La España Profunda

Blog

El curso que vivimos peligrosamente y nos dejó tan exhaustos

Ahora que el verano parece haber llegado, al menos climatológicamente hablando, quizás sea buen momento para hacer balance del curso político que está a punto de terminar. Mi sensación –hablo de eso, de sensaciones- es de estar exhausto.

Y me atrevería a decir que la causa de este agotamiento es haber vivido el curso más intenso que recuerdo. Sin ningún género de dudas.

Acaba de salir a las librerías un ensayo titulado ‘Por qué el tiempo vuela’. Su autor, un tal Alan Burdick, sostiene que el tiempo no es un absoluto, algo externo al sujeto, sino que es percibido como algo interior.

Su tesis es que el tiempo llega a nosotros de manera indirecta, habitualmente por medio de lo que contiene: los sucesos son perceptibles, pero el tiempo no lo es. El tiempo no es una cosa, sino un paso por las cosas; no es un nombre, sino un verbo.

Esto explicaría la sensación de agotamiento descrita más arriba: uno tiene la sensación de haber vivido tres años en uno. ¿Por qué? Por el número de sucesos tan dramáticamente intensos que hemos vivido desde el pasado verano. Me aventuro en un elenco seguramente incompleto pero bastante ilustrativo. Fíjense bien:

-- El pasado 17 de agosto saltó por los aires la calma chicha informativa propia de esos días de estío. España se despertó con tremendo ataque terrorista en Las Ramblas de Barcelona que incluyó de todo: atropellos, persecuciones, fugas, tiros, cordones policiales, fugados acribillados a balazos, el descubrimiento de una finca con bombonas de gas que saltó por los aires, la CÍA implicada… Aquello fue de una intensidad enorme.

-- Después, llegó el 1 de octubre. ¿Lo recuerdan? Hacía tiempo que España no vivía tan vehementemente un hecho. España desencajada por un referéndum, urnas en colegios, altercados policiales, enfrentamientos ciudadanos, el barco de Piolín, los Mossos de perfil…

-- A continuación se produjo lo que, sólo unos meses antes, parecía un imposible: la aplicación del artículo 155 en Cataluña. Una de las principales comunidades autónomas de este país había sido intervenida. Lo nunca visto. Dos días después, otro hecho escandaloso: la fuga de Puigdemont y varios consejeros de la Generalitat a Bélgica.

-- En aquel momento comenzó otro desafío importante: campaña electoral para las elecciones en Cataluña. El proceso culminó el 21 de diciembre, con los catalanes acudiendo a las urnas, esta vez, legales. El resultado fue… tremendo. Ganó Ciudadanos, pero sumaban más los independentistas. Las cuentas –como se demostró en las semanas siguientes- no salían. Agotador.

-- Unos meses después estalló el escándalo del Máster de Cifuentes. España asistió atónita a la caída de una de las dirigentes políticas más mediáticas del país. Se divulgó incluso un vídeo sobre la sustracción de un par de botes de cremas en un supermercado. Todo terminó con la dimisión de la presidenta de la Comunidad y del PP de Madrid.

-- Como si todo esto no hubiera sido suficiente, el segundo trimestre del año ha sido como poner una marcha más. Tras las intensas gestiones para cerrar los Presupuestos, llegó por sorpresa la moción de censura que tumbó a Rajoy. Nadie lo esperaba. En un abrir y cerrar de ojos, desalojo en La Moncloa. De postre, Mariano anuncia su adiós y abre el melón sobre su sucesión al frente del Partido Popular. Telita.

-- Después vino el nuevo gobierno de Pedro Sánchez, despampanante, moderno, glamuroso. Más adrenalina informativa. Más temas para la tertulia del bar y el debate doméstico, donde ya había material suficiente (por cierto) con el inesperado mutis de Zidane y el volcánico fichaje de Julen Lopetegui por el Real Madrid.

-- El affaire de Máxim Huerta, el ascenso y caída del efímero ministro de Cultura que tenía problemas con Hacienda, ha sido como la guinda de este pastel que vengo describiendo.

¿Entienden lo que les quiero decir? ¿Exagero? Yo creo que no. A estas alturas uno se siente como ese espectador del Circo que, al final del espectáculo, empieza a sentir una extraña sensación de hartazgo. Ante sí tiene un despliegue deslumbrante, digno de elogio en muchos casos, pero la capacidad para asimilar tanta pirotecnia también tiene un límite.

Más en twitter: @javierfumero

Siguiente
Comentarios
Gratis
Quiero estar informado con el Boletín Diario en mi correo