Martes 21/11/2017. Actualizado 13:57h

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¡Temblad, corruptos! ¡La prensa vigila!

El escándalo provocado por la publicación de los "papeles de Panamá" ha alcanzado escala mundial, dada la dimensión de las informaciones, el dinero que hay por medio y las importantes personalidades afectadas.

Las revelaciones se refieren a más de doscientas mil sociedades 'offshore' creadas o administradas por el despacho panameño Mossack Fonseca, que operaban en 21 paraísos fiscales y a nombre de clientes de 200 países.

Ocurre que, hoy, cualquier entidad, empresa o ciudadano particular pueden moverse con absoluta libertad por el mundo entero. Físicamente, gracias a las vías de comunicación, pero sobre todo virtualmente, merced a las tecnologías digitales. Y, con ello, están en condiciones de manejar ocultamente su dinero, al margen de controles nacionales y hasta internacionales.

Los estados, las autoridades, encuentran de hecho enorme dificultad para conocer esos oscuros tránsitos, que en esta ocasión concreta han sido conocidos por filtraciones absolutamente imprevistas.

Lo que se ha revelado no es tanto producto de una investigación propiamente dicha, no es el fruto de pesquisas realizadas por equipos de periodistas, sino que estamos más bien ante una fuga de información, protagonizada todavía no se sabe por quién. Un caso parecido a lo que ocurrió con Wikileaks.

El papel, el mérito, la virtud de los medios que han divulgado esas noticias está precisamente en el hecho de publicarlas a pesar de que entre los implicados aparecen personajes tan poderosos (y por tanto temibles) como el rey de Arabia Saudita y el ruso Vladimir Putin, o los presidentes de Islandia, Ucrania, Argentina...

Al mismo tiempo, el procedimiento de constituirse en consorcio plurinacional se convierte en elemento de protección para los medios protagonistas, puesto que, al publicar juntos lo mismo, los riesgos se reparten entre muchos y acaban difuminados.

Dada la composición de ese colectivo mediático, otra ventaja es que la información salta las fronteras nacionales, de forma que, si en algún país existiera la posibilidad de censurar, de tapar internamente las revelaciones, el hecho de publicarse en los demás, junto con la penetración prácticamente imparable de Internet, hace que todo se conozca en todas partes. Ya no hay 'telones de acero' ni quedan paraísos aislados. El mundo entero acaba sabiendo lo mismo.

Por eso, si algunos de los implicados pudieran pensar que, dado su poder interno y el control que ejercen sobre sus respectivas sociedades y hasta países, su proceder irregular pudiera quedar impune, la divulgación general de esos escándalos, saltándose cualquier frontera, acaba sometiéndoles al juicio y la censura universal.

Así, aunque no sintieran temor a castigos, penas o descalificaciones en sus países, la opinión pública internacional sí los vitupera y condena de forma rotunda. Empieza, pues, a haber una especie de "justicia mundial" para esas conductas, hasta ahora impunes, gracias a su difusión masiva y generalizada.

Hoy, casos como la corrupción en la brasileña Petrobras o los amaños futbolísticos en el seno de la FIFA, y otros semejantes, son asuntos de todos, que interesan y afectan a la globalidad de los ciudadanos del planeta.

Existe ya una opinión pública mundial, que también premia y castiga. Y ahora nadie desea verse condenado por ella. Si no tienen miedo a la justicia, o creen que pueden situarse al margen, en cambio pueden temer a esa opinión pública mundial.

Así que los tramposos empiezan a tenerlo un poco peor, porque hay quien vigila: los medios de comunicación. O, al menos, quien se atreve a contar las cosas, caiga quien caiga. Como acaba de ocurrir con los "papeles de Panamá". Y volverá a suceder otras veces más, sin duda.

editor@elconfidencialdigital.com

En Twitter @JoseApezarena

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José Apezarena

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