claras que he aprendido. De hecho, después de mis mayores fracasos es cuando he tenido las mejores ofertas de trabajo, y después de grandes éxitos, nada ha sido más fácil. La moral que yo tenía aprendida de mi cole de Jesuitas sobre el esfuerzo y la recompensa, en el mundo del cine no se cumple, desde luego.

Con Ocho apellidos vascos hicieron un puente como una casa. Entre ustedes y Patria seguramente hayan hecho un buen servicio social. ¿Lo nota?

Creo que todo empezó con Vaya Semanita, que era Ocho apellidos vascos, pero en la televisión vasca. Tanto en el programa como en la película hubo un punto de inconsciencia. Sentíamos que poníamos en guion y en pantalla las cosas que hablaba la gente en la calle y que era una pena que no tuvieran su proyección. En el origen de Vaya Semanita y Ocho apellidos vascos hay inconsciencia y un cierto hartazgo, porque vivíamos en una sociedad donde nada se podía tomar a broma y todo era muy dramático y muy trágico… La risa ante esas situaciones es una respuesta muy contundente y muy liberadora.

¿Alguna amenaza preocupante por meterse en esas harinas?

No. La gran ventaja es que en aquellos guiones ni Diego San José ni yo hablábamos de política o de ideologías, solo pintábamos un cuadro de costumbres. Nadie podía decir de qué pie cojeábamos y esa ha sido la cuestión.

Con Ocho apellidos catalanes no funcionó aquel puente…

No…

Igual el escenario catalán necesita otro tipo de catarsis...

Me hubiera gustado que la película fuera más política y se hubiera mojado más. Así como con Ocho apellidos vascos quizá fue la primera vez que en el cine se hacían chistes con ETA, había mucho choteo con la kale borroka, en Ocho apellidos catalanes deberíamos haber ido un paso más allá. De hecho, en el guion teníamos una aplicación del 155… Se nos quedó bastante blanda y el espectador se dio cuenta. Curiosamente, no caló en el público por ser poco atrevida.

¿De estas películas de taquillazo se rehace uno fácilmente?

La mayor sensación de éxito que he tenido fue cuando en 2007 nos nominaron al Mejor Corto en los Oscar. Aquello, en vez de ser una operación de crecimiento del ego, me provocó una inmensa sensación de farsante. Era consciente de que estábamos allí por casualidad. En aquel momento estaba escribiendo Pagafantas y me bloqueé. Los éxitos, más que llevarme a creerme que soy la pera, me han llevado por otros lares más bajos. Al final, relativizas todo y eso ayuda. La ilusión, el esfuerzo y el talento invertido en temas que funcionan bien, y en cuestiones que han funcionado mal, es el mismo.

Dani Rovira es un icono de sus producciones. ¿Qué tiene de superhéroe?

Dani tiene de superhéroe ser un tío normal. No es feo, pero tampoco es muy guapo; es un tipo que seis meses antes de hacerse súper famoso llevaba una vida completamente normal… La gran característica de actores como Dani Rovira o Julián López es que puedes encontrártelos por la calle con absoluta normalidad. Pasa también con Javier Cámara, que no es un galán, pero con cualquier personaje que hace nos identificamos muchísimo. Tenemos la suerte de que muchas estrellas de la comedia española son tíos que te podrías encontrar en un bar o en el metro, y eso es maravilloso. Dani triunfa porque es uno más.

En 2013 dirigió Democracia con el podio en Nantes. ¿Usted es de los que piensa que España va hacia atrás o eso es una frivolidad?

Yo creo que vamos hacia adelante en la mayoría de las cuestiones, y para atrás en algunos temas, como cualquier país occidental.

[suena la batidora]

¿Como democracia, también?

Es difícil encontrar en nuestra historia momentos en los que no demos tres pasos hacia adelante y dos para atrás. Ahora podemos poner el foco en denuncias de la Fiscalía e incluso juicios por chistes, algo que no me parece muy demócrata. Hay gobiernos en tramas de espionaje y de corrupción, y eso tampoco es muy demócrata. Pero no tengo la sensación de que estemos peor que hace diez años: en algún aspecto, quizá sí, pero en muchísimos, no. La ambivalencia de la sociedad española nos enseña que por un lado puede ser la más moderna y avanzada, y, por otro, la más retrógrada. Somos pura contradicción. 

Carmen Maura, en su discurso de agradecimientos por la Medalla Internacional de las Artes de la Comunidad de Madrid, ha dicho que hablar mal de España es injusto. Usted, que viene de la San Sebastián de los 80, qué opina.

