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Alberto Núñez Feijóo piensa en un golpe de estado blando

Pablo Casado y Alberto Núñez Feijóo.
photo_camera Pablo Casado y Alberto Núñez Feijóo.

Les voy a decir una cosa. Tengo para mi que Pablo Casado podría estar amortizado, liquidado, sentenciado. No lo tenía tan claro hasta esta semana. Pensé desde que salió elegido que iba a tener cuerda para un rato largo. Tiempo para desarrollar su proyecto. Se impuso con claridad a sus rivales internos, agarró el toro por los cuernos, conformó un equipo sólido, lanzó mensajes claros y parecía contar con cierto margen de tiempo para empezar a construir el nuevo PP.

Encima, llegaron las elecciones andaluzas y le tocó la lotería. Era una plaza que se daba por perdida. También porque Casado no había podido revitalizar allí la candidatura ‘popular’. Moreno Bonilla parecía alguien con poco fuste para arrebatarle la presidencia a Susana Díaz. Pero la enérgica y sorprendente irrupción de Vox lo cambió todo. Algunos añadieron a todo lo anterior que Casado empezaba a tener la dosis suficiente de fortuna que suele acompañar a los mejores.

El partido de las generales había que jugarlo. El nuevo PP podía dar la sorpresa y comenzar, antes de tiempo, la remontada. Pero el nuevo líder podía permitirse incluso una derrota. Pablo Casado siempre podría argumentar que sólo había estado 10 meses al frente de la nave. Necesitaba tiempo para tapar las vías de agua y desarrollar su proyecto. No se le debía juzgar por estos comicios tan cercanos. Y, en definitiva, sus predecesores Aznar y Rajoy también necesitaron varios años en la oposición (y varias derrotas electorales) hasta llegar a La Moncloa.

Sin embargo, ahora no tengo tan claro el diagnóstico. El batacazo del PP en el 28-A ha sido mayor del esperado. Y por culpa de decisiones concretas adoptadas por Casado. Se ha equivocado en la estrategia y ha tenido que improvisar un cambio de rumbo de vértigo en dos semanas. El resultado es un Partido Popular desorientado. Sin punch, sin garra. Con candidatos que no están en absoluto a la altura de las circunstancias: no sirven para la tarea que se les ha encomendado. Pablo Casado me parece un político con talento, ideas y buena cabeza. Pero no ha acertado en algunas decisiones clave.

Por todo ello, mi sensación es que tras las elecciones europeas, municipales y autonómicas no va a poder resistir la ola que se le viene encima. Alberto Núñez Feijóo es muy prudente y maneja los tiempos con calma y temple. Los que le conocen aseguran que está perfectamente preparado para imponer en el partido un golpe de estado blando, sin derramamiento de sangre, de aquí a unas semanas.

Exigirá tiempo y sosiego. Nada de escandaleras ni apresuramientos. Querrá una investidura por aclamación y mayoría absoluta. Una entronización sin rivales ni oponentes, de mínimo rozamiento. Se opondrá inicialmente. Hará que casi se lo pidan por favor, que parezca un accidente: “no podía negarme a salvar este partido que me ha dado todo”, y tal. 

En este contexto, será un elemento decisivo el resultado de las elecciones del 26-M. Si Pablo Casado logra frenar la caída y recupera un poco, si suma algunas plazas relevantes y salva los gobiernos de Madrid, Castilla-León, Murcia y La Rioja tendrá argumentos para pedir un poco más de crédito. En caso contrario, está sentenciado.

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