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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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De Auschwitz al zulo de Ortega Lara

Josu Uribetxeberria Bolinaga.
photo_camera Josu Uribetxeberria Bolinaga, carcelero de Ortega Lara

Los reyes inauguraron ayer, en Vitoria, el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, y, como parte de la visita, pudieron conocer el reproducción del zulo donde José Antonio Ortega Lara permaneció encerrado durante 532 días. Casi dos años. ¡Se dice pronto!

Si verlo ahora produce escalofríos, mucho más pudimos sentir quienes conocimos el de verdad, el auténtico, a los dos días de la milagrosa liberación del funcionario de prisiones secuestrado por ETA, que se produjo el 1 de julio de 1997.

El zulo de verdad se encontraba, por así decirlo, bajo tierra. Es decir, bajo el suelo de cemento de la nave de Mondragón donde estaba ubicado. Debajo de una sólida capa de cemento de casi un metro de espesor se escondía la reducida prisión de Ortega Lara.

Es un agujero de tres metros de largo, dos y medio de ancho y 1,80 de altura. Durante su cautiverio, Ortega Lara no vio la luz del sol. Solo disponía de luz artificial, una pequeña hamaca, un saco de dormir, productos de aseo y un póster con el anagrama de ETA con el que habían decorado una pared.

Tras la liberación, el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, tuvo la acertada idea de llevar a algunos periodistas a conocer aquella mínima choza subterránea, para que tuviéramos cabal idea del suplicio aplicado, y de la maldad de los autores.

Dos veces en mi vida me he quedado absolutamente mudo, bloqueado, con la mente en blanco, sin pensar en nada, sin poder articular palabra. Y eso durante muy largo rato.

La primera vez (ya lo he contado en alguna ocasión) ocurrió en Auschwitz. Fue tal el impacto que me causó, que pasé todo el día callado. Porque no me cabía en la cabeza que los seres humanos hubieran sido capaces de aquella monstruosidad. No lo podía creer. Y sigo sin entenderlo.

De no ser porque se tomaron fotografías cuando se logró la liberación de los cautivos, y se vio cómo se encontraban, quizá hoy tendríamos la tentación de pensar que se trataba de una leyenda y que aquello no había ocurrido.

Pues casi me volvió a pasar lo mismo en aquella visita al zulo donde fue torturado Ortega Lara. Me quedé con la mente en blanco, sin poder pronunciar palabra.

De nuevo la incredulidad sobre la maldad humana elevada la paroxismo.

Porque, además, los cuatro compinches que escondían a Ortega Lara se comportaban con total normalidad, como unos pacíficos amigos que cada tarde, en Mondragón, echaban la partida de mus mientras tomaban unos chiquitos y merendaban. Cada mañana, llevaban algo de comida al prisionero.

El principal sospechoso, Josu Uribetxeberria Bolinaga, llevado por la Guardia Civil a la nave donde pensaban que ocultaba al funcionario de prisiones, decidió dictar allí mismo la condena de muerte.

No ofreció ninguna ayuda para encontrar el escondrijo, y negó que allí hubiera nadie, sabiendo que, si lograba despistar a los agentes, nunca más regresaría a ese local, con lo que estaba condenando a Ortega Lara a morir de hambre.

Solamente un milagro permitió liberarle. El juez Baltasar Garzón, allí presente, decidió que ya no quedaba nada más que registrar. Llamó al ministro del Interior, y este le pidió un último esfuerzo. Fue entonces cuando un cabo de la Guardia Civil se dio cuenta de que una de las maquinas de la nave, un torno, estaba inutilizado. Desatornillaron algunos anclajes, la levantaron un poco del suelo y vieron que debajo había un hueco: el agujero que conducía al zulo.

La visión Ortega Lara llegando a su casa de Burgos, donde le esperaban su mujer y sus hijos, sin afeitar, con la mirada perdida detrás de sus gafas, el saludo que hizo después desde el balcón… esas escenas, junto con las imágenes tremendas del zulo, empezaron a construir el final de la banda terrorista.

Bolinaga, que salió de la cárcel por motivos de salud en agosto de 2012, con el argumento de que padecía un cáncer irreversible, volvió a pasear por las calles de Mondragón hasta que falleció el 16 de enero de 2015.

Como Auschwitz, el zulo de Mondragón es uno de los símbolos de la crueldad y el horror, inconcebible, de que puede ser capaz un ser humano. O más bien inhumano.

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