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Tú eres candidato porque a mí me da la gana

Margarita Robles y Pedro Sánchez.
photo_camera Margarita Robles y Pedro Sánchez.

No dice mucho de la democracia interna de los partidos el fenómeno de que sea el líder, o la dirección nacional, quien nomine a los candidatos en las distintas demarcaciones, más aún cuando eso ocurre por encima y en contra de la voluntad de los militantes de la citada circunscripción.

Un ejemplo reciente es lo que acaba de ocurrir en el PSOE de Andalucía. Pedro Sánchez se había propuesto, sin preguntar, colocar a ministros como cabezas de lista en varias provincias, y se encontró con que el voto del partido a nivel regional enviaba a todos ellos a la cola, en lugares donde era imposible que consiguieran escaño.

Al final, se impondrá la voluntad de Sánchez, y cuatro ministros serán allí primeros en las listas: María Jesús Montero (Hacienda) en Sevilla, Luis Planas (Agricultura) en Córdoba, José Guirao (Cultura) en Almería y Fernando Grande-Marlaska (Interior), en Cádiz. 

Ofrece cierta lógica que el partido a nivel nacional tenga voz y voto en la confección de las listas para Congreso y Senado, pero no que esa posibilidad se convierta en un auténtico trágala, y que tenga mano libre para todo, incluso yendo en contra de la voluntad expresa de los afiliados. Como ha ocurrido en el PSOE de Andalucía.

Por salud democrática, y para todos los partidos, ese mecanismo tendría que ser regulado y limitado al máximo, de forma que solamente en casos aislados y singulares fuera la dirección nacional la que tuviera la última palabra. Debería reducirse a situaciones específicas y tasadas. Lo contrario es, como digo, una anomalía democrática. Cuando no un abuso.

Al mismo tiempo me parece muy poco presentable, además de esconder un insulto a las distintas direcciones locales, los tejemanejes y los trapicheos que se producen a cuenta de las nominaciones de candidatos por parte de las direcciones nacionales.

Un caso reciente es lo ocurrido en el PSOE. La inicial negativa de Margarita Robles, que iba a repetir como número dos en Madrid detrás de Pedro Sánchez, provocó un auténtico caos interno. De entrada, hubo que desplazar a Madrid a la vicepresidenta, Carmen Calvo, que por eso dejó hueco en Córdoba.

Después, como Margarita Robles sí decidió presentarse al Congreso, y como el puesto de Madrid había quedado ya cubierto, Ferraz se planteó colocarla en León, su tierra. Pero sin descartar Ávila, lo que desplazaba de allí a Grande-Marlaska. Por cierto que el titular de Interior es uno de los ministros que más ha bailado: al principio se apostó por incluirlo en la lista de Madrid, después pasó a Ávila, más tarde a León, luego se habló de enviarle a Málaga, y finalmente ha acabado en Cádiz. Un proceso que no parece demasiado serio. Ni para el partido ni para él.

Ese paracaidismo, como siempre se ha llamado a la práctica de colocar en provincias ajenas y desconocidas a determinados políticos, constituye una práctica en mi opinión anómala, que, como digo, debería ser regulada y limitada.

Y sería conveniente que se tuviera más en cuenta la voz de las respectivas militancias, a las que esos candidatos van a pedir sus votos y a las que teóricamente representarán.

Ciertamente, el fenómeno se da en todos los partidos, y también para elecciones de ámbito local y regional. Baste recordar, por citar un caso, el aterrizaje de Adolfo Suárez Illana como candidato del PP a la presidencia de Castilla-La Mancha, donde cosechó una batacazo espectacular. Por cierto, que ahora lo sitúan en la lista al Congreso por Madrid.

Albert Rivera ha tenido que emplearse al máximo para sacar adelante en Castilla y León la candidatura de la tránsfuga Silvia Clemente a la presidencia de la Junta. Y veremos qué pasa con Bauzá en Baleares.

El “tú eres candidato porque lo mando yo” o "porque a mí me da la gana", no me parece muy presentable.

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En Twitter @JoseApezarena

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