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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Maldita política, malditos políticos

La pandemia va para largo
photo_camera La pandemia va para largo

Siempre he considerado que criticar la política sin más, la política como tal, constituye un grave error, porque provoca consecuencias muy negativas para los países, las sociedades y los ciudadanos.

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La pandemia de coronavirus supera los 43 millones de casos con 1,15 millones de muertos.

Suele ser un lugar común afirmar que la política es terreno resbaladizo, peligroso, donde se cultiva la traición y priman el interés individual y la ventaja personal, y donde la corrupción es generalizada.

Tales consideraciones tienen, por supuesto, algún fundamento.

Pero se olvida que también se da el servicio al bien general, el sacrificio, la atención intensa, el trabajo exigente y la dedicación altruista y desinteresada, pensando solo en el beneficio de la comunidad. De que también existen también ética y ejemplaridad. Incluso de forma mayoritaria.

El problema de fijarse exclusivamente en lo primero, en las miserias de la política, que resultan llamativas porque se ven más, y de concluir que se trata de una actividad desaconsejable, lo que provoca es que los ciudadanos más valiosos y cualificados huyan de terreno tan pantanoso, que por tanto puede verse ocupado por facinerosos y desalmados, personas insolventes, no fiables, y en tantos casos, sin duda, por incapaces e inútiles. De esos que nunca han trabajado en nada serio y no saben hacer la o con un canuto.

Así que en general procuro evitar la demonización de la política y de los políticos, precisamente para no desanimar a gentes valiosas y preparadas, dispuestos a optar por ese cometido incluso aunque puedan ganar menos dinero que en la actividad privada, pero que tanto bien pueden proporcionar encargándose de los asuntos públicos.

Por lo mucho que hay en juego, tendría que interesarnos a todos que los políticos provengan de los sectores más capacitados, por cualidades y preparación.

Viene a cuento todo este preámbulo a que me estoy cansando de tanta política. Mejor dicho, de tanto politiqueo en asuntos críticos, en problemas sustanciales. Como es el caso de la pandemia de coronavirus.

Tratándose de cuestión tan grave, gravísima, cuyas consecuencias son (por ahora, porque esto no ha acabado ni mucho menos) cientos de miles de contagiados por el virus, decenas de miles de muertos, una economía destrozada y cifras pavorosas de paro, me parece deplorable el espectáculo que están ofreciendo las autoridades concernidas, los partidos y los políticos.

La prioridad tendría que ser afrontar definitivamente semejante reto y solamente eso. Y hacerlo todos a una, juntos, sumando inteligencia y capacidades, sin parar mientes en a quién puede beneficiar o perjudicar una cosa o la otra, mirando solo al interés del conjunto, de todos, del país.

Tal tendría que ser la disposición y la actuación de quienes son parte actora en el desafío.

Sin embargo, resulta que, a la hora de enfrentarse el virus, las prioridades se centran en cómo se percibe la imagen de uno y de otro, qué ventajas conseguir de cara a unas hipotéticas elecciones, cómo posicionar a un candidato, cómo derribar a los contrarios

El espectáculo es lamentable. Por parte de unos y de otros. Falta grandeza de ánimo, generosidad para aparcar egoísmos e intereses particulares y sumarse a la tarea común. Aunque eso provoque, si fuera el caso, detrimento en objetivos partidistas de corto plazo, que incluso puedan verse castigados.

Nadie se está comportando con las miras altas de colocar en primer lugar el bien general, que en este caso se resume en afrontar y derrotar a la pandemia.

Las vicisitudes de la batalla de Madrid es un  ejemplo paradigmático.

Cito un caso particular, como reflejo de lo que podemos llamar politiqueo. El órgano interterritorial que reúne a los consejeros de sanidad de todas las comunidades autónomas estudió hace unos días la normativa sobre restricciones de movilidad en determinadas zonas y poblaciones, las más castigadas por el Covid-19.

Las comunidades en las que gobierna el Partido Popular sostienen que lo aprobado no es válido porque se requiere voto por unanimidad. Mientras, las comunidades “socialistas” afirman lo contrario. Y resulta que en anteriores consejos interterritoriales, cuando gobernaba en España el PP, las posiciones de ambos grupos eran las opuestas: las autonomías gobernadas por el PSOE sostuvieron la exigencia de la unanimidad, mientras que las “populares” mantuvieron que bastaba con la mayoría. Un evidente caso de oportunismo político por las dos partes. Y así todo.

España afronta ya una crisis económica y social como nunca habíamos conocido. Y, en lugar de disponerse todas las fuerzas políticas a trabajar unidos, a colaborar en el desafío de sacar adelante el país entre todos, aparcando para ello cortoplacismos y objetivos particulares, seguimos en la división, el enfrentamiento y la pelea.

Ya nos ocurrió en la crisis de 2008, cuando fue imposible una acción común protagonizada por los principales partidos. Pero es que lo que ahora viene es muchísimo más grave. Y seguimos divididos, cada uno a lo suyo.

Ojalá no llegue el momento en que, vistos los resultados finales, tengamos que concluir repitiendo el titular de este artículo: Maldita política, malditos políticos.

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