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Un falso Gobierno de progreso que rompe España

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firman el preacuerdo PSOE-Unidas Podemos.
photo_camera Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firman el preacuerdo PSOE-Unidas Podemos.

"La izquierda española promueve la división entre los ciudadanos". Es una de la conclusiones que merece el Gobierno pactado entre PSOE y Podemos. Así lo afirma, por ejemplo, Barbara Loyer, especialista en España y en los movimientos nacionalistas en España y Europa occidental, profesora en el Instituto Francés de Geopolítica, de la Universidad París-VIII.

En un artículo publicado en Le Monde, Loyer destaca que Pedro Sánchez, para ser investido presidente del Gobierno, ha firmado acuerdos con los nacionalistas catalanes y vascos, a los que, como contrapartida, ha prometido poner de nuevo en cuestión la estructura de España, sin negociarlo con la oposición.

Con ese acuerdo, reconoce el principio de bilateralidad entre el Gobierno de España y el gobierno autónomo catalán (es -apunta Barbara Loyer- como si el presidente de la Asamblea regional de Córcega fuera puesto en pie de igualdad con el presidente de la República Francesa), y desautoriza la actuación de la Justicia española contra el intento de independencia en Cataluña al denunciar la "judicialización" de la política.

La Constitución no aparece en el acuerdo, que, en cambio, habla del "ordenamiento jurídico democrático".

Pedro Sánchez ha concedido al PNV alcanzar un estatus "adecuado", con el "reconocimiento de las identidades territoriales", y negociar un nuevo Estatuto de autonomía. El objetivo del partido nacionalista (explica Loyer) es conseguir el control de la administración de Justicia, la política penitenciaria, la legislación laboral y la seguridad social, con el fin de buscar la construcción de un Estado vasco que comprenda navarra y el país vasco francés.

"La izquierda española parece creer que la Unión Europea se verá consolidada con la explosión identitaria, y la democracia por el soberanismo local".

Resulta extremadamente preocupante ver que toda la izquierda española considera "progresista" la vuelta en España a la afirmación de las identidades territoriales.

PSOE, Podemos y sus aliados aceptan como admisible el ideal nacionalista de apartar las regiones de cualquier solidaridad con las que son menos ricas, e implantar el monolingüismo catalán y vasco. No tienen problema en converger con los representantes nacionalistas, que trabajan incansablemente por levantar fronteras en las ideas, no se privan de palabras racistas y homenajean a los asesinos de ETA.

El rechazo a los efectos de la mundialización liberal lleva a la izquierda a apostar por la promoción de la división entre los españoles, que se presenta como un progreso democrático.

Utiliza el vocabulario de la democracia para animar a los pueblos a que se levanten contra el Estado, y el derecho internacional para reclamar la autodeterminación, no de las personas, sino de los territorios, lo que permitirá obligar a los habitantes de esos territorios a admitir una ideología nacional única ("la identidad territorial"), en contra de los compromisos de 1978 (la Constitución de 1978 estableció la descentralización y la autonomía en diecisiete comunidades).

Los partidos de izquierda exigen que España sea definido como un Estado plurinacional, pero no aceptan que esos mismo se haga en Cataluña y el País, donde buena parte de los votantes se declaran solamente españoles. El proyecto de incluir territorio francés en el Estado vasco no es presentado como un deseo de crear una nueva situación plurinacional francesa y vasca en el seno de la Unión Europea. Parece una estrategia de sustitución de una nación y de un nacionalismo por otro.

Hoy, el acuerdo del PSOE con los independentistas catalanes de Esquerra alarma a la oposición, y quizá a una parte de los votantes socialistas, porque durante la campaña Pedro Sánchez prometió lo contrario.

La alianza con los separatistas, una apuesta más peligrosa que la declaración de independencia de 2017, ha provocado el surgimiento, con Vox, de un nacionalismo español que defiende, igual que en aquellas regiones, la unidad de un pueblo y una lengua en el territorio.

"Quien siembra nacionalismo recoge nacionalismo", concluye Barbara Loyer.

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