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José Apezarena
José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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¡Gracias, Pedro Sánchez, por salvarnos!

Pedro Sánchez vota en las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019.
photo_camera Pedro Sánchez vota en las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019.

Abandonad toda esperanza, repite un amigo mío, tomando la frase de lo que se lee en la puerta del Infierno, en la Divina Comedia.

Lo dice, hablando de la posibilidad de un cambio de Gobierno en España como respuesta de los ciudadanos a la desastrosa gestión de la crisis del coronavirus.

Piensa, y en buena medida coincido con él, que, cuando pase todo, y volvamos a lo que el presidente llama “nueva normalidad” (que en realidad no se sabe qué quiere decir), el balance que harán los españoles resultará favorable a Pedro Sánchez. Y, por tanto, volverá a ganar las siguientes elecciones.

¿Por qué repetirá triunfo en los próximos comicios? Porque la ciudadanía tendrá la sensación de que ha logrado sobrevivir a una terrible amenaza “gracias” al trabajo del Gobierno. No pensarán otra cosa.

Dominados por el alivio de verse salvados, atribuirán el éxito al “protagonista” de la hazaña, olvidando absolutamente la incompetencia, los malos momentos sufridos, los graves errores cometidos, los miles de fallecidos y contagiados, la ausencia de previsión, la falta de material sanitario, las contradicciones, las rectificaciones, las divisiones internas, la falta de mascarillas, la compra de tests inútiles, las manifestaciones del 8-M… todo.

Concluirán, agradecidos, que siguen vivos gracias a Pedro Sánchez.

Cuentan quienes en su día hicieron el servicio militar obligatorio, la mili, que, al cabo de los años, los recuerdos que les quedaron eran evocaciones gratas, nostálgicas, hasta simpáticas, tras haber sepultado en la memoria los malos momentos: maniobras, guardias, gimnasias, ejercicios de tiro, marchas…incluyendo una de las penalidades por lo visto más grandes, el servicio de cocina.

Cuando pase la pandemia, a los españoles les dominará un peculiar “síndrome de Estocolmo”, es decir, la reacción de los secuestrados cuando se ven libres, agradecidos a sus captores porque, a pesar del cautiverio y las penurias sufridas, al final han salido con vida.

Más precisamente lo describen algunas publicaciones especializadas: “El Síndrome de Estocolmo es un estado psicológico en el que la víctima de secuestro, o persona detenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con su secuestrador. En ocasiones, los prisioneros pueden acabar ayudando a los captores a alcanzar sus fines o evadir a la policía”.

A tan atávico impulso ayudará no poco el trabajo de auténtica ingeniería social que se viene realizando desde La Moncloa, con puestas en escena, lenguajes y mensajes subliminales de “apóyame porque yo soy la única solución para ti. Solo yo te puedo salvar”.

Por eso protagoniza Pedro Sánchez en primera persona casi todos los anuncios.

Cuando salgamos de esta, el recuerdo que quedará es que hemos sobrevivido, y que el protagonista ha sido Sánchez. Y ya está.

Vendrán luego unas elecciones generales, y volverá a ganar.

Dice mi amigo que solamente existe “una única esperanza” de que Pedro Sánchez no repita victoria: que el caos económico que se anuncia como consecuencia del coronavirus, los seis millones de parados que vamos a tener… provoque una situación social tan insoportable que los votantes reaccionen castigando al Gobierno.

A esa “esperanza” tendría yo que formular dos matices. El primero, que mal rayo me parta si la única forma de cambiar de Gobierno es que se destruya el país. El segundo, y más importante: que ya se encargará Pedro Sánchez de adelantar al máximo las elecciones, para que no dé tiempo a que los ciudadanos padezcan las consecuencias de esa aterradora crisis.

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