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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Don Juan Carlos en la cárcel

Rey emérito Juan Carlos I -  club nautico de Sanxenxo - regata del domingo -  entrega trofeos
photo_camera Don Juan Carlos, en la entrega de premios de la Copa de España 2022 de la clase 6 Metros, el 22 de mayo de mayo en Sanxenxo.

He estado a punto de titular el blog de esta forma: “Juan Carlos I el enredador”.

Ya anteriormente escribí que el rey emérito tiene que dejar de enredar.

¿Qué quiero decir con eso? Pues que debe quedarse quieto, moverse lo menos posible. Aunque solo sea por los dolores de cabeza que causa a su hijo y sucesor, el rey Felipe VI. Ya solo eso tendría que constituir un objetivo básico para él.

Cuentan personas cercanas que don Juan Carlos considera que no ha hecho nada sancionable, y que, como él mismo respondió, no debe dar explicaciones.

Supongamos que todo lo que se ha dicho y escrito sobre él, sobre sus comportamientos matrimoniales, sobre los dineros, supuestas comisiones, ‘regalos’ de parientes y amigos... todo eso no ha existido. Que no hay ningún fundamento para echarle nada en cara.

Sin embargo, culpabilidades aparte como digo, la realidad material es que existe una opinión pública, y sobre todo política, que le culpa de tales comportamientos. Y que exige reparación, e incluso condena.

Como resultado de dicho estado de opinión, cualquier presencia del rey emérito en España, en Madrid, en La Zarzuela, cualquier movimiento o actuación, es motivo de escándalo. Y, sobre todo, de críticas a la propia institución monárquica y, de rebote, al actual titular, su hijo Felipe.

Sabido es, por supuesto, muchas de tales arremetidas no son ingenuas ni desinteresadas, sino que provienen de quienes buscan que desaparezca la actual forma de Estado, que encuentran en los episodios del pasado una buena arma para destrozar, si pueden, la monarquía. Pero, quienquiera que lo promueva, lo cierto es que el escándalo que se monta resulta especular, con las penosas consecuencias para la monarquía ya citadas.

Tal es la realidad. Lo que don Juan Carlos tiene que aceptar, crea o no que es culpable de algo.

 

Así que, por respeto a la institución que durante tantos años ha representado, por lealtad (si no por cariño) al actual titular, incluso por amor a este país, que no está para terremotos, el rey emérito tendría que tomar la decisión de no volver a aparecer por España.

Lo debería decidir incluso teniendo, como parece que tiene, una convicción de inocencia.

Si asumiera ese sacrificio, casi podría considerarse que con ello, quedándose en Abu Dabi, se encierra en la cárcel que otros desearían que cumpliera. Esa sería su cárcel.

De donde sería asumible que regresara en caso de enfermedad grave y peligro de muerte, para que no se cumpla uno de los temores que más le preocupan en este momento: la posibilidad de morir fuera de España. Ese retorno final es algo que ya tiene acordado con su hijo el rey.

editor@elconfidencialdigital.com

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