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Enmienda a Alfonso Guerra

Cuando un personaje público abandona la primera línea y se sitúa en un segundo o tercer plano, y además después pasa el tiempo, existe una cierta tendencia a desdibujar cualquier arista que pudo manifestar en su día, para tratar de presentar una imagen más bien complaciente y hasta piadosa, que sin embargo no pocas veces traiciona la realidad de lo ocurrido.

Y desde el resto del personal se suele aplicar a esos individuos un tratamiento de clara benevolencia, tanta que se llega el punto de desdibujar absolutamente lo que hicieron, dijeron y pensaron. No se sabe si por piedad, por olvido o por pereza.

En este tiempo de vacaciones en que me encuentro, una de las lecturas que he emprendido es el último libro de memorias de Alfonso Guerra, titulado “Una página difícil de arrancar” y subtitulado “Memorias de un socialista sin fisuras”. Y confieso que las reflexiones que preceden surgen precisamente de su contenido. Porque discrepo de algunas de sus afirmaciones de fondo.

Son, tratándose un diputado que ha estado presente en todas las legislaturas del Congreso, una especie de enmiendas a lo que afirma ahora quien antes fuera todopoderoso vicepresidente del Gobierno y vicesecretario general del PSOE, aquél que acuñó la frase “el que se mueve no sale en la foto”. El mismo que llegó a afirmar, tras el clamoroso triunfo electoral socialista y su llegada al Gobierno, que Montesquieu había muerto. Además de otras expresiones suyas no menos famosas.

Alfonso Guerra afirma en su libro: “He sido moderado en todas las circunstancias de la vida. También en la política”. No dice verdad. Fue todo lo contrario. Se comportó como un radical, que además faltó al más elemental respeto a tantos de sus rivales políticos, sin excluir su menosprecio hacia amplios sectores de la sociedad que no comulgaban con el socialismo. Basta acudir a la hemeroteca para comprobarlo.

Igualmente no anda en verdad cuando escribe: “He mantenido una tendencia a la desdramatización de la política (…). He procurado introducir algún elemento de distensión en los momentos más controvertidos”. En mi opinión, hizo todo lo contrario.

Otra premisa que sostiene: “Ser de izquierda exige, para mí, decir la verdad de lo que se piensa, atreverse a caminar, con muchos o solo, sin ocultar la realidad porque interese aparecer defendiendo lo que defiende el establishment, sea éste el Gobierno, el partido, los periódicos o los intelectuales de moda”. No lo aplicó en su caso. Guerra calló absolutamente en asuntos tan graves como el terrorismo del GAL y la financiación ilegal de su partido a través de Filesa, por citar dos de los más importantes errores del Gobierno que él vicepresidía. No dice la verdad.

En otro momento afirma: “He vivido durante toda mi vida en posiciones izquierda, pero nunca me he sentido perteneciente a una secta que exigiera genuflexión. En todo caso no me arrodillé, nunca acepte ciegamente las decisiones del poder, fuera éste del Gobierno, del partido o del poder económico”. Se contradice, porque él mismo relata su traumática salida como vicepresidente, la “traición” de Felipe González, el ascenso de Solchaga y los socialdemócratas… algo que entonces calló (para no dañar al Gobierno) y que solamente ahora desvela con detalle.

Alfonso Guerra habla ahora en defensa de la unidad de España y critica la deriva que se vive en Cataluña, pero él se mantuvo mudo cuando se tramitó en el Congreso de los Diputados la reforma del Estatut, del que supuestamente estaba en contra (y lo comentó en privado). No solo cerró la boca, sino que él presidía la Comisión Constitucional ante la que se tramitó el Estatuto. Y voto a favor de su aprobación.

En fin. Entiendo que cuando alguien se siente en retirada intente justificarse y dejar la mejor imagen posible de sus comportamientos y ejecutoria. Lo comprendo, pero no hasta el límite de reescribir la historia.

No obstante, he de hacer dos elogios de lo que ha escrito Alfonso Guerra. El primero, la crítica que lanza contra quienes tratan de descalificar la transición política en España, que “aun con sus imperfecciones, representa -dice- un momento de serenidad y acuerdo en nuestra historia”. El segundo, la defensa que traza de Adolfo Suárez. A quien, por cierto, tanto denigró él cuando era su principal enemigo político, hasta el punto de acuñar el calificativo de “tahúr del Misisipi”.

Enmiendas a Alfonso Guerra y a su intento de reescribir una historia que no fue como ahora quiere contar.

editor@elconfidencialdigital.com

Twitter: @JoseApezarena

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José Apezarena

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