Viernes 20/10/2017. Actualizado 20:33h

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¡Dejad en paz al rey!

Las encuestas del fin de semana, algunas por cierto contradictorias entre sí, dejan sin aclarar cuál será el resultado de las elecciones del domingo, y en concreto cómo se podrá formar esa mayoría de Gobierno que evite la convocatoria de una tercera consulta.

A la vista de las predicciones y de la evidente complejidad para llegar a esa mayoría, algunos concluyen que con las nuevas Cortes resultará imposible un nuevo Gobierno, y que, en consecuencia, habrá que buscar una solución “imaginativa”: una especie de tercera vía que permita sacar al país del atolladero.

Esa opción consistiría en la designación de un candidato alternativo, no surgido de las elecciones ni de los partidos, que se ponga al frente de la gobernación del país. Una persona acreditada, de consenso, que, por sus condiciones y circunstancias, merezca el respaldo del Congreso, obtenga la investidura, y lidere a continuación un Gobierno de tecnócratas para resolver los problemas urgentes de la nación.

En ese escenario, hay ya algunos que están planteando, incluso en público y en determinadas plataformas, que, para tal “solución”, la iniciativa debe partir del rey, que realizaría la propuesta a los partidos de cara a conseguir su voto en la investidura.

Además de difícilmente articulable, esa idea me parece equivocada, y constituiría un grave riesgo para Felipe VI si se apuntara a ella.

Resulta difícilmente articulable porque requería un intensa labor de explicación a las fuerzas políticas, de convencimiento, de negociaciones, y porque reclama de los partidos que dejen su lugar a ese tercer hombre. Algo bastante difícil.

La considero equivocada porque es un recurso a la excepción no suficientemente justificado, y porque rompe la normalidad de los procedimientos, abriendo así un precedente de enorme riesgo.

Es verdad que la Constitución no impide una salida semejante. No marca requisito alguno para la nominación de un candidato (no hace falta que sea un político, que se haya presentado a unas elecciones o que haya conseguido un escaño). Solamente exige la propuesta del monarca y después una mayoría suficiente en el Congreso. Pero, insisto, es difícilmente aplicable.

Y si fuera Felipe VI quien la asumiera, el riesgo para él se multiplicaría hasta el infinito. Sería trasladarle la solución, excepcional por otra parte, a un problema que no han sido capaces de resolver los políticos. Y con ello vincularía su presente y su futuro a esa actuación.

En el caso de que el monarca no fuera el promotor activo de la operación, sino que la lanzaran otros, tendría en todo caso que aceptarla y dar su visto bueno, puesto que la Constitución marca que el candidato que se someta a la investidura debe ser nominado por el monarca, sin fijar otras condiciones, y el rey no está “obligado” en principio por nada.

Aunque saliera bien, habría incurrido en una actuación casi suicida, porque habrá bajado a la arena de la política concreta, en la que nunca tendría que estar.

Y si, encima, saliera mal… No hace falta recordar circunstancias tan delicadas como la dictadura de Primo de Rivera, que tuvo el visto bueno del monarca y que fue uno de los motivos de fondo de la caída de la monarquía en 1931.

Para información de quienes nos leen, tengo que explicar que hay periodistas, algunos bastante conocidos, que están promoviendo esa supuesta salida. Y así lo vienen propagando. Pero he de añadir que hay también detrás de esta operación ámbitos y personajes ocultos.

Tan es así, que empieza a hablarse incluso de una “operación Armada”. Un asunto del que hablé recientemente.

No soy quien para dar consejos, por supuesto. Me consta que en Zarzuela están atentos a todas las opiniones que se van publicando. Contando con que también escucharán esta, me animo a decir que ni se les ocurra chapotear en algo semejante.

Y a quienes vienen manejando el nombre del monarca, me atrevo también a pedirles: ¡Dejad en paz al rey! Por su bien y por el del país.

editor@elconfidencialdigital.com

En Twitter @JoseApezarena

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José Apezarena

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