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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Ya no es intocable (Juan Carlos I)

Juan Carlos I, en un viaje a República Dominicana en 2016.
photo_camera Juan Carlos I, en un viaje a República Dominicana

Es bastante valorada la película “Intocable” (“Intouchables” en francés), inspirada en la vida del conde Philippe Pozzo di Borgo, tetrapléjico desde 1993 por un accidente de parapente, y su relación con Abdel Yasmin Sellou, inmigrante con antecedentes penales que entró a su servicio como asistente a domicilio.

Y son mundialmente conocidos los intocables de La India. Uno de cada seis habitantes, unos 200 millones de personas, es dalit, intocable, miembro de la casta más baja. Viven en pobreza extrema, con menos de un dólar al día, y sufren, no sólo desigualdad económica, sino discriminación social. Debido al sistema todavía vigente en el país, su estatus y sus derechos están predeterminados desde el nacimiento hasta la muerte.

Si se recurre a la Real Academia, su diccionario define así intocable: 1. Que no puede ser tocado. 2. Que merece extraordinario respeto y no puede o no debe ser alterado o dañado. Añade la Academia que es semejante a intangible, impalpable

Y la traducción de intocable al castellano, al menos según la Constitución, es esta: inviolable. Su artículo 56.3 dice así: “La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”.

Bueno, pues Juan Carlos I ya no es intocable. Al menos para un juez inglés.

Cuando, a finales del año pasado, se apuntó un inminente regreso de don Juan Carlos a España antes de Navidad, el retorno se aplazó porque había un asunto pendiente: la causa judicial contra él abierta en Gran Bretaña.

Ahora, el magistrado del Tribunal Superior de Londres ha decidido que el rey emérito no tiene inmunidad legal en Inglaterra tras su abdicación, y por tanto puede tramitarse la demanda de acoso interpuesta por Corinna Larsen.

Los abogados de don Juan Carlos argumentaron que tenía inmunidad en virtud de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961, y sobre todo por la Ley británica sobre Inmunidad.

El artículo 20 de la ley de Inmunidad de Estado (State Immunity Act) dice que “el soberano u otro Jefe de Estado, los miembros de su familia que formen parte de su hogar y sus sirvientes privados” se podrán acoger a la protección garantizada por esta norma.

 

En mi opinión, el tribunal londinense ha adoptado una decisión cuando menos discutible. Porque legalmente el emérito es, junto con los reyes, sus dos hijas y doña Sofía, miembro de la familia real española, ya que formalmente no ha sido excluido de ella.

De todas formas, el hecho de que se haya retirado la inviolabilidad tampoco quiere decir demasiado, a los efectos de clarificación de responsabilidades penales. Lo único que ha dicho el magistrado es que es judiciable y que la demanda siga su curso, pero nada más.

Ahora tendrá que ponerse en marcha un complicado proceso en el que la denunciante, Corinna Larsen, deberá probar la existencia de los delitos de los que acusa concretamente a don Juan Carlos.

Corinna habla de acoso y amenazas, fundamentándose en las actuaciones que según ella protagonizó el que fue jefe del CNI, Sanz Roldán, o promovidas por él. De ahí a demostrar que el verdadero patrocinador, y por tanto responsable, es Juan Carlos I, va un hondo abismo.

Pero entre tanto han vuelto a removerse todos los lodos en torno a la figura del emérito, que parecía que iba a salir incólume y que, sin embargo, ahora se ve atrapado por un asunto lateral.

Habrá que seguir el recorrido penal de este sumario, y sobre todo cuándo se solventará. Porque, hoy por hoy, peligra el deseado retorno de don Juan Carlos a España, fijado para al mes de junio, cuando se disputa en la ría de Pontevedra el campeonato del mundo de vela en la clase 6M, que es en la que compite el Bribón, el barco que patronea (sentado) don Juan Carlos.

Mientras se mantenga abierta la posibilidad de una imputación en Londres, y de verse citado a declarar ante el juez, mientras no se cierre esta penúltima peripecia judicial, el emérito seguirá sin poder dormir tranquilo.

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