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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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¿Se puede -se debe- fiar Pablo Casado de Pedro Sánchez?

Pablo Casado y Pedro Sánchez, en el Palacio de la Moncloa.
photo_camera Pablo Casado y Pedro Sánchez, en el Palacio de la Moncloa.

Pedro Sánchez se ha pasado largas temporadas sin ni siquiera coger el teléfono al líder del primer partido de la oposición, Pablo Casado.  Ninguneándolo clamorosamente.

Además, siempre que tenía ocasión se esforzaba en vincularlo a la extrema derecha, comparándolo y equiparándolo con Vox, sin excluir para él y su partido el calificativo de franquistas.

Celebradas las elecciones de noviembre, en las que el PSOE no alcanzó, ni de lejos, la mayoría para poder gobernar, Sánchez ni llamó a Casado.

No se dirigió a él, no ya por cortesía, sino aunque solo fuera para testear si existía alguna posibilidad de un gobierno de coalición con el PP, o, en su caso, un acuerdo de legislatura que le permitiera gobernar en solitario, sin la hipoteca de populistas e independentistas. No. Directamente, en veinticuatro horas, firmó el pacto con Pablo Iglesias. Sin anestesia.

Por si fuera poco, en el Partido Popular se ha recibido como un profundo gesto de hostilidad contra ellos, como una decisión amenazadora, el nombramiento de Dolores Delgado como fiscal general del Estado.

Aparte de las connotaciones respecto al futuro de los dirigentes independentistas catalanes, en la expectativa de la reforma del Código Penal sobre los delitos de rebelión y sedición, la figura de Delgado inquieta singularmente en Génova por su estrecha relación con Baltasar Garzón.

El ex juez, no solo defiende a tres comisarios procesados por el ‘caso Villarejo’, sino que fue él quien inició la investigación de la Gürtel, la trama de corrupción que implicó al PP. Así que no lo tienen precisamente como un amigo.

Con todos esos antecedentes, y otros más que no vienen al caso relatar, ahora resulta que Pedro Sánchez está empezando a lanzar mensajes pidiendo que se "tranquilice" la vida política, y reclamando a la oposición sentido de Estado para acordar los asuntos más relevantes para el país.

En ese línea, ha citado a Pablo Casado en La Moncloa, donde han conversado durante hora y media, el doble de lo que duró la última reunión entre ambos.

Pedro Sánchez empieza a pedir árnica. Después de haber puesto en práctica todo lo que ha querido, va a necesitar algo más que el delicado e inestable respaldo de sus socios preferentes, Podemos, Esquerra, PNV, Bildu...

Por lo visto, ahora sí está dispuesto a negociar. Y por eso ha rebajado el pistón de la enemistad y la distancia con el PP. Ya no hay cordón sanitario.

¿Qué retos le esperan a Pedro Sánchez, que le obliguen a buscar los consensos que ha excluido hasta aquí?

De entrada, no hay que descartar que, en el encuentro de ayer, haya ofrecido al líder del PP alguna explicación convincente sobre lo ocurrido con el Delcygate, la visita de la vicepresidenta de Venezuela. Y que, incluso con ello, esté intentando salvar el cuello a José Luis Ábalos.

Tal vez también haya intentado dar razones sobre la visita de pleitesía a Quim Torra en Barcelona, la mesa de negociación "gobierno a gobierno", el relator internacional...

Además, el Gobierno tiene que negociar con Europa las nuevas cuentas, incluyendo que la UE flexibilice algunas exigencias, por ejemplo respecto al déficit tolerado, y no le vendría mal algún apoyo en Bruselas. Y luego vendrán los Presupuestos.

Por no hablar de la renovación del Tribunal Constitucional, del Consejo del Poder Judicial, del consejo de RTVE... para los que Sánchez va a tener que pactar, sí o sí, con el Partido Popular.

Desde mi punto de vista, Pablo Casado afronta un problema: la fiabilidad del presidente del Gobierno. La evidencia de que su palabra tiene el valor de un soplo de viento: ninguno. Cambia de opinión, se contradice, una vez y otra, con la mayor frescura, que otros llamarían desvergüenza.

Así que, además de ponerle condiciones, de solicitarle garantías, una vez que las reciba, si tal cosa ocurre, Pablo Casado tendrá que decidir si se fía de Pedro Sánchez. Y el veredicto no va a resultar nada sencillo. Porque son muchas las malas experiencias acumuladas hasta ahora.

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