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“La RAE es una institución muy respetable a la que le vendría bien rejuvenecerse y feminizarse un poco”

María Dueñas dio los primeros pespuntes en la escritura pública con El tiempo entre costuras hace diez años. Desde entonces lleva cuatro novelas, una serie de televisión hecha y otra de camino, y más de 6 millones de libros vendidos en 35 idiomas

María Dueñas celebra el décimo aniversario de “El tiempo entre costuras” en las calles de Tetuán. Fotos de Carlos Ruiz.
photo_cameraMaría Dueñas celebra el décimo aniversario de “El tiempo entre costuras” en las calles de Tetuán. Fotos de Carlos Ruiz.

En el verano de 2009 María Dueñas hizo su primer traje literario, y desde entonces lleva una década cosiendo novelas que traspasan generaciones, públicos y fronteras con la naturalidad de los vestidos a medida del alma humana. El tiempo entre costuras cumple diez años y la fiesta trasciende Tetuán, porque los acordes de esta ópera prima no han sido, precisamente, una moda pasajera. En su estantería están Misión Olvido (2012), La templanza (2015) y Las hijas del capitán (2018), trillizas de Planeta, cada tres años en sus librerías. Su aguja es el trabajo gourmet. Su hilo, el estilo propio con un punto de glamur. Une retazos con tramas robustas y personajes creíbles. Tiene un dedal en cada dedo para prevenir la autocomplacencia y su pedal es evitar que el pie entre en éxtasis de aplausos y levite sobre la tierra. Quiere escribir una novela “con mucho humor”. En mitad de una vida llena de lecturas y ojos abiertos, la que fuera profesora universitaria aparcó el birrete, se montó en la pluma, y ha vendido ya más de 6 millones de libros en 35 idiomas con la asombrosa discreción de un ribete bordado a mano en un traje de faena.

“Una máquina de escribir reventó mi destino”. Así arranca el primer capítulo de El tiempo de costuras: con una profecía sobre su autora. Cambiemos “máquina de escribir” por “un archivo larguito de Word”. Cambiemos “reventó” por “reinventó”. Y el destino es el mismo: el Olimpo de los best seller y los escritores españoles que se estrenan con puerta grande en el ruedo que diez años después sigue toreando con garbo María Dueñas.

Su primer párrafo en imprenta continúa diciendo: “Cuesta creer que un simple objeto mecánico pudiera tener el potencial suficiente como para quebrar el rumbo de una vida”. Una década después hemos contrastado que el protagonista de este giro en el guion profesional de Dueñas no era “un simple objeto mecánico”, sino un potente sujeto que teclea lo que ha vivido, lo que ha pensado, lo que ha estudiado, lo que han protagonizado vidas cercanas o lejanas, lo que ha entrado en sus oídos y en su imaginación, hasta ordenarse como una historia-mecano que ha cautivado a lectores y telespectadores de 35 lenguas distintas con su introducción, su nudo, sus vueltas y su desenlace.

Desde aquella máquina de escribir tras el escaparate, María Dueñas se ha hecho un hueco fijo en las baldas de los libros más vendidos. Con una cadencia trinitaria, la escritora puertollanense ha ido dando a luz Misión Olvido, La templanza -a punto de rodar en la escaleta de Amazon Prime Video tras la producción de Atresmedia Studios- y Las hijas del capitán.

Dueñas nos ha ido llevando libremente por las calles de Tetuán, California, La Habana o Nueva York. Nos ha presentado a mujeres fuertes, como Sira Quiroga, Blanca Perea, Soledad Montalvo o Nona Arenas. Entre medias, líneas con mucho coraje, mucho tesón, mucha audacia, muchas maletas, mucho cambio de tercio, muchos personajes de frente y algunos de perfil.

Dueñas ha hecho disfrutar a mucha gente. Dos lustros y un mes después de lanzarse al vacío, celebramos con esta conversación que había agua en la piscina, que había cama elástica bajo el balcón, que había muchos lectores esperando su nacimiento.

