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Al final, juego sucio en el Partido Popular

Parecía que no iba a ocurrir, pero lamentablemente ha estallado. Me refiero el juego sucio en la batalla por la presidencia del Partido Popular.

Se han cruzado acusaciones de haber manejado el censo de militantes antes y con ventaja sobre otros candidatos, se han aireado problemas judiciales de alguno por una demanda sobre irregularidades electorales, se habla de dossiers centrados en esos candidatos pero también sobre sus familias…

Lo más fuerte es el manejo de un dato inquietante: el posible uso del CNI para investigar a personas que tienen que ver con rivales en la lucha por la presidencia del PP.

Esto último se ha centrado, lógicamente, en Soraya Sáenz de Santamaría que, por su condición de vicepresidenta del Gobierno, ha tenido bajo su mando durante años el Centro Nacional de Inteligencia.

Tengo que pensar que de ninguna manera ha ocurrido algo semejante, porque resultaría muy grave. Sáenz de Santamaría se ha quitado de encima el asunto, como quien espanta una mosca, con la broma de que ella no ha “matado a Manolete”.

Lo malo de estas ofensivas que traspasan la raya de la normal contienda política es que dejan heridas profundas, de las que tardan mucho en cicatrizar.

Y al PP no le sobran en estos momentos, ni previsiblemente ocurrirá en el inmediato futuro, energías y personas como para permitirse que, como desenlace de la batalla de las primarias, una porción del partido resulte damnificada, y pueda, en consecuencia, convertirse incluso en un enemigo interno.

La trágica situación que ha vivido en Madrid, con el enfrentamiento a muerte entre el sector de Esperanza Aguirre y el de Cristina Cifuentes, que dejó un partido madrileño escindido en dos mitades irreconciliables, y el desenlace final, con ambas protagonistas fuera de combate, es un precedente que deberían considerar María Dolores de Cospedal, Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado, convertidos en los candidatos con alguna opción a ser elegidos.

Lucha frontal, sí; confrontación de ideas y programas, por supuesto; denuncia de las limitaciones y carencias del otro, sin duda; pero el juego sucio no beneficia a nadie. Ni ayuda en nada a la sociedad.

Ni tampoco están los tiempos para comportamientos y espectáculos decepcionantes, desanimantes y desedificantes.

[email protected]

En Twitter @JoseApezarena

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José Apezarena

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