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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Qué oculta Pedro Sánchez

Pablo Iglesias y Nadia Calviño.
photo_camera Pablo Iglesias y Nadia Calviño.

Visto el episodio del incomprensible pacto con Bildu y Podemos para, presuntamente, anular la actual legislación laboral, procedente de la reforma que en su día aprobó el Gobierno de Mariano Rajoy, y la suma de escándalos que ha acumulado ese acuerdo, voy a intentar ponerme en el pellejo de Pedro Sánchez para tratar de entender qué está pasando, por qué, y sobre todo para qué. Qué pretende.

Qué está pasando. Pasa que nuestro presidente del Gobierno tiene la costumbre, atávica creo, de enfrentarse a los problemas, cualesquiera que sean, improvisando a toda pastilla una decisión inmediata que lo arregle, que lo resuelva como sea, sin pararse a pensar en las derivas, en las consecuencias secundarias. Que se arregle y ya está. Y luego, ya veremos.

Y de esa forma deja para después poner soluciones a los daños colaterales que puedan producir sus arrancadas irreflexivas.

Lo ha practicado en numerosas ocasiones, y después ha tenido que dedicar enormes energías a tapar hemorragias y cerrar heridas, a veces más graves que el problema que pretendió resolver.

Es su sistema y, por lo que se ve, hasta ahora no le ha ido tal mal: sigue en La Moncloa.

Pues eso es lo que ha puesto en práctica también con el sorprendente pacto PSOE-Podemos-Bildu.

Pedro Sánchez necesitaba sacar adelante en el Congreso la prórroga del estado de alarma, y le valía cualquier cosa. Todo. Incluido firmar y rubricar un papel con Podemos y Bildu.

Y, una vez celebrada la votación y conseguida la mayoría necesaria, llegó el momento de arreglar el desaguisado dando marcha atrás.

Se desmintió a su mismo y a su partido y dijo que, de acabar con la reforma laboral, nada de nada. En todo caso, modificar “los aspectos más dañinos”. O sea, agua de borrajas.

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Arrimadas valora la armonización fiscal propuesta por ERC.

Y como resultado, ha dejado descompuesto a su propio partido, que no entiende nada, cabreado a Pablo Iglesias porque han desautorizado su firma, escocido al PNV, y ha obligado a los empresarios a echarse al monte. Un récord mundial.

Vamos con el porqué. ¿Por qué tanto interés en prorrogar el estado de alarma?

Si veía que estaba en peligro la votación, podría haber renunciado. Y, en el caso de que, como consecuencia, se produjera un grave incremento de la pandemia, podría aprovechar esas malas cifras para cargar toda la responsabilidad sobre la oposición, singularmente en su rival principal, el PP de Pablo Casado.

Pero, si le pareció tan importante prorrogar las medidas de contención (incluso va a intentar próximamente una prórroga más del estado de alarma), no creo que su prioridad haya sido proteger a los españoles.

Vamos con el para qué.

Pedro Sánchez está, una vez más, como siempre, pensando en términos de interés político suyo. Es decir, en cómo mantenerse en La Moncloa. Y eso pasa, entre otras cosas, por no incurrir en un rechazo absoluto y global de los ciudadanos a su gestión del coronavirus.

Calculo que Sánchez pone tanto interés en mantener la escalada porque busca eludir cualquier mínimo riesgo de que, a la vuelta del verano, se produzca una crisis como la que hemos vivido en marzo, con la sanidad colapsada y cientos de muertos cada día, porque calcula que eso le puede castigar a él directamente.

Estima que ante una situación semejante, por segunda vez y después de lo que ya ha padecido, incluyendo tres meses de confinamiento, la ciudadanía, sin darle demasiadas vueltas, puede reaccionar culpabilizando a los gestores, a Sánchez y su Gobierno.

Necesita una vuelta del verano lo más tranquila posible. ¿Por qué? Porque su voluntad es convocar elecciones a partir de septiembre, y en ese planteamiento es de vital importancia, imprescindible, no verse penalizado por un rebrote grave del coronavirus.

Y ¿por qué tiene prisa Pedro Sánchez en celebrar elecciones cuanto antes, a la vuelta del verano? Por dos motivos: uno, la traición de Podemos; el otro, el azote de una crisis económica que se anuncia como la más grave desde la llegada de la democracia y casi la más dura de la historia reciente de este país.

Para empezar, lo de Podemos ya no aguanta más. La coalición de gobierno hace aguas por todas partes. Por evidente incapacidad de sus integrantes, pero sobre todo porque Pablo Iglesias se ha desentendido de sus obligaciones de lealtad y solidaridad con el Gobierno que vicepreside.

El líder naranja está jugando claramente al desmarque, a ocupar posiciones propias, muy distintas de las del resto del equipo gubernamental, con objeto de hacerse un contundente y amplio hueco electoral que le sirva en las próximas elecciones. Espacio que, sin duda, ocupará quitándoselo precisamente al PSOE de Pedro Sánchez.

El Gobierno es un autentico carajal, como se ha vuelto a demostrar con el incidente del pacto con Bildu. Pablo Iglesias se ha salido de la disciplina del equipo, la situación se ha convertido en insoportable, y Sánchez tiene claro que necesita desprenderse cuanto antes de unos socios tan tóxicos.

A propósito de la sociedad creada por Podemos y PSOE, alguna vez he recordado en estas páginas la fábula de la rana y el escorpión.

En cuanto a la situación económica, el desastre que se anuncia va a ser tal que no habrá Gobierno que lo soporte.

Por eso a Sánchez le interesa que las elecciones se celebren cuanto antes. Es decir, antes de que las amarguras de la crisis, con millones de personas en paro y de familias sin ningún ingreso, con Europa controlando las cuentas del país después de habernos financiado, incluso con “hombres de negro” en Madrid, conviertan en imposible una hipotética reelección.

Ese es el trasfondo de lo ocurrido esta semana a propósito de la alianza PSOE-Podemos-Bildu. Es lo que pretende, lo que oculta, el principal protagonista, responsable, y, en su caso, beneficiario. O sea, Pedro Sánchez.

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