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A qué juega en realidad Pablo Iglesias

La rueda de prensa montada ayer por Pablo Iglesias tras haber sido recibido por el rey, dentro de las consultas para la investidura, constituye un despropósito de tal calibre que resulta impensable que se trate de un error, impropio de un estudioso de la teoría política y de un estratega de la acción social.

La escenificación de la comparecencia, el tono desafiante utilizado y el contenido de sus afirmaciones merecen ser analizados con alguna pausa.

Sobre el escenario, resulta pretencioso, cuando no insultante para los futuros socios, ver ante las televisiones al presunto “Gobierno en la sombra” de Podemos, es decir, a los futuros titulares de los ministerios que exige a Pedro Sánchez como condición para un pacto, además de la vicepresidencia para el propio Pablo Iglesias.

Cuando todavía no se ha cerrado ni firmado el acuerdo, tratar de imponer al socio unas tan elevadas contrapartidas, visualizándolas además ante la opinión pública por el sistema de rodearse de esos futuros ‘ministros’ (entre ellos, el ex JEMAD José Julio Rodríguez, preconizado ministro de Defensa), constituye una evidente torpeza.

El tono del líder de Podemos mostró un personaje excesivamente crecido y creído, pagado de sí, convencido de que iba a hacer un favor (incluso lo dijo) al PSOE y a Pedro Sánchez ‘concediéndoles’ el honor de apoyarles en la investidura. Sus afirmaciones maximalistas estuvieron igualmente fuera de lugar. Ni era el momento, ni era el modo, ni fueron las palabras adecuadas.

No es, por eso, extraño que tal obra de teatro provocara inmediatamente reacciones de crispación y enfado en el PSOE, cuyos dirigentes y militantes se sintieron insultados y vejados por quienes decían que iban a ser sus socios.

Como digo, la rueda de prensa constituyó un flagrante error por lo que se refiere a la reacción provocada en el socialismo.

Pero es que, además, ha dado a Mariano Rajoy la excusa perfecta para poder anunciar públicamente su decisión de apartarse, al menos momentáneamente, de la pelea por la investidura. Lo cual ha colocado de improviso a Pedro Sánchez en la primera línea, y además con una urgencia que él no había calculado.

Demasiados fallos y demasiado gordos, como para creer que solo ha sido un error. Más bien habría que concluir que lo ocurrido refleja una iniciativa deliberada y calculada por parte de Pablo Iglesias precisamente para provocar esas reacciones. Pero, ¿con qué objetivo?

Porque, insisto, no ha sido un exceso, sino más bien una jugada. De póker, de mus o de ajedrez. O de las tres al mismo tiempo.

Su órdago de ayer ofrece dos salidas y las dos beneficiosas para el líder de Podemos. La primera: si de verdad Pedro Sánchez quiere contar con ellos para lograr la investidura, deberá pagar el elevadísimo precio de darles la vicepresidencia del Gobierno y ministerios claves tan decisivos como Exteriores, Defensa, Educación, autonomías... ¡Ahi es nada! Si le sale bien, eso que gana.

La segunda es que rechace su amistad y, en consecuencia, que tengan que celebrarse de nuevo elecciones. A la vista de tamañas exigencias, y de lo escenificado ayer, parece bastante probable que lo provoque, es decir que el socialismo institucional repudie ir de la mano de compañeros tan poco ejemplares y saludables. Con ello, Pablo Iglesias conseguiría que el partido de Pedro Sánchez aparezca públicamente como el que se niega al famoso “Gobierno de progreso” y pague electoralmente por ello.

Pero sobre todo, de cara a esa nueva convocatoria, todas las encuestas pronostican un aumento de votos para Podemos, que incluso podría superar al mismísimo PSOE y ser segunda fuerza. Con lo que la aspiración a sustituir al partido de Pedro Sánchez, que es el objetivo máximo de Pablo Iglesias, estaría más cerca que nunca.

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Twitter: @JoseApezarena


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