La España Profunda
Javier Fumero Director ECD

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¡Que Nadia Calviño cobre su sueldo íntegro!

La ministra de Economía, Nadia Calviño
photo_camera La ministra de Economía, Nadia Calviño

La semana pasada se supo que el primer ministro italiano, Mario Draghi, ha renunciado a recibir compensación alguna como jefe de Gobierno. Le correspondería un sueldo por ejercer un cargo no parlamentario, sin escaño, de unos 110.000 euros brutos al año.

La web del Palacio Chigi publicó datos y documentos sobre el ex presidente del Banco Central Europeo en virtud de la ley de transparencia. Allí se puede constatar que Draghi ingresó en 2020, por el ejercicio del año anterior, 581.000 euros. Además, dispone de diez inmuebles, seis terrenos y una participación de 10.000 euros en una sociedad sin ánimo de lucro.

Conclusión: no le va mal y se puede permitir esta renuncia, que algunos han calificado de “ejemplar”. Sin embargo, a mi no me convence este modo de proceder. Por varios motivos que voy a intentar explicar:

-- Al que cobra se le puede exigir. Siempre me ha gustado que aquel que trabaja cobre algo de dinero. Además de ser un deber de justicia es lo que permite muchas veces exigir responsabilidades. Si alguien trabaja gratis se establece una relación desigual: estás en deuda con esa persona o, al menos, tampoco puedes ponerte estupendo. Esto no siempre es así pero sucede en bastantes casos.

-- Sospecha inmediata: por algún lado se lo cobrará. La ausencia de una remuneración lógica abre la puerta a un sinfín de especulaciones. En este mundo tan materialista y pragmático levanta sospecha que alguien que puede cobrar legítimamente por un trabajo no lo haga. ¿Nos podemos permitir en estos momentos abrir la puerta a más suspicacias? Además, pagar bien al gestor evitará casos de corrupción. La tentación de meter la mano en la caja será menor si uno está bien pagado.

-- Sólo los ricos podrán acceder a puestos de este nivel. Si se generaliza este tipo de gestos altruistas, el ejercicio del poder y del gobierno va a quedar restringido a quienes se puedan permitir estas renuncias. Es decir, a los ricos, a los más pudientes. Sólo los muy adinerados o grandes propietarios pueden permitirse el lujo de renunciar al cobro de una remuneración. Se puede acabar fomentando otra forma de injusticia.

-- Los mejores cuestan dinero, es lógico. Si queremos que nos gobiernen los mejores (que levante la mano quien prefiera lo contrario), si queremos que se dediquen a la política los más cualificados, el puesto de trabajo debe estar bien remunerado. Es un gasto que pagamos todos los españoles, es cierto, pero si mejora la preparación de nuestros gobernantes, ese dinero estará bien empleado.

-- Hay que hacer más atractivo el puesto de gobernante. A nadie se le escapa que ser político hoy exige la renuncia a un horario decente, a buena parte de la propia vida privada; exige viajar sin mirar días, ni meses, ni fines de semana; renunciar a determinadas zonas públicas; comporta incluso depender de un servicio de escolta, instalar vigilancia en la casa; estar ausente en muchos casos durante la educación de los propios hijos, no estar cerca de la esposa o del marido en momentos cruciales...

Todo eso, digo yo, exige una nómina a la altura de las circunstancias. En caso contrario, sólo optarán a semejante sacrificio los que no tengan mejores expectativas, es decir, los mediocres. Sólo harán carrera política los que no tengan más remedio que medrar porque no están cualificados para ningún trabajo mejor. Porque romanticismos, los justos. A nadie se le puede exigir el heroísmo, el amor desinteresado al bien común, la entrega por el país a fondo perdido. El altruismo es digno de alabanza, pero no se puede forzar. Por lo tanto, habrá que animar con un sueldo más que digno a quienes queremos que nos gobiernen.

Hasta aquí, mis argumentos sobre la conveniencia de que por ejemplo nuestra ministra de Economía, Nadia Calviño, cobre un buen salario. Pero quiero hacer una salvedad a todo lo dicho. Para mi, lo ideal es que los políticos no vivan de la Política. Sería cuestión de todos tuvieran una profesión ‘civil’, ajena a la cosa pública, que les proporcionara el sustento habitual; que sólo se dedicaran al gobierno de pueblos, ciudades, regiones o países de forma temporal y por el simple deseo de servir.

Esto sería lo ideal. También para asegurar que saben lo que vale un peine. Pero como este último planteamiento me parece bastante utópico, por eso, al menos de momento, prefiero pagar un buen sueldo y que me gobierne un tipo mucho más preparado que yo.

Más en twitter: @javierfumero

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