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Cataluña, Castellón y la gran traición del socialismo

Ximo Puig y Pedro Sánchez.
photo_camera Ximo Puig y Pedro Sánchez.

La Generalitat valenciana, presidida por el socialista Ximo Puig, acaba de aprobar que la ciudad de Castellón deje de tener nombre bilingüe, o sea castellano y valenciano, y que se denomine solamente de la segunda forma. Que el nombre oficial solo sea Castelló de la Plana.

Responde a la petición que formuló el ayuntamiento el año pasado, previo acuerdo de los tres socios del pacto municipal que gobierna la ciudad, integrado por los socialistas del PSPV, Compromís y Castelló en Moviment.

Con el consentimiento de la alcaldesa, del PSOE, la corporación lleva tiempo protagonizando comportamientos semejantes. La mitad de los concejales suele asistir a concentraciones en las que se ha acabado pidiendo la libertad de los políticos catalanes juzgados.

A base de jugar a los nacionalismos, lo de Castellón es la penúltima traición del socialismo a España, a la unidad de este país. Es bien conocido que en Baleares se ha entregado con armas y bagajes al catalanismo.

Tengo la convicción, y no soy el único, por supuesto, de que Cataluña nunca habría llegado a la situación actual si el socialismo no se hubiera rendido al catalanismo primero y al independentismo después. Todo empezó con Pascual Maragall, pero ha sido continuidad por los demás, en una sorprendente y vergonzosa rendición.

El socialismo vasco ha aguantado un poco más, sobre todo en los tiempos en que las balas de ETA segaban la vida de sus militantes y dirigentes. Ahora que las pistolas han dejado de hablar, están empezando también a rendirse.

En Guecho, un concejal socialista ha protestado por la llegada del buque “Juan Carlos I”, haciendo además el ridículo porque, frente a la proclama del rechazo popular, estos días ha habido largas colas en el muelle para visitarlo.

Por cierto que esa Armada contra cuya presencia protesta el abertzalismo (junto con algunos socialistas) es la misma cuyos barcos protegen en el Índico a los pescadores vascos que faenan allí, para que no vuelva a ocurrir episodios como el secuestro del Alacrana.

Las pulsiones nacionalistas que han emergido en el socialismo tienen que ver, en algunos casos, con convicciones ocultas. Pero también, en otros muchos casos, con un inexplicable complejo de inferioridad, y con el deseo de hacerse "perdonar" por no tener un hondo pedigrí catalán, o vasco, o lo que sea.

Ahora esos comportamientos tienen que ver, además, con las urgencias de Pedro Sánchez por asegurarse el voto nacionalista que puede necesitar, tras las generales, para conformar una mayoría de Gobierno con él a la cabeza.

La connivencia con el independentismo en Cataluña la pagó muy cara el PSOE en las elecciones andaluzas, y ahora le puede pasar factura de nuevo, en las generales, si la ciudadanía percibe que el partido sigue chaqueteando. Como acaba de mostrarse con la pasividad del Gobierno frente a la colocación de lazos amarillos en los edificios oficiales de Cataluña.

La gran traición del socialismo, en Cataluña pero no solo, es haber abandonado su condición de partido de Estado, contradiciendo así la E de sus siglas, PSOE.

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En Twitter @JoseApezarena

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