Huele a tajine, a keftas y a cuscús. Huele a mechui de fiesta. O igual lo que huele es la Medina en hora punta, o unas trazas de inciensos, o el verano antes de fermentar. En una imaginaria esquina del extinto Embassy llegan ráfagas de Tetuán.

10 años de El tiempo entre costuras. ¿Una década prodigiosa?

Una década intensa, agitada, fructífera… y prodigiosa, sí.

Esto va muy rápido… En diez años, cuatro novelas, una serie inspirada en El tiempo entre costuras, y una basada en La Templanza a punto de caramelo. No está mal para haber llegado hace una década de nuevas al mundo editorial.

Mirándolo en retrospectiva, tiene razón: no está mal. Han sido diez años de mucho trabajo, de muchas ilusiones propias y colectivas, con muchas decisiones que a veces he tenido que tomar sobre la marcha, dejándome guiar tan solo por la intuición. Y ha sido también una década de cambios, pérdidas y ajustes en mi vida personal. Sumándolo todo, ha habido momentos sublimes, dramáticos, espléndidos, atribulados, divertidos, pesarosos, vibrantes, agotadores... En definitiva, creo que han sido diez años irrepetibles.

¿Un best seller es un trampolín o una soga?

Para mí un trampolín, sin duda. La buena acogida de mi primera novela me ha permitido abordar otros proyectos futuros con dedicación plena, me ha ayudado a trazar una carrera literaria sostenida, me ha abierto puertas a mil cosas. Que El tiempo entre costuras se convirtiera -ojo, digo se convirtiera, se transformara, se tornara, porque nació sin ambición de serlo- en un best seller, jamás será una soga ni un lastre, sino un motivo de enorme satisfacción.

¿Vender más de seis millones de libros da vértigo o seguridad?

Seguridad. Esa aceptación tan positiva por parte de los lectores es un estimulante para seguir trabajando con idénticas ganas. Es un revitalizante, un potenciador de la energía, un acicate que no da vértigo jamás.

Acabamos de ver a las mujeres de los líderes del G20 dando de comer a los peces mientras sus maridos definen el futuro. Me he acordado de sus hermanas Arenas en Las hijas del capitán. Hemos avanzado en empoderamiento femenino, pero…

A mí también se me atragantó la imagen, más propia de nuestro papel de hace un siglo que del de las mujeres de hoy. Me dio lástima y cierta vergüenza ajena, incluso un punto de rabia. Hemos avanzado muchísimo, sí, pero aún queda camino por recorrer, multitud de cosas por cambiar y corregir. Pero soy optimista, creo que estamos en un buen momento, en un punto que ya no tiene retorno, solo la seguridad de que vamos hacia un futuro mejor.

¿Qué libro le ha hecho disfrutar más en su vida?

Como lectora, muchísimos. Como escritora, todos, cada uno a su manera y en su momento. Cada proyecto mío implica casi tres años de trabajo, aprendizaje, viajes, gente nueva, amigos nuevos, ilusiones propias y compartidas… Y dentro de ese proceso hay unas enormes dosis de disfrute incorporado.

¿Escribir -con fuste, se entiende- para hacer disfrutar es un buen fin o hay motivaciones que prevalecen?

Es un fin legítimo, por supuesto. En mi caso, sin embargo, no es lo único que persigo. Me interesa que los lectores no se aburran, evidentemente, pero también me esfuerzo por armar tramas sólidas, persigo el rigor documental, intento construir personajes creíbles y solventes, cuido mucho mi estilo…

¿Qué ha depurado en su escritura en esta primera década?

No demasiado, sigo escribiendo prácticamente igual. Creo que tan solo he filtrado el uso de algunos adjetivos, adverbios y anglicismos porque, antes de adentrarme en la ficción, en mi vida académica, escribía sobre todo en inglés. Por lo demás, mi técnica sigue siendo prácticamente la misma, mi manera de conceptualizar mis obras es la misma, mi metodología de trabajo es idéntica, y mi actitud ante la escritura también.

