La España Profunda

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Pesimistas, Sociedad Ilimitada

Me llama la atención el alto número de personas con las que me cruzo últimamente y manifiestan una visión bastante pesimista sobre la actualidad, sobre lo que está pasando. Es recurrente, insisto. Algo generalizado. De ahí que lleve días dándole vueltas a la cuestión.

Cuando pregunto por los motivos de ese desasosiego, hay también grandes coincidencias: el nuevo presidente de Cataluña, Quim Torra, nos retrotrae a lo peor de la crisis catalana (un asunto doloroso y agotador); la corrupción política se extiende en nuestro país de norte a sur, de este a oeste, y parece instalada ya en las tripas del sistema; ahí está Donald Trump desplegando sus encantos como elefante en una cacharrería (para perpetuarse en el poder es capaz de poner el mundo patas arriba); no hay día sin un asesinato por violencia de género; hay guerras por doquier; dictadores haciendo sufrir a países como Venezuela; las pateras siguen dejando muertos en el mar… Y así, todo.

En estas conversaciones hay bastantes dosis de derrotismo, de inquietud, de angustia. Una visión pesimista sobre el presente. Y una sensación de saturación: ya no puedo soportar más tragedias, saco bandera blanca, me retiro. El peso de esta mochila es excesivo.

Mi tesis es la siguiente: nos puede la inmediatez, nos falta analizar las cosas con cierta distancia. Eso y otro dato relevante: curiosamente nos influyen mucho menos las cosas que van bien que las cosas que van mal. Hay circunstancias estupendas a nuestro alrededor pero hemos perdido capacidad para disfrutarlas, para que dejen poso en nuestra existencia.

Dejando esto último a un lado, quiero insistir en la idea de la distancia. Si nos alejamos un poco de ese siniestro muro de lamentaciones descrito más arriba –que, por cierto, es real como la vida misma, no lo niego- podremos reconducir esas sensaciones y encontrar abundante motivos para el optimismo. Les pongo un ejemplo: las guerras.

Nos martiriza ver a niños sirios asesinados, kurdos ensangrentados, nigerianas secuestradas por Boko Haram, palestinos y judíos enfrentados a muerte, masacres, guerras civiles que parecen olvidadas… Pero lo cierto es que cada vez hay menos conflictos bélicos en el mundo y cada vez muere menos gente en esos enfrentamientos.

No me lo invento. Lo dicen los datos fríos, desapasionados: hemos mejorado hasta poder decir que en ninguna época de la historia de la humanidad ha habido menos combates violentos y menos muertes en batallas.

Pero diré más. Estamos mejorando mucho también como sociedad. Somos más solidarios que antes, más sensibles al sufrimiento ajeno, primer paso para convertirnos en hombres más cabales. Estamos en mínimos históricos también en pobreza extrema, en mortalidad infantil, en analfabetismo y desigualdad.

Los jóvenes de hoy tienen mejores condiciones que nunca para crecer, en escolarización básica (también las niñas) o en vacunación, por ejemplo. Quedan dictadores, es un hecho, pero nunca como hasta ahora la democracia había estado tan extendida como instrumento de gobierno donde todos los ciudadanos tienen voz y voto.

Esto no pretende ser un artículo buenista, ni una soflama ingenua y propia de quien vive en los mundos de yupi. Nos falta mucho por mejorar y estamos muy lejos de haber logrado conquistas básicas e imprescindibles para los que aspiramos a una sociedad próspera, inspiradora y fecunda.

Sólo quiero proponer una reflexión sobre lo que nos está pasando, sobre esa ola de pesimismo que nos impide percibir algo objetivo: hay sobrados motivos para estar razonablemente satisfechos de hacia donde vamos. Por qué esto es algo que no cala en nosotros es lo que le toca a cada uno descubrir.

Y por si alguien sigue pensando que se me ha ido la olla, que acaba de malgastar unos minutos leyendo una columna un poco new age, leed este breve escrito de un pianista británico que canta, emocionado, las excelencias de España. ¿Estará la clave de tanta angustia en nuestra mirada?

Más en twitter: @javierfumero

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