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Desengáñese: con mayorías absolutas no vivíamos mejor

Congreso de los Diputados
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El periodista polaco Witold Szabłowski va contando anécdotas de sus viajes por países del bloque comunista y Cuba. Allí, dice, descubrió un curioso fenómeno de dependencia.

En su libro ‘Los osos que bailan’ se detiene a explicar la historia de la desaparecida doma de estos animales por parte de los gitanos búlgaros. Con los asombrosos bailes de esas fieras tan corpulentas, sus dueños se garantizaban unos suculentos ingresos. Pero en otra parte de libro describe la dificultad de los interlocutores búlgaros, serbios y georgianos con los que se va cruzando para liberarse de las cadenas del “antes vivíamos mejor”. Aunque ese “antes” remita a regímenes opresores y dictatoriales.

Cuenta Szabłowski que, cuando a algunos osos amaestrados se les quita la jolka –el aro de hierro que los sujeta por la nariz–, no saben qué hacer. Una osa, por ejemplo, se pasó días tocándose el hocico con la pata, buscándola. “A pesar de que le había causado dolor toda su vida, no sabía aceptar aquella falta”, explica el autor.

Las cuidadoras del museo en que se ha convertido la casa natal de Stalin experimentan, sin saberlo, sensaciones parecidas. A los visitantes que censuran al dictador, una de ellas les increpa: “¿Os habéis vuelto locos? Acordaos de la Unión Soviética. Todo el mundo tenía trabajo. Los colegios de los niños eran gratis, desde Tiflis hasta Vladivostok”. La trabajadora vive convencida de que debe su realización personal al antiguo sistema. “Si no hubiera sido por el comunismo...”. Y como ella, otras justifican al genocida.

Salvando las distancias, me venía este relato a la cabeza estos días comprobando cómo a algunos les sucede algo parecido con la nueva política, con el panorama parlamentario que los españoles acabamos de alumbrar, que exige pactos, tender puentes, superar complejos, sumar a discrepantes.

Hay como una especie de melancolía, de morriña, hacia el pasado. “Con mayorías absolutas, vivíamos mejor”, parecen decir con la boca pequeña. No había que arremangarse tanto, eso es cierto. Llegaba el todopoderoso partido, imponía su criterio y te pasaba por encima. Si no quería dar explicaciones, no las daba. Ni hacia dentro ni hacia fuera. Si incumplía el programa electoral, nadie le tosía. Si en el propio partido surgía algún discrepante, sacaba la guadaña sin disimular mucho. Total, tenía para cuatro años de poder omnímodo…

Eso se acabó. Y es bastante bueno que pase. No hay que tener miedo.

Es cierto que ahora necesitamos políticos con altura de miras. Capaces de llegar a acuerdos transversales sobre los grandes temas: empleo, pensiones, educación, sanidad, dependencia, igualdad… Pero se hace camino al andar. Tampoco un régimen de mayorías absolutas permite alumbrar magnánimos gestores.

Aunque nos cueste un poco más el ejercicio de la libertad, siempre será mejor que vivir al dictado de un caudillo. Por muy lustrosa y brillante que sea la argolla de la nariz.

Más en twitter: @javierfumero

 
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