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La Cataluña gaseosa

Esto no es una piedra. Aquel no es un varón. El asfalto que pisamos es césped. Llamo abajo a lo de arriba. Y así todo. Lo que ha sucedido en Cataluña en los últimos años parece haber dejado cegados a algunos. Quizás es lo que tiene la pasión, que distorsiona la percepción de la realidad.

Pero antes se llamaba a esto superficialidad y relativismo. Era aquella época en la que primaba el rigor intelectual, las convicciones sólidas, el esfuerzo, la virtud y la responsabilidad individual como contraposición a los condicionamientos sociales.

Lo que pasa es que defender hoy una visión como ésta, de sensatez y cordura, te puede costar muy caro. Al menos en esta Cataluña gaseosa (no ya líquida) que ha apostado por vivir en los mundos de yupi.

Quien disiente de sus tesis es tachado de reaccionario, elitista o adoctrinador. Juegan con el emotivismo hipertrofiado para encandilar a las masas, a las que manejan a su antojo. Mientras tanto, meten la mano en la caja sin que apenas nadie levante la voz: es de los nuestros, no estará tan mal.

Insisto en el problema de fondo. En esta Cataluña gaseosa alguien tendrá que meterle mano algún día al sustrato nauseabundo y repugnante que subyace bajo esta escalada soberanista: la corrupción.

Esa pose cínica que tanto vemos hoy en los políticos catalanes tiene esta fuente inspiradora. En Cataluña la clase dirigente ha robado a manos llenas. Durante décadas. Los padres de aquellos que acaban de votar en el Parlament por una ruptura con España idearon una estructura de mordidas, financiación ilegal, desvío de fondos públicos y robo sin límite.

Es tremendo. En una sociedad gaseosa, como la catalana, donde la conciencia quedó hace muchos años aniquilada por lo conveniente, todo se pacta: también lo que está bien y lo que está mal, lo que es ley y lo que no, lo que es robar y lo que es financiar un partido “por vías extraordinarias”.

Por eso los representantes del independentismo reclamaban justicia hace unos días ante ese Tribunal Constitucional al que ignoran cuando les conviene. Es de aurora boreal. Por eso los diputados partidarios del soberanismo no abandonan los escaños en ese Congreso de los Diputados de un país al que dicen no pertenecer porque les oprime.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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