Yo he crecido en un lugar en el que había atentados permanentes... No se me ocurre peor escenario posible que las bombas cotidianas y el miedo próximo a un tiro en la nuca. Debemos tener memoria, porque es fundamental, pero tampoco está de más agradecer y mostrar nuestro alivio porque eso ya es pasado. Tenemos la necesidad de tirar para adelante, sin dejar de estar atentos para que las heridas que están sin cerrar se atiendan consecuentemente, porque no se trata de darle al botón de Men in black para olvidarnos del pasado. Pero tanto en Euskadi como en toda España hubo gente que ponía bombas constantemente y eran nuestros -ahora hay amenazas internacionales más salvajes- y hemos superado esa época. No creo que España sea, precisamente, de los peores países para vivir…

Hablando de Democracia y de la inminente fiesta de las urnas:

¿Quién es el pagafantas de las elecciones que se nos vienen?

Está entre Rivera y Pedro Sánchez. Me quedaría con los dos. Rivera, porque un pagafantas no tiene certezas. Es alguien que cambia de parecer según le convenga; y Sánchez, por las mismas razones. Es una persona muy cambiante cuya mirada oscila entre la izquierda y la derecha según las circunstancias.

¿Y el Superlópez?

Superlópez sería el número 3 en unas listas al Ayuntamiento de Girona. Superlópez es un oficinista gris que está más preocupado por comerse un bocadillo de chorizo que por salvar el mundo. Es el papel de un concejal de base.Borja Cobeaga. Foto: Álvaro García Fuentes )@alvarogafu)

¿Algún actor sobreactuando en la campaña?

            En cuanto a mímica personal, Pablo Casado es el que más sobreactúa. Yo veo sus discursos, y parece que sus cejas se van a independizar del resto de rostro.

Hablando de cejas. ¿Entendió usted aquella campaña de 2008 de Zapatero y la ceja con actores y actrices en el reparto?

Mi carrera más profesional dentro del cine empezó justamente después. Visto ahora, todo aquello me parece muy marciano. Hay varias cosas que me cuentan que sucedieron que me parecen muy surrealistas: Marta Sánchez cantando en la Guerra del Golfo, que es de lo más loco que ha podido pasar; Jesús Gil y Gil, que ahora saca una serie HBO, y lo de la ceja. No me parece mal que nos signifiquemos desde el cine, o desde la cultura, por extensión. Los deportistas y algunos toreros lo hacen constantemente. Otra cosa es que yo quiera hacerlo. Nunca pediré el voto por ningún partido porque, además, quién coño me va a hacer caso.

Preside DAMA (Derechos de autor de Medios Audiovisuales) que sería… ¿la prima de la SGAE?

DAMA es la mujer divorciada de la SGAE, que se creó hace 20 años, cuando un grupo de guionistas y directores vieron que la SGAE no tenía mucho futuro, porque allí todo se hacía a golpe de autoritarismo, y los músicos y los editores musicales llevaban la batuta. Hubo muchos años de travesía en los que SGAE machacaba y no cobrábamos derechos de autor de manera independiente, y ahora estamos en una situación bastante mejor que la de SGAE. Dos décadas después, a la divorciada le va mucho mejor que al marido ultrajado.

¿La SGAE era un marido agresivo?

No me gustaría frivolizar con eso… Podemos decir que era un marido que no asumía sus deberes.

He leído que se ha puesto al día sobre Blas de Lezo. Que ha aprendido a no llegar a los Goya después de una fiesta de cumpleaños. Que lo que pasa en Twitter no es la vida real. Desde que está en prime time, ¿qué más ha aprendido para siempre?

[suena la batidora con alevosía]

Pues que hacer una entrevista con una batidora de fondo es difícil… No, lo que más he aprendido es a colocar en su sitio los fracasos. Ni el fracaso te lleva un lugar recóndito de donde no puedes levantarte, ni el éxito te soluciona la vida.

[suenan platos y vasos como si alguien estuviera golpeando una mesa en modo mili]

Un fracaso, si es tuyo, es más fácil de digerir. Si quieres equivocarte, equivócate tú.

Netflix, Movistar, HBO... Por cierto, ¿no le tantearon de HBO para hacer Patria?

No. Seguramente saben que mi parte cómica tiene mucho peso, y no era el foro.

¿Lo habría hecho bien?

Creo que no. Hay una frase que me dijo Enrique Urbizu -un referente total para mí al que escucho casi como figura paterna- después de ver Fe de etarras…Me dijo: “Ya vale, ¿no?” Efectivamente, después de Vaya Semanita, Ocho apellidos vascos, El Negociador… tenía que cambiar de tercio. Tiene razón. Tengo por ahí un guion que escribió para mí Juan Cavestany de la historia de Bartolín, aquel concejal de La Carolina que se auto secuestró, y es una peli que me gustaría hacer, pero antes tengo que hacer otras de no-conflicto que aparquen el tema de ETA… Por cierto, ¿te das cuenta de que se ha quedado antigua la palabra “conflicto”? Lo de Patria no me habría apetecido precisamente por no ahondar en la materia. Después de tantos años haciéndolo en clave de comedia, afrontarlo en forma de drama no tendría mucho sentido en mi trayectoria…

[suenan vasos apostados en la barra sin pudor y agua en cascada de fregadero]

Hablábamos de las plataformas digitales: más contenido, más libertad, más trabajo. ¿Menos compromiso social de las mujeres y los hombres del cine?

