Miércoles 17/01/2018. Actualizado 13:44h

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Hiperliderazgo

Hace unos días, el portavoz de campaña del Partido Popular aludió a una interesante cuestión. Manifestó su gran preocupación por los “hiperliderazgos”, por esa forma tan personalista de dirigir una formación política que puede provocar –advirtió- “consecuencias perversas”.

Pablo Casado se refería –dijo- a la UPyD de Rosa Díez. Pero también a Ciudadanos, por ese líder tan carismático como Albert Rivera y su forma de gobernar la nave naranja.

Sin embargo, yo me pregunto si no se puede aplicar este mismo diagnóstico a Mariano Rajoy y la manera en que el presidente del Gobierno ejerce las funciones directivas en su propio partido: responsabilidad, toma de decisiones, autoridad, etc.

Hiperliderazgo es entender cualquier asomo de discusión o debate como división, considerar que una confrontación de pareceres opuestos daña la imagen de la formación.

Hiperliderazgo es utilizar el ‘dedazo’ y no la democracia interna para elegir a los candidatos que van a entrar en las listas electorales.

Hiperliderazgo es no sentir la necesidad rendir cuentas sino todo lo contrario: entender el gobierno como el ejercicio de una especie de don del que uno habría sido investido, algo a lo que uno tiene derecho sin discusión (al menos durante cuatro años).

Hiperliderazgo demuestra quien actúa como un lobo solitario convertido en líder de la manada que no debe fiarse de nadie si quiere sobrevivir y cumplir con su misión.

Hiperliderazgo es no sentirse un servidor público sino alguien que habría demostrado en su día estar al menos un peldaño por encima del resto y ahora tiene el privilegio (indiscutido e indiscutible) de decidir los destinos de la tribu.

Atendiendo a lo dicho y visto en los últimos meses, tampoco parece aventurado citar a Pablo Iglesias como un ejemplo más de hiperliderazgo. ¿O no?

Si se prima la uniformidad construimos una democracia de baja calidad institucional. Aparentemente, ganan los partidos: son más fáciles de gobernar porque apenas hay disidentes. Pero en el fondo, salen perjudicados: las personas con talento abandonan, cansadas de no ser escuchadas, y sólo se quedan los sumisos.

Quizás el origen de ese deseo irrefrenable por encontrar otra forma de hacer política se encuentre aquí.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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