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¿Políticos mediocres? Es culpa tuya

Vista del hemiciclo del Congreso de los Diputados durante un Debate sobre el Estado de la Nación.
photo_camera Vista del hemiciclo del Congreso de los Diputados durante un Debate sobre el Estado de la Nación.

El zipi zape que se ha montado en los partidos con las listas a las generales ha vuelto a recordarnos que la sociedad española tiene una asignatura pendiente: encontrar un modo de potenciar que los mejores se dediquen a la cosa pública, que nuestra clase gobernante esté integrada por los más capaces.

Creo que nadie pone en duda lo que nos jugamos con esto. Está muy claro. Sin embargo, pasan los años y no veo que estemos articulando un sistema eficaz que convierta en algo atractivo gestionar los destinos de un pueblo, de una ciudad o de todo el país.

Todo lo contrario. Se nos llena la boca rajando de la clase política. Nos ensañamos con todo el colectivo, como si el mal estuviera en la esencia misma de esa dedicación profesional. Cambiamos de acera, en sentido estricto o figurado, cuando nos cruzamos con uno de ellos, como si fueran apestados. Y por si fuera poco, algunos los llaman “casta”.

Una vez le oí a hablar a un politólogo de la denominada “paradoja del último vagón”. Un responsable de unos ferrocarriles descubrió que la mayor parte de los accidentes en una línea afectaban especialmente al último vagón. Por eso optó por una decisión tajante: lo suprimió en todos los trenes.

Suena a chiste, efectivamente. Como pensar que los males de la clase política se solucionan echando basura sobre aquel político corrupto o demonizando en todos los telediarios a los gobernantes que no están a la altura. ¡Estamos simplemente trasladando el problema de coche!

Abordo por ejemplo una cuestión espinosa: el dinero que cobran nuestros políticos. ¿De verdad vamos a lograr mejorar el nivel de nuestras autoridades pagándoles lo que les pagamos? Yo no lo veo. ¿Por qué va a dejar alguien valioso su carrera profesional si va a perder dinero en el camino? A nadie se le puede exigir el heroísmo de dedicarse a la cosa pública sacrificando una vida privada, alejada de los focos y mucho más rentable.

Con estos sueldos sólo querrán optar a la alcaldía o la presidencia de Gobierno los que tengan poco perder. O los mediocres que no pueden lograr más en la vida profesional. O los que tengan una ambición desmedida, un afán de poder perverso.

La política es efectivamente una actividad que se puede mejorar. Una actitud crítica hacia ella es señal de madurez democrática, no signo de su agotamiento. Perfecto. Pero ¿qué proponemos entonces? La pregunta es pertinente porque la política es necesaria. Permite que los que no tienen medios para hacer oír su voz tengan representantes que defiendan sus intereses y sus aspiraciones de igualdad.

Es razonable exigir una mejor forma de gobernar, más honestidad y decencia. Pero la política y los políticos son necesarios. Porque una sociedad que no cuente con una articulación política de sus derechos queda expuesta a todo tipo de atropellos. Por eso hay que abrir un debate de cómo lograr que nos gobiernen los mejores. Mientras tanto, la culpa de su mediocridad es nuestra.

Más en twitter: @javierfumero

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