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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Yolanda Díaz no ama a Santiago Carrillo

Yolanda Díaz
photo_camera Yolanda Díaz

El pasado 23 de marzo de 2021, la izquierda española cerró filas “para evitar que el congreso condenara el comunismo”. Así lo resumió el título que ofreció ese día El País, que además ironizaba sobre la actualidad del asunto.

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Fue una iniciativa del Partido Popular, proponiendo que España se sume a los países democráticos europeos en la condena a los totalitarismos que asolaron el continente durante el siglo XX, y el periódico lo presentó como una maniobra electoral del Partido Popular para vincular a los ministros de Podemos con el horror del comunismo.

En 2009, el Parlamento Europeo, en una resolución que buscaba que se apoyara por toda Europa, instituyó el 23 de agosto como día de las víctimas del totalitarismo. Ese día de 1939, Ribbentrop y Mólotov firmaron el reparto de Polonia entre la Unión Soviética y la Alemania nazi.

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Estrasburgo considera que el conocimiento más profundo de la traumática experiencia de los totalitarismos redundará en la formación cívica de sus ciudadanos, pues muchos jóvenes ignoran lo que fue el comunismo, el nazismo y el fascismo. Por medio del conocimiento del totalitarismo, la democracia europea se vería fortalecida.

La proposición del PP se vio rechazada (recibió solo el apoyo de Vox y Cs), y con ello España sigue sin formar parte del amplio grupo de países democráticos que consideran esencial el conocimiento del totalitarismo para conjurar sus males y defender la democracia.

Es una situación extraña, porque aquí tenemos un “Ministerio de la Presidencia, de las Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática” que, en teoría, debía estar animado por los mismos fines que la resolución rechazada.

Ángel Rivero, profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma, ha publicado en la web de FAES un análisis titulado “La mala memoria democrática del comunismo español” que recomiendo leer, y que voy a permitirme comentar parcialmente.

Pone de relieve el profesor que la actitud citada de El País, benevolente con el comunismo, contrasta con el tratamiento que recibe la memoria histórica que se impulsa desde la izquierda.

“La izquierda española quiere que recordemos todos los días a Franco, al que vinculan con la derecha democrática, pero que nos olvidemos por completo de los crímenes del comunismo porque, al parecer, pasó hace mucho tiempo y no forman parte de la historia de nuestro país”.

Durante la discusión en el Congreso intervino el diputado Enrique Santiago, secretario general del Partido Comunista de España, el partido en el que milita la vicepresidenta tercera, Yolanda Díaz.

El profesor Rivero destaca esta declaración que se lee en la página web del partido: “Somos el PCE, el Partido de las trabajadoras y trabajadores de todas las nacionalidades que conviven en nuestro país. Aspiramos a organizar la Revolución que derroque a la burguesía y a su monarquía, para construir el socialismo con la fuerza de la unidad popular”.

Y resalta que en esa página no hay “ninguna mención positiva a la democracia, ni al valor del pluralismo político, ni a la Constitución, ni a nada de todo aquello que según el secretario general confirmaría el carácter democrático de su partido. De hecho, más bien ocurre lo contrario, se denuesta la democracia actual y se apela a su derrocamiento”.

Así pues, nada queda ya de aquel PCE de la transición, comprometido con la Constitución y con la democracia española. En contra de lo dicho por Enrique Santiago, el papel del PCE en la Transición no solo no es reivindicado por los comunistas sino que es francamente criticado.

Como muestra, Alberto Garzón, actual Ministro de Consumo, en su libro “Por qué soy comunista” (2017), dedica más de veinte páginas a “Desmontar la Transición”. El hilo conductor es deplorar el “eurocomunismo”, es decir, la conversión del PCE, en 1978, en un partido democrático, lo que significaba el abandono de la violencia y la dictadura como medios y fines políticos (del leninismo), todo ello a impulso de su entonces secretario general, Santiago Carrillo.

“El camarada Garzón nos pinta a Carrillo como un demonio y su desmontar la Transición concluye con la deconstrucción misma de la democracia española y de su fundamento, la Constitución de 1978”, escribe Rivero.

Carrillo -añade- se ha convertido en la bestia negra del PCE. “No porque se le haga responsable de las matanzas de Madrid en 1936, ni porque se le impute que autorizara las purgas y asesinatos de los camaradas con desviaciones burguesas, es decir, democráticas, en la posguerra. No, el pecado de Carrillo para la actual dirigencia comunista fue por encima de todo haber llevado el PCE a la democracia”.

Concluye que el PCE de hoy, el que ha condenado a Santiago Carrillo, el PCE de Yolanda Díaz, insisto, no solo quiere que no se conozcan los crímenes del comunismo, sino que no ha aprendido nada de la experiencia terrible del pasado. Como si no hubiera pasado nada en estos cien años, sigue repitiendo los mismos dogmas de antaño. Su compromiso con la democracia es, como mostraron las palabras de Enrique Santiago en el Congreso, pura táctica, nada.

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