La España Profunda
Javier Fumero Director ECD

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Errejón: ¡Que cada uno decida sobre el suicidio libremente!

Iñigo Errejón.
photo_camera Iñigo Errejón

Este jueves el Congreso de los Diputados aprobó la ley de la eutanasia. Pienso sinceramente que se trata de una muy mala noticia, una decisión que provoca un grave daño a la sociedad española, que se degenera no poco al apostar por la cultura de la muerte y no por la vida, los cuidados paliativos y la investigación para la erradicación del dolor.

No lo digo yo, lo dice hasta Iñigo Errejón. El líder de Más País realizó este miércoles en el parlamento español una encendida y necesaria llamada de atención a los españoles sobre el duro trago de las enfermedades mentales, en auge también por culpa de esta pandemia. Recordó –como el drama que es- que en España se suicidan diez personas al día y pidió más cuidados sobre la salud mental de los españoles.

Es decir, que el suicidio es una desgracia, un fracaso de la sociedad, algo que requiere nuestros mejores esfuerzos para erradicarlo. Estoy de acuerdo. Pero entonces, ¿por qué se legaliza ese suicidio asistido que es la eutanasia y se vende como un gesto de lo más progresista? ¿Es que hay suicidios penosos y otros suicidios más progresistas?

Yo estoy con el Errejón del miércoles (y con los numerosos diputados del arco parlamentario que aplaudieron sus palabras): el suicidio es un retroceso y debemos poner más de nuestra parte por remediarlo.

Sin embargo, la ley que se acaba de aprobar a favor de la eutanasia normaliza la muerte asistida y abre la puerta a esa campaña que se acaba de iniciar llamada a presentar esta materia como algo que está más allá de cualquier crítica moral. En esta categoría incluyo esa réplica que se escucha cada vez más estos días: “cada uno debe decidir libremente sin que otros decidan por él”.

Ya. O sea que cuestionar el suicidio asistido es fascismo, imposición, atropello…, porque en el fondo no se respeta la voluntad de otro. Ya. Menuda falacia. Porque es fácil entender que la autonomía de la persona no es un absoluto. Para nadie, en ningún país desarrollado.

Imaginen a un ciudadano que anunciara que, a partir de ese día, él se va a saltar los semáforos en rojo de la ciudad, porque a él esa señal para el control del tráfico no le concierne. ¿Respetaríamos su legítima autonomía? ¿Sería fascista meterle en vereda o estaríamos legitimados? O sea que la clave no es dejar que cada uno haga lo que considere oportuno, sino determinar qué acción es buena y cuál no.

Si a partir de ahora participar en un suicidio es legal y éticamente aceptable, comienza a haber un derecho al suicidio. Y si el Estado declara ese derecho, los argumentos para limitarlo a los enfermos terminales van a parecer cuando menos arbitrarios. Es decir, lo siguiente será eliminar dichos límites: que cada cual decida. Y la intervención de Errejón del otro día estará absolutamente fuera de lugar: el suicidio será algo legítimo, nada que lamentar.

Ojo, no es teoría: precisamente eso es lo que está pasando en los países donde se ha legalizado la eutanasia: Suiza, Bélgica, Holanda... No se logra reducir el suicidio asistido a un puñado de casos excepcionales. Si acabar con la propia vida está justificado, ¿por qué limitarlo a unos pocos? ¿Por qué permitírselo a un paciente de cáncer al que le quedan seis meses de vida y restringirlo a personas que simplemente están tristes, desmoralizadas, abatidas, deprimidas o desesperadas? Que cada uno decida libremente, ¿no? Menuda deriva.

No, yo estoy con Errejón: estamos ante un drama nacional que merece nuestra máxima atención, apostar con decisión por los cuidados paliativos que eviten el sufrimiento, el dolor, dotar de fondos la ayuda a personas en fase terminal que estén solas o insuficientemente acompañadas para que no se sientan una carga económica, emocional o asistencial para familiares, amigos o cuidadores… Todo menos alimentar una mentalidad de la  muerte. Esto me parece lo más progresista, la verdad.

Más en twitter: @javierfumero

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