Miércoles 13/12/2017. Actualizado 01:00h

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La mendiga que se tapaba la cara

Se encontraba en la calle Bravo Murillo, casi esquina con Sor Ángela de la Cruz. En la acera de la derecha según se sube hacia Plaza de Castilla. Ni siquiera estaba sentada, era más bien agachada.

Si no se aplicaba un plus de atención, resultaba hasta difícil reparar en ella porque parecía que pretendía mimetizarse con las paredes y así pasar inadvertida. No llamaba la atención de ninguna manera. Prácticamente nadie se fijaba en ella. Lo que más me impactó es que se tapaba completamente la cara con las manos. Traslucía un hondo sentimiento de vergüenza

Podría tener entre cuarenta y cincuenta años. No vestía bien, pero tampoco especialmente mal.

A sus pies, una pequeña caja de cartón, de menos de un palmo de largo y de alto, y al lado un letrero también pequeño, mal escrito, que decía más o menos: "Pido para dar de comer a mi hijo. Busco trabajo".

Repito que lo que me impresionó fue verle con la cara tapada, como intentando que no le vieran, que no le reconociera nadie. Y tal vez por no verse ella a sí misma en tal situación.

No sé por qué, pero le creí absolutamente. Asumí que era verdad que no encontraba modo de trabajar y que tenía detrás un hijo que, como todo vecino, necesitaba comer. Y que, ante esa situación, ella no había encontrado otra salida que ponerse a pedir limosna en una calle de Madrid. Pero, eso sí, tapándose la cara.

Por supuesto, dejé en aquella pequeña caja de cartón unas monedas, lo que en ese momento llevaba encima, que tampoco era mucho.

Y, no sé por qué, me vino sin más a la memoria un viejo recuerdo, que sigue presente en mi ánimo. Esa vez ocurrió en la calle Eduardo Dato, junto a la iglesia de San Fermín de los Navarros. A la puerta, un hombre joven, relativamente bien vestido, pedía limosna.

Pude hablar unos momentos con él. Me contó que era de Vitoria, que todos los lunes se llegaba hasta Madrid para buscar limosna en la calle, y que el fin de semana volvía a su ciudad, donde le esperaban la mujer y los hijos, que no sospechaban en absoluto cuál era en realidad su "trabajo" en la capital de España.

Como digo, no lo he olvidado. Como tampoco se me irá de los ojos la visión de la mendiga que se tapaba la cara en la acera de Bravo Murillo.

Son esas cosas que pasan en este país todavía demasiado frecuentemente.

editor@elconfidencialdigital.com

Twitter: @JoseApezarena


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José Apezarena

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