La España Profunda
Javier Fumero Director ECD

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El día que aquellos policías se pasaron de listos

Policía nacional.
photo_camera Policía nacional.

La policía tiene que ser especialmente ejemplar. La sociedad le otorga poderes tan notables como la posibilidad de restringir la libertad de las personas, el uso de armas de fuego, la capacidad de imponer sanciones… para que puedan lograr el mantenimiento del orden. Por eso mismo, deben ser extremadamente honrados y escrupulosos en el cumplimiento de su función.

En caso contrario, el daño es tremendo. Pero la cosa no es tan sencilla. Al menos por dos motivos: a) porque los policías son personas normales y corrientes, es decir, tienen su carácter, su particular biografía, sus filias y sus fobias, como cualquiera; y b) porque tienen que aguantar mucho, se topan con delincuentes, chorizos y sinvergüenzas que los ponen al límite.

Sin embargo, insisto, eso no puede llevarles a perder los estribos, a sobrepasarse en su trabajo. Hay que valorar que ponen en juego su integridad para que tu y yo estemos ahora en casa viviendo una vida apacible. Y que en su inmensa mayoría, diría yo, son profesionales íntegros y heroicos. Merecen un homenaje.

La pena es que cualquier borrón de uno de sus miembros, amparado en ese uniforme y esa placa, supone una afrenta para todo el Cuerpo. Sucede en Estados Unidos y sucede en nuestro país. Yo todavía recuerdo con impresión aquel suceso, que he contado alguna vez, que tuvo como protagonista a un amigo de Tenerife. Nunca lo olvidaré, tal fue el impacto que me produjo.

Regresaba aquel conocido del sur de la isla por la autopista que lleva a la capital, Santa Cruz de Tenerife. Estaba realizando un adelantamiento a varios coches que iban por el carril de la derecha a menor velocidad, cuando un automóvil se acercó por detrás y comenzó a darle las luces largas.

“Alguien que tiene muchísima prisa –pensó-. Ahora termino de adelantar y le dejo pasar”. Sin embargo, la operación no resultó tan sencilla: aquel coche le acosaba, seguía dándole las luces y se pegaba a su coche cada vez más. Tanto, que mi amigo se puso nervioso porque si frenaba se lo iban a tragar… ¡Qué impaciente y desconsiderado! Y en ese momento, hizo algo que no debía. Sacó el dedo anular y lo esgrimió en posición vertical mientras miraba por el retrovisor.

Para sorpresa de mi amigo, unos segundos después el coche de atrás sacó una sirena de esas portátiles y la fijó en el techo del vehículo: le estaban haciendo señas para que se detuviera en el arcén de la autopista. Mi amigo se había pasado, eso está claro, y ahora le tocaba dar explicaciones. Iba a pedir disculpas, a explicar la situación, pero no pudo.

Aparcó unos metros más adelante y, nada más poner el pie en el suelo y girarse para hablar con aquellos agentes de paisano, sintió un durísimo puñetazo en el rostro que lo lanzó hacia atrás hasta chocar contra el suelo con violencia. Quedó en shock. No entendía nada. Pero no pudo levantarse. Le llovieron las patadas y los golpes. Minutos después, escuchó cómo aquellos tipos se alejaban. Logró, con dificultad, llegar hasta su coche y regresar dolorido a casa.

Días después, un abogado le hizo desistir de la idea de presentar una denuncia. Prácticamente, no les había visto el rostro, no había testigos, y además, le dijo, los jueces suelen proteger a los policías.

¿Ven lo que les digo? Esto no puede pasar. Incidentes como este son los que manchan a todo un Cuerpo.

Más en twitter: @javierfumero

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