De todas las novedades que aparecen en las librerías, ¿con qué porcentaje se queda para la biblioteca de su casa?

Reconozco que compro más libros de los que alcanzo a leer, pero no me resisto. Algunos volúmenes se quedan conmigo, otros los regalo, o los presto, o los acabo perdiendo…

Hábleme de su biblioteca…

Es un poco alborotada, heterogénea, mestiza; creo que la definiría como una biblioteca de aluvión: originalmente había una base de literatura española, hispanoamericana, inglesa, norteamericana y clásica grecolatina, porque mi marido es profesor de latín. Y había también numerosos libros académicos del ámbito de la lingüística aplicada, por mi anterior profesión. A lo largo de los años, se les han ido sumando progresivamente montones de títulos más: ficción y no ficción, novedades o rescates, en español y en inglés, a veces ocupando el sitio correcto y a veces no. Quizá puedas encontrar a Leonardo Padura al lado de Julian Barnes, y a Jonathan Franzen junto a Elena Poniatowska; lo importante es que yo sé por dónde anda cada cuál, y a quién tengo junto con quién. En general soy poco fetichista, tengo muy pocas ediciones valiosas, muy pocas obras dedicadas. A menudo siento más afecto por un viejo libro de bolsillo manoseado y descolorido que compré en tal sitio o momento o leí en tales circunstancias, que por la magnífica edición de un texto que nunca me llegó a rozar el alma.

¿Dónde escribe mejor?

Normalmente, en mi estudio. No suelo hacerlo en viajes o cuando paso temporadas fuera, ese tiempo lo dedico a otras actividades periféricas pero imprescindibles: documentación, relectura, corrección… Y lo dedico también a pensar, que es algo muy importante para mí durante el proceso de escritura. Pero soy una persona bastante adaptativa, y llegado el momento, creo que podría escribir casi en cualquier sitio.María Dueñas. Foto: Carlos Ruiz

¿Dónde se encuentran las mejores historias para inspirar una novela?

En montones de coyunturas inesperadas puede surgir un chispazo: un recuerdo, una fotografía, algo que alguien te cuenta, un viaje, una frase cogida al vuelo… A partir de ahí, en mi caso, todo es trabajo, reflexión, documentación, valoración y descarte de opciones, bosquejo de personajes, decisiones en cuanto al tono narrativo, trazado del esqueleto de la novela… Cuando tengo todo eso claro, arranco a escribir.

¿A qué tipo de personas le encanta retratar en sus libros?

A gente a la que la vida saca de su zona de confort, que es una expresión un poco manida últimamente, pero que en mi caso tiene todo el sentido. No me gustan demasiado para mis novelas los superhéroes o superheroínas, los líderes naturales destinados a serlo o aquellos que se han formado para ser aguerridos y audaces. Me interesan esas personas más o menos comunes a las que la vida, por una razón u otra, pone, de forma imprevista, en el disparadero. A partir de ahí tienen que sacar las uñas, pelear por seguir hacia delante con caídas y levantadas, creciendo, nutriéndose de experiencias, cambiando de talante y circunstancias, pero sin perder nunca su esencia.

¿Qué enseñanza moral pretende asentar en la conciencia de los lectores casi sin darse cuenta?

No pretendo adoctrinar a nadie, ni impartir dogmas o lecciones de vida, pero sí me dicen a menudo los lectores que mis personajes les resultan inspiradores por su entereza ante las adversidades, su capacidad de lucha, su integridad, su esfuerzo. Y eso me reconforta, naturalmente.

¿Quién compra el éxito del trabajo bien hecho continuado en estos tiempos a contrarreloj?

Mayoritariamente las mujeres, en un arco muy amplio de edad y condición socio-económica-cultural. Las mismas mujeres que llenan las presentaciones de libros en general, las exposiciones, las conferencias, las obras de teatro y la mayor parte de las actividades culturales, en España y en casi todo el mundo.