Sí. Esta avalancha es muy poco reflexiva. Ahora estrenamos Justo antes de Cristo. Pienso en cuándo se estrenó Vergüenza, y me da la sensación de que fue hace año y medio, y la segunda temporada es de hace solo tres meses… Esta velocidad no ayuda al compromiso, y si hay algo de compromiso, siempre hay algo mercantilista detrás. Lo estamos viendo con el feminismo y con otras luchas sociales. Parece que se piensa más en cómo monetizar esas causas que en cómo luchar por ellas. Hemos visto campañas de telefonía respaldando el 8M poniendo a pie de página sus últimas ofertas, y eso me parece durillo. Faltan convicciones. Sobran ganas de vender.

¿Mejor las campañas de series en Movistar (Justo antes de Cristo) que en Netflix (Fe de etarras)? Más pacíficas, por lo menos...

En el Festival de San Sebastián se presentaron muchísimas cosas, más profundamente, y con más presupuesto. Aquella [lona negra, texto blanco con “Yo soooy españooool, españoool, españoooool” tachado en rojo, pero legible] era de las primeras campañas de Netflix, con un tono similar al “Oh, blanca Navidad” que anunciaba Narcos. Su seña de identidad era ser tremendamente llamativa. En mi caso tuvo una vertiente positiva, porque todo el mundo sabía que existía la serie, pero el tono de nuestra película no tenía nada que ver con el de la campaña… No tuve nada que ver con el cartel -no me disgustaba, me pareció chulo-, pero la polémica posterior envolvió a la película, aunque cesó cuando se estrenó, porque al verla todo el mundo percibió que no tenía nada de particular.

Dice usted:

“Mi carrera tiene pocos puntos medios: está plagada de cosas que han ido bien y cosas que han ido fatal”. ¿Es puñetero el público?

Más que puñetero, es más listo de lo que consideramos. El público está por delante de la sociedad. El público demuestra más madurez de lo que nos imaginamos. Ahora mismo las comedias que se hacen en el cine o son remakes de películas italianas, o derivados de Ocho apellidos vascos que giran en torno al tema “tópicos”, y están empezando a fracasar. El público dice: ya nos han vendido esta fórmula, y os la hemos comprado. Ahora dadme novedades. El que dé algo nuevo, triunfará.

“El humor siempre es mejor cuando es sátira”. ¿Cuál es su técnica para reírse de sí mismo?

Ser muy cruel y suelo atacarme donde más me duele. Muchas veces oímos que el humor debe de partir del respeto, que hay que ser cuidadoso, pero a mí eso me parece contradictorio con el humor. El humor tiene una parte hiriente necesaria. El humor requiere humildad y mala baba.

En casi todas sus películas parece que cuando uno se ríe de sí mismo es más feliz.

No sé si más feliz, pero seguro que reírse de uno mismo tiene mucho de terapéutico. Pagafantas fue para mí como un exorcismo. En la película con la que ando estoy escribiendo un personaje protagonista femenino, cosa que nunca había hecho. Me está sirviendo para darme cuenta de que los hombres y las mujeres no somos tan diferentes, y para poner en su boca cosas que me pasan a mí, para relativizarlas. Al poner sobre el papel algo que quizá vivo en modo dramático, todo es distinto.

Qué película o corto suyo le dedicaría a estas tres personas que forman parte de su biografía profesional:

Diego San José

No controles. Es una película que no aprecio en su justa medida, porque lo pasé bastante mal en el rodaje, y se la dedicaría porque ahí escribió, probablemente, el mejor personaje que hemos escrito nunca: Juancarlitros, al que interpreta Julián López.

Nacho Vigalondo

Éramos pocos. Es el corto que estuvo nominado al Oscar y el título se lo debo a él. Además, tiene mucho en común con lo que hace Nacho.

Mariví Bilbao

La primera vez. Fue el corto donde nos conocimos. Me da pena no haber podido convertir aquél corto en un largo para darle un papel más protagonista a Mariví.

Trabaja ahora en Intríngulis. Misterios woodylianos en Malasaña. ¿Suspense en plan Ibáñez Serrador?

