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La rabia del PP y la tentación de Mariano Rajoy

El 14 de marzo de 2004, a los tres días de los terribles atentados del 11-M en Madrid, el Partido Popular perdió las elecciones generales de forma absolutamente imprevista.

Estaban seguros, porque así lo habían pronosticado las encuestas, de que conseguirían una amplia mayoría absoluta, pero se vieron superados. Y, además, por un desconocido llamado José Luis Rodríguez Zapatero.

Los dirigentes, militantes y votantes populares reaccionaron primero con estupor, y enseguida con rabia, por considerar que les habían “robado” la mayoría, y por tanto el Gobierno, de una forma incluso irregular.

Tardaron mucho en asimilar esa derrota. Fueron tiempos de radicalización, hasta el punto de que el país quedó partido en dos mitades enfrentadas, sin que se tolerara neutralidad alguna: o se estaba en un bando, o se estaba en el otro.

Una rabia parecida empieza a apoderarse de amplios sectores del PP, que consideran que también ahora les han arrebatado el Gobierno de forma inapropiada, por una impresentable confabulación de partidos dispares y hasta contrarios, a los que ha unido únicamente un objetivo: destruir a Mariano Rajoy, y con ello desalojar al PP de La Moncloa. Y nada más.

No hay que descartar que ese profundo sentimiento de indignación, en lugar de conducir al desánimo y la postración, pueda convertirse en espoleta para una explosión de furor político, que movilice a bases y cuadros del PP, en una reacción que se convierta en el inicio de la recuperación. Y de la imprescindible regeneración. Hay que esperar.

Y, pendientes de esa regeneración, que tendrá que ser profunda, las miradas se centran en el líder actual, Mariano Rajoy. ¿Es posible, es imaginable, una renovación seria del PP, y que, al mismo tiempo, siga a la cabeza su actual presidente? A primera vista, parece complicado.

Rajoy, que se ha sentido desalojado, que considera que ha salido de la presidencia por la puerta de atrás, puede plantearse como objetivo prioritario recuperar el Gobierno: encabezar la lista de su partido en las próximas elecciones generales, con idea de alcanzar una victoria que le permita retornar a La Moncloa por la puerta grande.

De esa manera, borraría del relato histórico futuro el baldón de haber sido el primer presidente derribado por una moción de censura. Porque habría vuelto a ganar.

La tentación puede convertirse para él en irresistible. El problema es que, si insiste en mantenerse al frente del partido, a lo mejor esa meta se convierte en imposible precisamente porque su figura sea el principal obstáculo para alcanzarla.

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En Twitter @JoseApezarena

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