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El voto del cuarto ‘gin-tonic’

Bandera de Vox en la manifestación del 10 de febrero en la Plaza de Colón de Madrid.
photo_camera Bandera de Vox en la manifestación del 10 de febrero en la Plaza de Colón de Madrid.

Siento un profundo respeto por el voto de toda persona, cualquiera que sea la papeleta o la opción escogida. Constituye un reflejo elemental de la libertad que cada uno tenemos para apoyar, o rechazar, una opción política determinada. Y eso me parece inviolable.

Por ello, el veredicto libremente expresado que, en cada ocasión, ofrecen las urnas se convierte en un mandato, casi sagrado, para toda la sociedad implicada, guste o no el resultado que ofrezca. Y debe ser respetado rotundamente.

Hace una semana, un conocido comentarista político publicó una desaforada columna titulada: “Vox: el partido del cuarto gin tonic”. Sostenía que el movimiento visceral de Abascal se identifica en el calentón, el cabreo y el victimismo. “Vox es un partido de calentón, de venirse arriba”. Es el voto de la revancha. La solución al cabreo y la desdicha.

“A Vox –añadía- no se le vota con la cabeza. Ni siquiera con el corazón. Se le vota con el hígado, con el estómago y con los huevos. Es el partido de la testosterona y del "viva Epppaña", del complejo de inferioridad, del oscurantismo, del paraíso perdido”.

Hasta aquí, puede decirse que se trataba de un análisis más. Un punto de vista, una reflexión particular, seguramente exagerada y tremendista, con la que se podía estar de acuerdo o no. Y poco más.

El paso siguiente, sin embargo, pienso que iba demasiado lejos, al sostener que votar a Vox “requiere al ciudadano sobrepasar elevadas tasas de alcoholemia”.

“Tranquiliza –añadía- que los colegios electorales abran sus puertas por la mañana. Se vota en sobriedad, al menos hasta que el carajillo o el copazo de la comida dominical predisponen la espiral de la desinhibición”.

Desde mi punto de vista, no creo que quienes el día 28 puedan escoger la papeleta de ese partido respondan, en su mayoría, al perfil personal trazado en dicha columna. Sobre todo en lo relativo a la necesidad de copazo como requisito previo ineludible.

En ese 12% de votantes que otorgan a Vox las encuestas, tiene que haber, hay, mucha, muchísima, gente que podríamos calificar como normal. Enfadados, desencantaos, desengañados, indignados, cansados… sí, muy posiblemente, pero no bravucones y alcohólicos como los descritos

Por eso mismo, tengo la impresión de que una parte, quizá no pequeña, de ese 12% se lo pensará en el último minuto. Llegado el instante final, el momento de depositar el voto en la urna, reconsiderarán si con eso ayudan a resolver el problema de España, que básicamente se llama Pedro Sánchez. Y tal vez entonces escogerán otra papeleta. Tal vez.

Esto lo saben bien en la cúpula de Vox, y por eso no se fían. Tal como se ha publicado en ECD, temen que una porción de sus partidarios decidan en el último minuto votar al PP, como mal menor, única posibilidad de impedir un Gobierno como el que hemos sufrido hasta ahora, paralizado, desnortado, incapaz, pero sobre todo uncido al yugo de independentistas y ex miembros de ETA.

Esos votantes saben que tendrán más oportunidades de “castigar”, por así decir, las carencias y desengaños causados por el Partido Popular. Y, además, no muy tarde, porque en mayo hay elecciones municipales, autonómicas y europeas. Pero ahora se está jugando el futuro de España.

De cara al día 28, algún movimiento de recuperación se está produciendo ya hacia el PP, todavía leve, como consecuencia de la nueva línea de Pablo Casado, y de sus nuevos candidatos.

Quedan por delante seis días y dos debates televisados. En los que no estará Vox. Con lo que, por cierto, les han prestado el gran servicio: no se desgastarán en la confrontación, y aparecen ya como un partido perseguido.

Es otro favor más a Vox de los demás partidos. Le están haciendo la campaña, mientras Abascal y compañeros siguen adelante casi sin despeinarse.

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En Twitter @JoseApezarena

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