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De humoristas limitados, de gitanos y de judíos

El cómico Rober Bodegas durante uno de sus monólogos en Comedy Central.
photo_camera El cómico Rober Bodegas durante uno de sus monólogos en Comedy Central.

No sé qué me pasa pero no logro que la opinión dominante me hagan cambiar de parecer. Creo que el humor debe tener límites y no me convencen los argumentos de quienes sostienen lo contrario.

Lo digo por la polémica surgida tras la difusión de un vídeo del humorista Rober Bodegas en el que realiza varias chanzas sobre la etnia gitana.

Hay quien sostiene que vamos camino de convertir a los humoristas en la nueva minoría oprimida. Otros aseguran que es preciso proteger el arte de la risa, que debemos dejar los tics dictatoriales, que ‘humor’ es directamente proporcional a transgresión, que esto va de sociedades menos pusilánimes y timoratas…

Lo he dicho en alguna otra ocasión. A mí me parece muy bien que haya risas, crítica, libertad, aire fresco, incluso sátira. Pero creo también que cualquier sociedad que se precie debe ser capaz de combinar estos elementos con el respeto a las personas, algo que se les debe a todos: sean quienes sean, piensen como piensen, acierten o se equivoquen.

Este asunto del monólogo de Comedy Central permite echar una pensada de nuevo sobre este asunto. Creo que es importante porque, a la hora de la verdad, es cierto que en esos ámbitos donde se defiende el libre arte de la burla transgresora después se restringen otras manifestaciones chistosas sin rubor. Y me viene a la cabeza lo que sucedió en 2011 con un famoso cineasta español llamado Nacho Vigalondo.

Este señor decidió un día hacer una broma en twitter aprovechando que acababa de superar una cifra redonda de seguidores. Y no se le ocurrió otra cosa que publicar el siguiente tuit:

-- “Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El holocausto fue un montaje!”.

El propio Vigalondo explicó días después que todo había sido un simple experimento jocoso: hacerse pasar por un villano que llevaba años engañando a sus seguidores haciéndoles creer que era un cineasta para –una vez alcanzado el éxito- armar el caos con irreverencias soltadas en público.

No le sirvió de mucho: aquel tuit se le fue de las manos. Le llovieron las críticas en la propia red social, hubo quejas de seguidores agraviados, la prensa digital se hizo eco de la polémica... y todo acabó explotándole en la cara.

Casualmente, el diario El País lo había contratado por entonces para una costosa campaña publicitaria sobre la nueva versión iPad del periódico. Los directivos del Grupo Prisa encabezados por Nicolás Berggruen, de origen judío, ordenaron retirar sus vídeos, le obligaron a escribir una disculpa pública entre las cartas al director, la defensora del lector escribió un artículo pidiendo perdón ante la audiencia y hasta su blog fue eliminado de la web.

El juego de la transgresión le costó caro a Vigalondo. Y a mi modo de ver, demostró también que, efectivamente, en determinadas circunstancias, el humor sí tiene un límite. Y no es malo que así sea, porque mejora a la sociedad. No es ni cortedad de miras, ni fascismo, ni un ataque a la creatividad y el arte.

Más en twitter: @javierfumero

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