Lunes 16/07/2018. Actualizado 13:24h

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¡Benditos animalistas, antitaurinos y demás colegas!

Ahora que los antitaurinos han vuelto a la actualidad, por el sistema, entre otros, de ocupar la Plaza de Toros de las Ventas, me parece oportuno abordar, aunque sea rápidamente, la tendencia pro animales que parece irse imponiendo en España.

De entrada, he de confesar que he tenido animales desde mi niñez: varios perros, gatos, canarios, periquitos… Y, por tanto, no solamente no tengo nada en contra, sino todo lo contrario: les estoy muy agradecido por la compañía, los servicios y los buenos momentos que hemos vivido con ellos al lado.

Por descontado, me opongo tenazmente a cualquier maltrato a los animales, de cualquier tipo y en toda circunstancia.

Dicho lo cual, como mero observador político, destaco el dato de que el Partido Animalista cosecha cada vez más apoyos en las sucesivas elecciones que se van celebrando en este país. No me parece mal.

Como he dicho, no acepto que se practiquen malos tratos a los animales, aunque, al mismo tiempo, discrepo de los antitaurinos en la medida en que, si las corridas se prohíben, los toros de lidia desaparecerán como especie. Si es eso lo que buscan…

Y tampoco entiendo que en Cataluña se prohíban los festejos taurinos, mientras se permiten los correbous.

Me parecen dislates las prohibiciones oficiales de las corridas de toros, pero más aún que se haga con disimulo y hasta cobardía, por el procedimiento de aprobar tantas trabas legales, formales, sanitarias… que en realidad lo que hacen es impedirlas de hecho, pero sin la gallardía de reconocerlo. Es lo ocurrido en Palma de Mallorca.

Con toda su buena voluntad, que la tienen, en ocasiones los animalistas hacen un poco el ridículo. Ocurrió recientemente en Vitoria. Se encontraba allí el Circo Mundial, que, en cumplimiento de la normativa legal vasca, omitió cualquier espectáculo con animales, y mantuvo ocultos los elefantes y leones.

Sin embargo, a la comisaría llegó una denuncia de animalistas diciendo que un orangután participaba en el espectáculo, y que además “sabía hablar”. Una pareja de agentes municipales se personaron en el recinto, y se encontraron con que el susodicho orangután era en realidad un muñeco, utilizado por un ventrílocuo para su actuación. En efecto, “sabía hablar”, pero no era un orangután.

¡Benditos animalistas, que se preocupan de los perros de caza que son colgados hasta morir cuando ya no resultan útiles, de las camadas de cachorros eliminadas, de la mala vida de algunos especímenes en zoos sin acondicionar, de las fiestas populares que se basan en lanzar una cabra desde el campanario o en cortar el cuello a un pato colgado en un alambre entre dos postes…! En ese sentido, realizan una buena labor, merecedora de elogio.

Pero, al mismo tiempo, tengo la esperanza de que un día se caigan del guindo y se ocupen también de un tipo de maltrato que clama al cielo: el que afecta a los cachorros humanos. Me refiero al aborto de niños inocentes. Creo que tendría que estar muy por delante de esa preocupación centrada en los animales. Eso pienso.

Al fin y a la cabo, los humanos también somos animales… aunque racionales.

Así que no pierdo la esperanza de que un día sean capaces de trasladar a los seres humanos esos buenos sentimiento de protección, defensa y ayuda que practican con los animales. Por ejemplo, al igual de la protesta en la Plaza de Las Ventas, manifestándose a la puerta de tantas “clínicas Dator” que existen por España.

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En Twitter @JoseApezarena

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José Apezarena

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