Una de sus prioridades es escribir novelas dignas. ¿Qué implica ese complemento del nombre tan rotundo?

Para mí implica simplemente dar con honestidad lo mejor de mí. No me demoro casi tres años en publicar una novela porque escriba lento o porque invierta mi tiempo en otros quehaceres. Afronto mis historias con tesón, dedicación, seriedad, y no entrego el texto a mis editoras hasta que no he vuelto sobre él cincuenta veces, cuando estoy convencida de que eso es lo mejor que, en ese momento, soy capaz de producir. Eso es lo que creo que hace dignas a mis novelas, lo cual es una adjetivación del todo particular y, por tanto, perfectamente refutable.

¿Qué atributos debe tener una persona que escribe para no convertirse en un complemento circunstancial de poco tiempo?

Supongo que una visión lúcida y crítica en lo que respecta a qué quiere hacer con su escritura. A quién pretende llegar, con qué capacidades cuenta, cuáles son sus ambiciones, qué está dispuesto a invertir, qué riesgos puede asumir… Intuyo también, no obstante, que hay cuestiones ajenas a la propia voluntad de los que escribimos que a menudo intervienen con gran peso en nuestros devenires: asuntos de la vida personal, decisiones editoriales, fogonazos de fortuna o incluso bromas pesadas del destino.

¿Qué verbos tienen más relevancia en su mundo profesional?

Hay un verbo que oigo muy a menudo en el sector editorial, y que tiene múltiples aplicaciones: funcionar. Un tema concreto, un estilo narrativo, un escenario o momento histórico, un título, una apuesta literaria, una portada, una campaña de lanzamiento, incluso un tipo particular de autor o autora, pueden funcionar o no. De qué depende que lo logren es un enigma sin resolver.María Dueñas. Foto: Carlos Ruiz

¿Echa de menos la Universidad?

Soy poco dada a las añoranzas, pero reconozco que la universidad fue una escuela magnífica que me capacitó –sin entonces preverlo— para adentrarme después con cierta agilidad en el mundo literario y editorial. La vida académica proporciona un bagaje estupendo para esta profesión: te obliga a desarrollar la disciplina, la responsabilidad y el rigor, estimula la percepción crítica sobre tu propio trabajo y del de los que te rodean, te capacita para planificar a corto, medio y largo plazo, desarrolla el trato humano y las habilidades comunicativas, te hace generar unas dosis razonables de ambición… Quizá ninguna de estas cosas es por sí misma imprescindible, pero todas juntas cargan una buena mochila que a mí me ha resultado enormemente útil.

Después de la universalización del acceso a la Universidad, ¿pensó alguna vez que nuestra sociedad sería mejor con más licenciadas y licenciados?

Indudablemente, cualquier sociedad es más próspera y avanzada cuando sus ciudadanos están bien formados, pero a veces me surge la duda de si en España lo estamos haciendo de la mejor manera posible. A menudo, por ejemplo, me encuentro a antiguos alumnos desarrollando actividades profesionales muy por debajo de su capacitación educativa. Con la democracia y el desarrollo económico, llegó un momento en el que en este país nos propusimos recuperar el tiempo perdido: todos aspiramos a prosperar y expandirnos, a superar atrasos y carencias; las familias se esforzaron para dar a sus hijos lo que ellos no tuvieron, la sociedad entera aspiró a mucho más. Se trató, por supuesto, de un convencimiento perfectamente legítimo, admirable, prometedor. Pero creo que a veces se nos ha ido la mano un tanto, y se han tomado decisiones oficiales y personales que no coinciden con lo que la realidad demanda: se ha generado quizá una excesiva oferta universitaria y se han descuidado otras esferas importantes como una formación profesional de alta calidad. Y a las pruebas me remito: nos encontramos con oposiciones públicas en las que decenas de miles de licenciados y graduados pelean por un puñado de plazas, y en cambio puedes pasarte semanas hasta que un buen electricista o un buen fontanero te pueda atender.