No. Pienso más en las comedias de Trueba o Ladoire. Se trata más de gente normal metida en investigaciones, eso que nos imaginábamos cuando leíamos de pequeños las historias de Los cinco.

¿Woody Allen podría haber grabado Justo antes de Cristo perfectamente?

Ojalá tuviéramos ese nivel. Pero su sentido del humor verborreico y desmitificador sí está.

¿Convivir con la comedia le ayuda a ser más feliz?

Ayuda a sobrellevar mejor la vida, aunque no creo que cambie nada. No respondo al modelo de muchos cómicos que he conocido que están muy jodidas por dentro.

¿Ser padre le ayuda a vivir con más comedia?

Sí. Sobre todo, me enseña a vivir con bastante más paciencia. A la vez me ha brindado situaciones cómicas muy especiales, perfectamente retratadas en Mira lo que has hecho, de Beto Romero. Se habla mucho de los extremos de la paternidad, siempre entre lo más maravilloso, y lo más trágico. Y se habla poco de la rutina y del aburrimiento que la paternidad ordinaria. Tengo un amigo que a sus fines de semana les llama el Tourmalet

¿Cuál sería su mayor bajada de pantalones en esto del cine?

Dirigir una comedia que no me hiciera gracia.

¿Le dan las gracias por la calle por hacernos reír?

Una vez cada tres meses. Tampoco soy una figura especialmente conocida.

¿Cuál es su equipo A?

Diego San José, sin duda; Nahikari Ipiña, mi socia desde que fuimos compañeros de clase, y de las más importantes del equipo; un gran amigo mío es Alberto González, que es el que hace los vídeos de El Intermedio, con quien me iría al fin del mundo; Aránzazu Calleja, que es la músico de todo lo que he hecho desde mis tiempos de la Universidad. Este es mi núcleo duro. Y mi mujer, mi hijo, y mi gata, claro.

Y si los planes no salen bien y estalla la burbuja de las series ¿tiene usted un plan B?

Sí. La burbuja de las series tardará tiempo en estallar, pero siempre nos quedará o el cine, o escribir. Santiago Lorenzo, director de cine que se transformó en novelista, dice que una novela es como dirigir una película en tu casa. No me parece mal ese plan.

Contiene la C: a estas alturas de su vida profesional, está usted...

¿En caída? Fíjese: como hago comedia de gente que lo pasa fatal, siempre pienso en lo negativo… No, en realidad, estoy contento. Si cuando era un chaval me llegan a decir lo que iba a hacer hasta hoy, vería algún bodrio, pero estaría satisfecho. Soy muy consciente de que el exitazo de Ocho apellidos vascos será el motivo por el que se nos recuerde, pero siempre aspiro a que lo siguiente sea mejor.

¿Qué día D espera?

El día en que haga una película y llegue a la conclusión que ya no puedo mejorarlo.

El Plan E se lo dejamos a los políticos. Muchas gracias.

REBOBINANDO

Borja Cobeaga se sale del guión sin caer en la tentación facilona de ser un elefante desbocado en las maniobras de un ejército romano. La risa como terapia social, a veces hiriente, pero para reventar el pus, no para hacer más daño. Sus uvas no son de la ira, sino de la catarsis.

En comedia sin destapes, el director y guionista donostiarra pisa tierra, surca mares de conexión, y roza cielos de taquillazos sin fronteras. Pero sigue siendo igual que esos actores que le ponen cara a sus diálogos: uno más entre los 46 millones y medio de españoles, sobre todo los de la clase media que miran el móvil de vez en cuando, como un tic, por si le llaman de la guardería porque el nene se les ha puesto malo con décimas de virus.

Se le nota en la cara y en la procesión que va por dentro: se ríe de sus sombras alargadas por el éxito, y de sus proyectos que se fueron por el desagüe. Se relativiza él y convierte en cine reconocible de la puerta de al lado las historias de pagafantas y superlópeces que pueblan su imaginario cinematográfico desde que tiene nueve años.

El cine español tiene cada vez más referentes apeados de la alfombra esperando el metro bajo tierra, como el común de los mortales. Puede ser un cine comprometido, reflexivo y diferente sin emular nada más que un instinto distinto. ¿Básico? ¡Real! Los hombres y las mujeres de andar por España encuentran en sus textos y en sus pantallas el eco contemporáneo, aunque nos hable de Tracia, Roma, Marco Antonio, las Galias, Ática, Domicia y el eunuco Corbulón.

La suerte de ser normal en un paraíso de ficción. El reto de ser audaz en un océano de posibilidades caras. Los actores se disfrazan. Los guionistas se exprimen. Los directores obran el milagro. Ave Cobeaga, los que disfrutan de tus risas -nuestras risas- te saludan.Borja Cobeaga. Foto: Álvaro García Fuentes )@alvarogafu)

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