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Pablo Iglesias, el nuevo Anguita... o Santiago Carrillo

El giro a la izquierda, si no extrema sí al menos radical, que acaba de protagonizar Pablo Iglesias parece irrevocable.

El líder de Podemos ha optado por abandonar las posiciones blandas, el buenismo y las sonrisas, para asumir el viejo puño en alto y proponerse dar miedo. Ya no quiere conquistar, o camelar que diría un castizo, sino que pretende asustar.

Con ese movimiento, Iglesias se aleja de aquel ambicioso objetivo de atraer amplios sectores sociales, pluriclasistas, transversales, de la opción que en principio garantiza una amplia masa de posibles votantes, lo que, a su vez, constituye condición imprescindible para conseguir gobernar un día el país.

Alguna vez he escrito que Podemos ha perdido su oportunidad. Ha vivido ya sus mejores momentos electorales, y ahora solamente le espera la cuesta abajo.

Por muchos motivos. Quizá el más importante es que el malestar generalizado que existía en España allá por 2014, plasmado en manifestaciones, multitudinarias y reivindicativas, se ha atemperado notablemente. Basta ver la tranquilidad que existe en las calles.

Se añade la desaparición del efecto novedad, que tantos apoyos le otorgó. Si a ello se suma la actual izquierdización, que comenzó en la alianza electoral con Izquierda Unida, con todo eso el partido ha ido cerrando una tras otra sus mejores bazas.

Algunos atribuyen el cambio de rumbo a la batalla interna por el poder, al enfrentamiento con Íñigo Errejón. Pero probablemente esconde algo más profundo. Por detrás aparece, por supuesto, la decepción sufrida en las dos elecciones generales, vistos los insuficientes resultados conseguidos. Sobre todo el origen último habría que buscarlo en el verdadero rostro, en el alma ideológica y vital, de Pablo Iglesias.

El actual líder de Podemos ha sido, y es, un comunista convencido. Miembro de las Juventudes del PCE desde los 14 años, militante, asesor de Gerardo Iglesias, se topó con el muro de los viejos dirigentes y optó por buscar fuera una proyección a sus ambiciones políticas que veía cerradas dentro. Fundó Podemos, con éxito indudable. Y, sin embargo, sigue siendo el mismo de siempre. Quizá porque no puede evitarlo.

Y así, poco a poco Pablo Iglesias lleva camino de ser el nuevo Julio Anguita, un personaje, por cierto, que se ha convertido en referente para él, al que consulta y cita con frecuencia.

A semejanza del otrora "califa de Córdoba", va en la dirección de acabar como él, es decir, encabezando la izquierda-izquierda de este país, la que, en su mejor momento, en 1996, consiguió 2,6 millones de votos (el 10,5%) y 21 escaños. Es, me parece, el escenario que aguarda al líder de Podemos.

Pablo Iglesias, en fin, puede convertirse en el Julio Anguita del siglo XXI. Eso, si no acaba siendo otro Santiago Carrillo.

editor@elconfidencialdigital.com

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José Apezarena

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