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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Pedro Sánchez, pato cojo

photo_camera Pedro Sánchez, en el Pleno del Congreso

La expresión ‘síndrome del pato cojo’ (lame duck, en inglés) pertenece a la cultura política norteamericana. Se adjudica al presidente de los Estados Unidos que, por acercarse al final de su segundo mandato, y por tanto ya no poder presentarse a las elecciones siguientes, acaba convirtiéndose en un personaje irrelevante a pesar de seguir viviendo en la Casa Blanca. Porque no va a tomar grandes decisiones, y porque ya nadie le hace caso. Está, por así decirlo, amortizado.

Por lo visto, se utilizó en la Bolsa de Londres en 1761 para describir a "un especulador que ha adquirido unas opciones de compra a las cuales no puede hacer frente" (Carta de Horace Walpole a Sir Horace Mann). Un pato cojo era, por esa circunstancia, alguien que podía ser cazado fácilmente, víctima propicia de los depredadores (los especuladores).

Pero fue en 1926 cuando se aplicó por vez primera a un presidente de los Estados Unidos. Concretamente a Calvin Coolidge. El periódico de Wisconsin Appleton Post-Crescent le dedicó un artículo titulado “Making a lame duck of Coolidge”.

Aquí, en España, Pedro Sánchez se las prometió muy felices cuando cerró el pacto para sacar los presupuestos de 2022. Había conseguido un acuerdo que le garantizaba culminar la legislatura con cierta tranquilidad, y llegar a las elecciones de finales de 2023 sin contratiempos graves.

Parecía, pues, que comenzaban tiempos tranquilos para el presidente del Gobierno. Pero no va a ser así.  La realidad es que se anuncia un año 2022 de nubarrones.

Viene un año muy difícil. Con una enorme sexta ola de coronavirus que nadie asegura que será la última. Con el precio de la energía cada vez más alto (y hasta problemas de suministros) y la electricidad disparada. Con una inflación incontenible como no se había conocido en los últimos treinta años...

Tenemos patas arriba la economía, con previsiones de crecimiento muy por debajo de la media europea, con inflación desbocada y la deuda más alta de la historia. Y es momento de gobernar. Más aún cuando se anuncian esos fondos europeos que, por lo visto, van a llegar pronto y en cantidades infinitas.

Hay mucha tela que cortar, y el presidente tiene que ponerse a ello con la máxima intensidad y energía. Mucho más ahora que ya no necesita negociar los apoyos de las demás fuerzas y por tanto tendrá margen. Y tiempo.

El año 2022 debería ser tiempo de recuperación, de reconstrucción. Y lo último que necesitaría este país es un pato cojo, un presidente mermado. O incapaz.

 

Porque hay que decir que Pedro Sánchez apenas ha gestionado. Dicho de otra manera, apenas ha gobernado.

Quizá, por así decirlo, debido a que no ha tenido oportunidad, ocupado en afrontar pandemias y otras urgencias imprevistas: Filomena, invasión de emigrantes en Ceuta, volcán de La Palma, evacuaciones en Kabul, disturbios en Cádiz, manifestaciones de policías y de agricultores... todo ello en medio de una situación de pandemia que nunca ha estado controlada.

Lo más potente que ha hecho ha sido proceder a una crisis de Gobierno que, sin embargo, le ha salido mal porque no le ha servido para recuperar imagen ni iniciativa política. Incluso ha bajado enteros la valoración del Gabinete desde julio. Que ya es decir...

Ha llegado, en fin, la hora de que Pedro Sánchez se arremangue y se dedique a resolver problemas, en lugar de crearlos. Y de que se olvide de maniobras, de fuegos artificiales como la exhumación de Franco, de leyes de memoria históricas y otras distracciones, y se aplique a sacar adelante la economía de país

Por cierto, no hemos empezado muy bien. Porque el Gobierno se ha ido de vacaciones y no hay consejo de ministros hasta el 11 de enero. Se lo están tomando con calma.

Y a la oposición le toca no destrozar, sino empujar en la misma dirección. Colaborar en la necesaria de reconstrucción es una exigencia de patriotismo y un acto de servicio. Aunque también podría enfocarlo como un como acto de egoísmo. Porque estoy seguro de que desearían heredar, en su momento, un país en las mejores condiciones posibles. Imagino que eso es así.

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