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Josep Borrell se ha quedado mudo y nos ha dejado atónitos

Siendo ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo identificó como una de sus principales obsesiones el problema de Cataluña, al que se dedicó con notable entusiasmo. Tanto a más que a su propio departamento.

Atribuyéndose quizá la representación y la portavocía del Gobierno y de su partido sobre dicho asunto, Margallo hacía declaraciones, montaba polémicas, participaba en debates televisados… Parecía que en realidad era el “ministro para Cataluña”.

Ahora ha llegado al Palacio de Santa Cruz un titular de Exteriores que, visto su perfil, sus antecedentes y sus contundentes tomas de posición acerca del desafío catalán, parecía que esa cuestión iba a ser también uno de los asuntos estrella. Pues, ¡oh sorpresa! no ha ocurrido así. Nada de eso.

Resulta, como es bien conocido, que el presidente del Gobierno no se cansa de lanzar guiños y buscar complicidades con el catalanismo radical, encabezado hoy, en ausencia de Puigdemont, por Quim Torra.

Con el cual ya ha concertado una próxima reunión, a la que el president acudirá, y así lo ha dicho, sin renunciar a ninguna de sus exigencias, incluido el referéndum de autodeterminación vinculante. Es lo que va a reclamar, como “pago” del apoyo prestado para colocarle en La Moncloa.

Pero no son solo guiños. También ha tomado decisiones aparentemente menores pero de gran calado. Una de ellas, retirar el control que ejercía el Gobierno sobre los gastos de la Generalitat. Así que ahora ya nadie vigila si el dinero público se destina, como ha ocurrido en el reciente pasado, a promover la secesión. Y no es pequeño asunto.

Además, la Generalitat ha rehabilitado su aparato exterior de propaganda, restableciendo el famoso Consejo de Diplomacia Pública de Cataluña, conocido como Diplocat. La diplomacia y las relaciones internacionales son, por cierto, materia de competencia directa del ministerio que preside Josep Borrell.

Más aún, la Generalitat está reabriendo las famosas embajadas, cerradas en su día por aplicación del artículo 155. Otro campo que afecta al papel y atribuciones del Ministerio de Asuntos Exteriores.

¿Y qué ha hecho, qué ha dicho, cómo ha reaccionado Josep Borrell ante todo esto? Con la pasividad más absoluta y el silencio más ominoso. Tal como si, de pronto, el afamado jacobino que dicen que era se haya olvidado de sus principios y pensamiento. O como si se hubiera quedado mudo.

No solamente el señor Borrell no ha entrado para nada en la cuestión catalana; es que Cataluña ha entrado, ha invadido su terreno: la acción exterior del Estado.

Pero el señor ministro sigue mudo. Así que, ¿cuál era el auténtico Borrell? ¿El de los discursos tremendistas, con críticas y acusaciones al secesionismo catalán? ¿El de la defensa de la unidad de España frente a maniobras rupturistas? ¿O más bien el silencioso  y bienpagado miembro del consejo de ministros que de ninguna manera se atreve a discrepar lo más mínimo con el jefe, con el presidente del Gobierno, porque la disciplina de partido es lo único importante?

Borrell está tirando por lo suelos un reconocimiento que se había ganado merecidamente.

La decepción empieza a ser grande, consecuencia de lo mucho que se esperaba de él.

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En Twitter @JoseApezarena

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