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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Los muertos vivientes que deja Pedro Sánchez

Carmen Calvo en una comparecencia en La Moncloa
photo_camera Carmen Calvo en una comparecencia en La Moncloa

Es tema frecuente en el mundo del cine de terror la presencia de muertos vivientes, que peregrinan de acá para allá, ellos mismos asustados y a la vez atemorizando a todos los demás.

Me venía a la mente esa imagen cuando me he puesto a repasar la relación de personajes que se han visto calcinados, fagocitados, destrozados, excluidos, aparcados y demolidos en las cercanías de Pedro Sánchez y condenados por él.

No obstante, hay que precisar que se trata de un proceso bastante normal en política, porque todos los que han tenido o tienen poder han dejado cadáveres aquí y allá. No se trata, pues, de una exclusiva de Pedro Sánchez, aunque este parece haber desarrollado una especial capacidad.

Aclaro también que no me refiero a los que han sido directamente liquidados por el líder, como Tomás Gómez, Antonio Miguel Carmona, e incluso Jordi Sevilla, entre otros. Me refiero a los que ha dejado semimuertos.

Por empezar por algún sitio, he recordado aquellos dos neoministros que apenas duraron unos instantes en el Gobierno. Me refiero a Maxim Huerta, que tiene el record nacional porque duró seis días en la poltrona, y a Carmen Montón, sepultados en el olvido.

Otro es Pepu Hernández, laureado seleccionador de baloncesto, figura reconocida por ese trabajo, a quien Pedro Sánchez reclutó como candidato socialista en Madrid y que  se estrelló en las elecciones, para luego vagar como alma en pena en la política madrileña. En mala hora se le ocurrió a Sánchez esa idea, que ha desmoronado una figura como la de Pepu.

Incluso habría que hablar de Ángel Gabilondo, que situó como cabeza de lista en la Comunidad, cuando todo el mundo veía claro que no tenía ninguna opción. Y al que obligó a un metamorfosis personal, de estilo y tono, que no le pegaba nada, y que, si Dios no lo remedia, lo ha dejado inhábil para convertirse en los que todo el mundo pensaba: Defensor del Pueblo.

Hay que citar, desde luego, a Rosa María Mateo, a quien Sánchez sacó de un confortable retiro para meterle en el torbellino de Radiotelevisión Española, y que deja como herencia haberse cargado TVE, situándola en las peores cifras de audiencia de la historia. Un pésimo recuerdo para la historia.

Y en esa categoría va a entrar el ínclito José Félix Tezanos, al que se tenía por un sociólogo medianamente competente pero que ha arruinado el CIS, derribando la credibilidad de una institución clave en las estructura del país, lo cual constituye todo un récord. Y él mismo se ha puesto definitivamente en ridículo.

A ellos se añade la suma de decapitados en la última crisis ministerial, con dos víctimas singulares: Carmen Calvo y José Luis Ábalos, aunque de la primera, se dice que Sánchez le premiará nombrándole presidenta del PSOE en el próximo congreso federal.

De los siete ministros cesados, ellos dos son los únicos que pueden refugiarse en el Congreso, dada su condición de diputados.

Y no podemos olvidar a Pedro Duque, el astronauta que bajó a la Tierra para salvar la ciencia y que ha marcado menos huella que las que dejaron en la Luna Armstrong y Aldrin, los tripulantes del Apolo 11.

Víctima es Isabel Celáa, descalificada por sus comportamientos, por sus afirmaciones y por sus leyes, que destrozarán la educación de este país por décadas.

En el olvido quedarán una inédita Arantxa González Laya y un descafeinado Juan Carlos Campo, que ahora se ha atrevido a solicitar su plaza en la Audiencia Nacional a pesar de que lleva veinte años sin dictar una sentencia, una incorporación que ha indignado en la Judicatura.

Y, como en la película El Sexto Sentido, en la que el protagonista, Bruce Willis, está muerto pero no lo sabe, encontramos en el escenario algunos cadáveres políticos a la espera de que se desvele que lo son, como Alberto Garzón, Manuel Castells y hasta Irene Montero, que han sobrevivido solo porque Sánchez no ha querido entrar a matar en el pacto con Podemos que a él mismo le mantiene políticamente vivo, asentado en La Moncloa.

Pero, por supuesto, en primera posición habría que ubicar a Iván Redondo, guillotinado inopinadamente cual nuevo Luis XVI, y que ha empezado a deambular en esa condición de semicadáver.

Hay que precisar que, de los aludidos, todos aceptaron voluntariamente las propuestas recibidas. Pero en la cabeza de un líder debería primar la obligación de no plantear retos a personas incapaces, que van a dar, como resultado, el fracaso en el cometido encargado, pero sobre todo el destrozo del personaje elegido.

Al acabar, me venia a la cabeza el chiste funerario en el que, el enterrador, al oír voces desde una tumba diciendo “que estoy vivo”, responde: “Tú, lo que estás es mal muerto”. Y lo recordaba porque a veces los muertos resucitan. Que se lo digan a Óscar López, que parecía una mojama más gastada que la momia de Tutankamon y ahora se ha convertido en factótum de La Moncloa y está al lado del líder. Las cosas de la política.

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