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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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San Cojoncio

photo_camera Registro Civil de Madrid

Debatíamos el miércoles, en el programa Hablando Claro, que presentan en RTVE Lourdes Maldonado y Marc Calderó, sobre la negativa a inscribir a una niña con el nombre de Hazia, que los padres eligieron porque en euskera significa “semilla”, y también “crecer”, “criar” o “sembrar”, pero igualmente “semen”, que es por lo que lo ha rechazado la juez de Vitoria.

En euskera están ampliamente aceptados nombres como Zigor o Iraultza, que significan “castigo” o “revolución”, y las familias no tienen problema en inscribir con ellos a sus hijos.

La legislación actual establece que, en caso de que el nombre planteado por los padres sea rechazado y no hagan llegar otra propuesta en tres días, el juez tiene la potestad de asignar un nombre a la criatura. Y en este caso ha quedado inscrita como Zía, palabra latina de sonoridad semejante y que igualmente significa semilla.

He de decir que, desde mi punto de vista, la juez lo tiene perdido. Si la familia recurre, como ha anunciado, pienso que conseguirán su objetivo con Hazia.

Lo del nombre podría parecer un asunto menor, pero no lo es. Basta ver las intensas deliberaciones que tantas veces se desarrollan en los matrimonios y en las familias; también en la familia política, por supuesto. Pero es que, además, se trata de algo que acaba identificándonos y que nos acompaña toda la vida.

Es más. He leído que, según la ciencia, el nombre puede afectar a la personalidad. Ahí es nada.

En el programa salió a colación que, además de los más tradicionales, últimamente se han puesto de moda nombres como Arya o Daenerys, personajes de la serie Juego de Tronos, y de cantantes como Miley y Shakira

Aproveché para comentar que algunos padres merecen “un buen coscorrón” por poner a sus criaturas nombres elegidos según su propias y hasta egoístas preferencias, pero sin pensar en sus hijos y en cómo se sentirán con tales denominaciones cuando pasen diez, quince o veinte años.

Y así derivamos a qué nombres pueden o no pueden inscribirse en España.

 

Pues bien, es conocido que se suelen rechazar los que puedan tener un significado peyorativo para los pequeños, como Engendro, Loco y Caca. Aun así, algunos nombres como Lobo o Goku han acabado aceptados después de ser rechazados en primera instancia.

Entre los “nombres prohibidos” figuran los que tienen connotaciones negativas, como Satán, Judas, Hitler, Caín, Stalin y Osaba Bin Laden.

No están permitidos los nombres completos de personajes históricos o famosos, como Rafa Nadal, Leo Messi y Karl Marx, salvo que el apellido coincida. Así, al apellido Prats se le puede añadir Matías, como el presentador de televisión, y a Iglesias, Pablo, como en el caso del ex líder de Podemos y el histórico dirigente socialista.

No se admiten nombres completos que resulten famosos, como Indiana Jones o Anna Karenina. O sea, apunto yo, el famoso “Kevin Costner de Jesús” del chiste no es viable.

Los apellidos no son nombres: no cabe llamar al hijo Gutiérrez o Martínez. No valen los que semejan frutas, como Manzana y Peral.

No está permitido poner el mismo nombre entre hermanos, ni siquiera Juan y John. Nombres compuestos, sí, pero no más de dos

No se aceptan los diminutivos, como Teresita, Anita, Juanito. Tampoco los acrónimos, abreviaturas y siglas

No caben nombres de ciudades, a pesar de los protagonistas de La Casa de Papel, Tokio, Río y Berlín. Ni de marcas y productos comerciales, como Gucci, Nutella o Colgate, algo que es relativamente frecuente en países de Latinoamérica.

Ese mismo día, en una conversación familiar se planteó la cuestión de los nombres más o menos llamativos o extraños, y uno de los participantes apuntó la existencia, en la Castilla profunda, del nombre de Cojoncio, que correspondía a un santo, San Cojoncio, asegurando que había conocido a un personaje que lo ostentaba: un tal don Cojoncio, párroco rural.

Sorprendido por tal posibilidad, y ahondando un poco, leo que Cojoncio es uno de esos nombres que nadie sabe si tan siquiera existen. Su origen es incierto, su etimología puede venir de “cojón” o de “cojo”, palabras que proceden de raíces diferentes, así que uno que se llamara Cojoncio no sabemos si tiene que ver con sus atributos o con su extraña forma de andar.

El Santoral tampoco acoge a San Cojoncio, ni a ningún santo con un nombre parecido. Y, ya que estamos en plan escatológico, tampoco existe San Cagancio. Con perdón.

editor@elconfidencialdigital.com

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