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Lo que de verdad está en juego en el ataque al “pin parental”

El uso del término “pin parental” no es casual. Porque las palabras no son banales, todo lo contrario
photo_camera El uso del término “pin parental” no es casual. Porque las palabras no son banales, todo lo contrario

Desde el principio me gustó el término: “Pin parental”. Porque las palabras no son banales, todo lo contrario. Esa alusión al código que debe tener todo padre, imprescindible para validar los conocimientos que reciben sus hijos, es original y brillante.

Tanto es así, que el diario El País se dio cuenta enseguida de la eficacia del término y a las veinticuatro horas de saltar la polémica dio orden de obviar el palabro y cambiar a “veto parental”. Hagan la prueba: vayan a la web de El País y verán que no se utiliza “pin” sino “veto”. Es interesante el recurso a este otro vocablo que, sin fisuras, utiliza el periódico desde el pasado sábado para referirse a esta cuestión.

El Grupo Prisa quiere dotar de negatividad al concepto para criticarlo mejor, para incidir en que se trata de censura parental. Pero las contradicciones de la izquierda en este punto son tremendas. Hablan de no convertir los centros educativos en campo de batalla ideológica quienes promovieron una asignatura de “educación para la ciudadanía” que era puro adoctrinamiento. Hablan ahora del derecho de los poderes públicos a garantizar los derechos de los menores precisamente quienes se saltan a la torera el derecho de los más pequeños, de los bebés no nacidos: ahí sí vale alegar que las madres como paren, deciden. ¿En qué quedamos?

Pero me quiero detener en el fondo de la cuestión, en qué sibilina batalla se está jugando aquí y en otros muchos debates sociales de actualidad.

La izquierda que lidera en estos momentos Pedro Sánchez está lanzando una agresiva campaña para tachar de intolerante al que se salga del guión ideológico que promueve el PSOE, Podemos e Izquierda Unida. Si uno está en contra de la visión de la sociedad que ellos proponen es un ultra, un intransigente, un fanático, un cavernícola, un enemigo de la libertad.

Son tan amantes de la libertad individual –dicen- que nadie tiene derecho a imponer a los demás su propio concepto de ética, de moral, de vida. Ni los padres. Ni el PP. Ni Vox. Ni los curas. Por eso, hay que dejar al Estado educar a los niños, a los homosexuales unirse en matrimonio, a los ciudadanos optar por el divorcio express, a los transexuales cambiar de sexo, a los represaliados por el franquismo respirar aire puro, a los agnósticos poder salir a la calle sin “padecer” procesiones religiosas de otro tiempo… Todo en aras de la libertad… De la suya, claro.

El razonamiento es muy tramposo. Porque alguien podría añadir: de acuerdo, tolere entonces, señor presidente, en aras de la libertad individual, el robo, la violación o el asesinato. O mejor: autonomía para todos, que nadie imponga el pago de impuestos, el uso del cinturón de seguridad o la necesidad de dividir mi basura en colores cada jornada.

¿Debe tolerarse la esclavitud si hay personas que apelan a su libertad para tener esclavos e incluso ciudadanos dispuestos a serlo? ¿Por qué no tolerar la producción y el tráfico de drogas y atropellar en cambio la libertad de los españoles que decidan cultivar lo que quieran y luego venderlo, acogiéndose a las reglas del libre mercado?

No. Porque hay verdades y valores que se consideran innegociables. También para este Gobierno de coalición. Pero ellos quieren arrogarse el derecho a decidir lo que está bien (y lo que se puede permitir y alentar, calificándolo de progreso y modernidad) y lo que no está bien (y lo que se debe perseguirse hasta reducirlo a la mínima expresión, bajo el estigma de la intransigencia, la intolerancia, el ultraderechismo y la irresponsabilidad).

¿Se dan cuenta? Quienes más proclaman la libertad acaban siendo los más tiranos. Pues va a ser que no. Habrá que exigir que nos quiten las manos de encima y nos dejen decidir qué mundo queremos para nosotros y para nuestros hijos. Faltaría más.

Más en twitter: @javierfumero

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