¿Alguna vez ha pensado que la Universidad se ha convertido en un trámite con tintes de fraude en la verdadera formación académica de los estudiantes?

Creo firmemente que en la universidad hay montones de grandes profesionales, valiosos, entregados, honrados y capaces, como también creo que la mayoría de los estudiantes acude a ellas con un verdadero interés por formarse y aprender. Pero, como en cualquier colectivo, de tanto en tanto surgen algunos elementos distorsionantes que dinamitan esas pautas y salpican injustamente a una institución entera y a un colectivo admirable por lo general.

¿Le aburren las preguntas habituales de los medios de comunicación? Después de estos años entre el micro y la pared, ¿cómo analiza la realidad de la prensa española?

Aunque a menudo se repitan esas preguntas, no me suelen incomodar. Y si lo hacen, me aguanto. En cualquier caso, agradezco muchísimo el interés de los medios y me esfuerzo por mostrarme atenta, implicada y convincente ante todos sus profesionales; al fin y al cabo son un canal muy potente para llegar a los lectores. En general he de reconocer que me interesan mucho los medios de comunicación. Soy lectora asidua de prensa en papel y digital, escucho mucha radio, veo algo de tele, hay periodistas que me dan una enorme credibilidad, columnistas de los que no me despego…

Por ejemplo. Cuando un periodista le pregunta: “¿Qué siente cuando bla, bla, bla…?”, ¿qué siente?

Según el momento, y sobre todo según a quién tenga al otro lado de la entrevista. Independientemente de mis sentimientos y sensaciones, no obstante, me esfuerzo por resultar sincera, articulada y convincente, aunque reconozco que a veces pongo el piloto automático y salgo del paso con algo menos original, confío en que no se me note demasiado.

¿Qué es para usted la Real Academia de la Lengua?

Una institución enormemente respetable, a la que quizá le vendría bien rejuvenecerse y feminizarse un poco.

Cuando una escritora ve sus obras traducidas a 35 idiomas, ¿entiende que ha llegado al alma del ser humano trascendiendo a los lectores de una determinada nación?

Sin querer pecar de presuntuosa, creo que sí. Pero ese mérito no es mío, sino de todos los que tenemos la inmensa suerte de poder ser traducidos a otras lenguas y leídos en otros países. La literatura es un cauce insuperable para apreciar y entender universos ajenos, y que los lectores de otros entornos puedan acercarse al nuestro gracias a mis novelas, supone una gran alegría. Mis personajes suelen ser además bastante universales en su esencia porque, independientemente de su origen, representan las condiciones más elementales de la condición humana. 

¿Dónde se inspiran sus análisis del comportamiento humano que después retrata en sus personajes?

Llevo 54 años transitando por la vida, en diversos ámbitos, en distintas ciudades y países. Vengo de una familia grande y extendida, a lo largo del tiempo he acumulado amigos, colegas y conocidos. Estoy en el mundo con los ojos abiertos, me mantengo al tanto de la actualidad, leo, recuerdo, pienso, observo... Así las cosas, no me resulta complicado en exceso adentrarme en personalidades ajenas.

Ajena a las redes sociales. Acostumbrada a testar al lector en las ferias del libro. ¿Le sorprenden? ¿Le defraudan? ¿Qué aprende de ellos en el cara a cara?

