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Aquella república, no, de ninguna manera

La fecha del 14 de abril, junto con algunos despropósitos, y hasta ilegalidades, como la colocación de banderas en edificios y espacios oficiales, uno de ellos en el Cádiz de Kichi, ha vuelto a plantear un año más, aunque tampoco con mucho aparato, el debate sobre la república.

Evidentemente, la república es una forma de gobierno más, dentro de las posibles. Perfectamente defendible, por supuesto, y que se ha demostrado eficaz en decenas de países, entre ellos algunos de los más importantes del mundo.

El debate monarquía-república es asumible desde el punto de vista teórico. Y, por supuesto, pretender en estos tiempos “inventarse” una monarquía para una nación determinada tendría muy poco sentido. Aunque he de recordar que en los años cincuenta el general De Gaulle se planteó recuperarla para Francia.

Cosa distinta es que ese sistema ya exista en un país, como ocurre por ejemplo en España, debido además a profundas razones históricas.

La monarquía como tal, en países como el nuestro, es perfectamente defendible. Y el argumento de que se trata de una institución “del pasado” resulta muy débil. Con un razonamiento tan simple no se puede sostener una oposición de verdad. Entre otras coas, porque la propia democracia como tal es mucho más antigua aún (podríamos mirar hacia la Grecia clásica, por ejemplo), sin que esa circunstancia le reste validez hoy ni limite su futuro. Con esa lógica, también habría que abolir, por “antiguos”, los ayuntamientos, las Cortes, los tribunales… y tantas otras instituciones que vienen de muy atrás.

Otro posible obstáculo que se puede poner es que tal sistema, además de no ser ‘moderno’ ni ‘actual’, no funciona bien y resulta incompatible con lo razonable y lo democrático.

A lo que se responde con bastante facilidad diciendo que entre los países más avanzados y libres del mundo existen un buen número de monarquías: Gran Bretaña, Holanda, Japón, Bélgica, Suecia, Noruega, Dinamarca… y unos cuantos más. Es decir, que la monarquía como tal no constituye rémora para que una nación sea avanzada y libre. En los casos que cito, todo lo contrario.

Al mismo tiempo, la simple existencia de una república no representa una garantía absoluta. Baste mirar a China, Corea del Norte y tantas naciones del mundo entero.

Por lo que hace a España, en estos más de cuarenta años hemos consolidado un sistema de libertades y de prosperidad como nunca se conoció en el país, y ha ocurrido en el marco de una monarquía, que ha sido, además, uno de los motores de ese cambio espectacular.

Eso sí. Tengo perfectamente claro que el día que los españoles, en quienes radica la soberanía nacional, decidan que deje de existir, así ocurrirá. Algo por cierto, que conocen bien el actual y el anterior titular de la institución. No hay que olvidar una vieja frase de doña Sofía: “Si lo hacemos mal, nos botan”.

Esa circunstancia tendría que tranquilizar a los republicanos: está en nuestras manos, en la libre voluntad de los ciudadanos, qué sistema queremos para nuestro país. Y, por cierto, en la actual Constitución votamos la monarquía.

Volviendo a la colocación de la bandera tricolor, no podemos engañarnos. No pocos de los que la exhiben, no plantean estrictamente una propuesta republicana en general y teórica, sino que lo que promueven, defienden y proclaman es la II República española, cuya bandera concreta enarbolan.

No se trata, pues, de una posición académica, genérica, sino del deseo de reivindicar aquel episodio concreto. Sin descartar un cierto planteamiento revanchista, vinculado a partidos o sectores ideológicos que perdieron la guerra civil. Desde mi punto de vista, la contienda civil debería quedar aparcada definitivamente. Mirar hacia atrás, concretamente a aquellos tiempos, me parece, además de una inutilidad, un error.

Porque la república en España, y más en concreto aquella II República, no tiene mucho de que gloriarse. Aquello fue un rotundo fracaso y una enorme desgracia. Los datos resultan tumbativos. Basta repasar los libros de historia.

Ya en mayo de 1931, poco después de la proclamación, se produjo la tristemente famosa “quema de conventos”, ante la indiferencia del gobierno republicano, que simplemente dejaba hacer. Y tras las elecciones del 36, la persecución religiosa se recrudeció hasta alcanzar un triste récord. En palabras de Hugh Thomas, “en ninguna época de la historia, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado”.

Según el recuento más fiable, que asume Thomas, fueron asesinados a causa de su fe 4.184 miembros del clero secular, entre ellos 12 obispos; 2.375 religiosos y 283 religiosas. A los que hay que añadir miles de laicos que sufrieron martirio por sus creencias. El 2 de agosto, Andreu Nin, secretario general del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) declaró a La Vanguardia: “La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia, sencillamente no dejando en pie ni una siquiera”. A reconocimiento de parte…

Enarbolando la bandera tricolor, la de la II República, como hacen Izquierda Unida, podemitas como Kichi, grupos de izquierda radical y hasta no pocos socialistas… ¿es esa la republica que quieren para España? ¿La de 1931 y la de 1936?

Yo entendería más a republicanos sinceros y convencidos, no revanchistas ni nostálgicos, que defiendan esa forma de gobierno con la actual bandera, la constitucional, la roja y gualda. ¿Por qué no? Algo así me preocuparía mucho menos que ver la tricolor enarbolada en ayuntamientos y plazas públicas como ha vuelto a ocurrir ahora.

editor@elconfidencialdigital.com

En Twitter @JoseApezarena


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José Apezarena

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