Vivo casi ajena a las redes sociales, y las que mantengo son mayoritariamente dedicadas a contenidos promocionales de mis libros y encuentros que a menudo no genero yo misma, aunque sí los superviso. Pero no critico las redes ni las menosprecio en absoluto; entiendo y valoro su razón de ser. En este momento de mi vida, sin embargo, haber entrado de una manera personal y activa en estas comunidades me habría supuesto una sobrecarga que, de momento, no tengo interés en asumir. Sin las redes me sigo enterando e informando de lo que me interesa, me apetece o me conviene, y no me comprometo con servidumbres o exposiciones públicas innecesarias. No siento la menor necesidad de opinar de nada urbi et orbe, ni me genera curiosidad qué piensa y dice en todo momento cada cuál. Así que veo a mis lectores en las ferias, firmas, charlas y presentaciones, les dedico el tiempo y la atención que me permite el entorno y el momento, y después cada cual sigue su camino, confiando en reencontrarnos en el próximo libro, sin ninguna necesidad de mantener un canal interactivo permanentemente abierto a lo largo del tiempo que transcurre entre una y otra novela. Y no, nunca me defraudan, todo lo contrario. Son sinceros, atentos, afectuosos, a menudo incluso conmovedores.

A usted la crítica y la venta le posicionó en la locomotora literaria desde su primer libro. No es lo habitual. ¿Cuánta escritora o escritor valioso ha visto tirar la toalla?

No sé si son ellos los que han tirado la toalla, o las toallas las que han decidido dejarles de envolver, pero sí, en estos diez años he conocido a número de escritores que han desaparecido, súbita o progresivamente, del panorama editorial. ¿Las razones? Diversas, algunas simples y otras complejas, algunas voluntarias y otra forzosas, algunas reconocidas, otras ignotas.

¿Las editoriales son fuelle, muelle, o patíbulo de angustias?

Supongo que depende de cada autor, de cada editorial, y de la relación que se establece entre nosotros. En mi caso, desde luego, siempre es fuelle: mis editoras me respetan y me alientan, los equipos de comunicación y marketing pelean por mis novelas, la red comercial me apoya con entusiasmo. Entiendo también que yo me encuentro en una situación que quizá no sea tan común, y a menudo escucho experiencias mucho más adversas en bocas de otros colegas de oficio. El sector editorial es una industria al fin y al cabo, que persigue objetivos y beneficios, no es una ONG. Y los escritores somos también cada uno hijo o hija de su padre y de su madre, con capacidades muy variables de adaptación, transigencia o vulnerabilidad.

¿Sobre qué temas le apasionaría escribir y está aun a la espera de encontrar la historia redonda?

Más allá de temas e historias, tengo unas ganas enormes de escribir una novela con mucho humor. Y estoy convencida de que, antes o después, llegará,

¿Qué escritoras y escritores le han traído hasta lo que relata su pluma?

Muchos, muchos, muchos. Clásicos, contemporáneos, cercanos, lejanos, complejos, asequibles, amenos, tortuosos… Toda una vida llena de lecturas es un pozo sin fin de aprendizaje.

¿Qué personas le han hecho más llevadero su camino literario?

En lo profesional, mis editoras y las responsables de comunicación de mi editorial, mi agente literaria y su equipo. En el plano más personal, mi familia y mis amigos más íntimos, sin entrometerse nunca y a la vez poniéndome las cosas en su sitio, por si acaso se me ocurriera despegar los pies del suelo y perder la perspectiva.

¿Quién le ha influido más en su manera de ver el mundo?

Ahora que ya los he perdido a ambos, estoy convencida de que fueron mis padres: dos personas muy distintas que se complementaron de una manera asombrosa y formaron una gran familia a la que inculcaron unos principios, valores, normas y criterios enormemente sólidos y a la vez trasversales, que me han resultado herramientas magníficas para posicionarme ante la vida.

¿Patria no hay más que una?

Patria, en mayúscula y cursiva, solo está la de Aramburu, que es un inmenso novelón. Pero si la ponemos en minúscula y letra redonda, puede haber muchas nociones de patria, variadas, expansibles, reinterpretables. Por eso me apena tanto la cerrazón que a menudo percibimos cuando oímos hablar de ellas.

¿Escribe en verano?

Depende de por dónde vaya la escritura y de por dónde vaya el verano. Pero éste va ser de los que sí.

¿Cuál es el peor invierno de un escritor?

A mí me gusta el invierno para escribir. Las primaveras y los otoños son más agitados, suelo tener numerosos compromisos. Durante el invierno me sumerjo en la escritura con menos interrupciones.

¿Y existen los otoños en los que se caen las páginas y parece que se despapela una novela?

De tanto en tanto asoman esos otoños metafóricos, pero son etapas breves, de las que salgo pronto. Soy poco dada a las zozobras y a regodearme en lo oscuro de la vida, miro adelante con facilidad.

 ¿Qué o quién enciende sus primaveras?

En los últimos años, le prenden fuego los numerosos actos públicos vinculados al lanzamiento de mis novelas. Las dos últimas –La Templanza y Las hijas del Capitán— se publicaron en las primaveras de 2015 y 2018. Cada abril tenemos además Sant Jordi y otros eventos vinculados al día del libro. En mayo llega la Feria de Madrid, a la que suelo acudir todos los años, y algunas de las grandes ferias de Latinoamérica, como las de Buenos Aires y Bogotá, en las que participo a menudo también. Así que mis primaveras están bastante encendidas.

Tras una década de flores y frutos, ¿el miedo al fracaso le vigila de cerca o lo mandó ya a Misión Olvido?

¿Miedo al fracaso? ¿Eso qué es? Vender un menor número de libros, o conseguir menos traducciones, o permanecer menos semanas en las listas de los suplementos culturales no supone para mí un fracaso si he escrito lo que de verdad he querido, me he volcado plenamente en mi proyecto, y he dado todo lo que puedo dar de mi. Sí me preocupa, sin embargo, la posibilidad de verme en un futuro publicando cosas carentes de calidad porque he caído en la autocomplacencia y la apatía, o porque piense un tanto arrogantemente que puedo seguir cautivando a los lectores sin exigirme demasiado, con cualquier cosa que les ofrezca. Eso sí que me daría miedo, por mucha aceptación comercial que mi obra pudiera seguir teniendo.

Muchas gracias por sus libros. Que el ritmo -maduro- no pare.

En ello seguimos… Mil gracias.

María Dueñas. Foto: Carlos Ruiz

REBOBINANDO

Las bolsas biodegradables tardan tres años en descomponerse. Un paciente con párkinson puede tardar tres años en recibir su diagnóstico. La economía española tarda tres años en superar shocks como el Brexit o el 1-O. Los juzgados de lo Social tardan hasta tres años en solucionar un despido. Decía Frédéric Beigbeder que “el amor dura tres años”, los tres años que María Dueñas tarda en revolucionar las librerías con novelas que duran más que algunos amores de polipiel.

Como se lee, poca improvisación detrás de cada éxito editorial. Idea, búsqueda, investigación, documentación, simbiosis, conexiones, personajes armados, historias creíbles… María es dueña de guiones tan cuadrados que las productoras solo tienen que hacer el casting para que sus páginas cobren vida en las pantallas.

Enamorada de su literatura al baño María. Agradecida por el eco. Sorprendida, quizás, por la ola que no cesa. Más picapedrera de textos que habitual en las portadas. Más escribidora que mediática. Una frase detrás de la otra, unas referencias sin paracaídas detrás de la otra, una página, un capítulo, cuatro novelas, y en las alforjas de proyectos, una intensa de humor.

Se conoce. Se mide. Dueña de su imagen, de su carrera, de sus historias. Ordenada. Todo bajo control. “No soy prusiana, pero sí constante”. Pico y pala, diluvie o sobrevenga una ola de calor. Algo de sus personajes late en la que firma. Y algo también de sus novelas estructuradas como si la filóloga inglesa que fue hubiera academizado las pautas para disciplinar a las musas.

Nada nuevo bajo el sol: el trabajo constante, honesto y veraz, construye carreras sólidas, en literatura, en medicina y en punto-de-cruz. Es que no es El tiempo entre costuras. Es toda esta primera década que parecen cuatro libros y son cientos de páginas bien bordadas a mano en sus entretelas. 

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